El don de comunicación fue la clave del éxito e influencia local y mundial del fallecido expresidente José Mujica.
Recordamos muy bien lo que se mencionaba en corrillos periodísticos durante la primera década de este siglo. Cuando uno preguntaba por qué recibía tanta cobertura mediática televisiva, desde los canales se daba una explicación sencilla: “si le hacemos una entrevista a X candidato o dirigente, con suerte llegaremos a los dos puntos de rating. Si el entrevistado es Mujica, alcanzamos 15 o 20 puntos”.
El líder del MPP ganó notoriedad por derecho propio: su particular estilo de comunicación atrajo a vastos sectores que estaban desinteresados de la política, muchos de los cuales, por otra parte, adherían hasta entonces a minoritarias ofertas populistas de los partidos fundacionales. Ya lo declaró en estos días su amigo personal, el escritor Marcelo Estefanell: desde que asistió a las primeras mateadas organizadas por el MLN a partir de 1985, notó que el magnetismo de Mujica era muy superior a cualquier otro.
Incluso hay un trabajo de Ceres, de la época en que la dirigía Ernesto Talvi, que revela un vínculo causal entre el deterioro cultural producto de la crisis de 2002 y la aparición de un caudillo identificado por su habla malsonante, desaliño personal y discurso de polarización.
Ese éxito tuvo su proyección global gracias a la ingeniosa estrategia de haberlo presentado como “el presidente más pobre del mundo”, destacando su pasado guerrillero, pero tergiversándolo como la reacción a una dictadura que aún no se había instalado. Comunicadores y artistas europeos como Emir Kusturica, Jesús Quintero y otros, hicieron el resto. La imagen de un Diógenes que llega a presidente de su paisito es muy funcional al prejuicio que tienen los europeos y estadounidenses respecto a nuestro subcontinente: desconocen que Uruguay posee una legislación de avanzada en derechos laborales y políticas sociales, forjada democráticamente por gente de traje y corbata, mucho antes de que las tuvieran sus propios países.
Por ello es más que comprensible que la cobertura mediática de las honras fúnebres a Mujica sea tan intensa en emoción y minutos al aire. También es comprensible que, por respeto al líder fallecido y a su familia, los medios acallen las voces discrepantes con su vida y su forma de acción política.
Lo que no nos resulta compartible es esta especie de reality fúnebre que están realizando los canales de televisión desde hace tres días, ocupando los espacios de aire en forma casi exclusiva e ininterrumpida. Está bien guardar ahora un discreto silencio sobre los errores cometidos por Mujica en vida, pero da la sensación de que las cabezas de los medios más relevantes se pasan al otro extremo: hay un intento excesivo de edulcorar al personaje; hay muchas, demasiadas entrevistas a gente que concurre a despedirlo y abonan la percepción -discutible- de su austeridad y protección de los desvalidos.
Si este hubiera sido el tono del noticiero correspondiente al mismo día del fallecimiento, hubiese sido enteramente justificable. Pero los ditirambos siguieron durante dos jornadas más, y uno tiene derecho a preguntarse si hubo una semejante generosidad en tiempo y contenido luctuoso hacia las honras fúnebres de personalidades como Wilson Ferreira Aldunate, Jorge Batlle y Jorge Larrañaga, por ejemplo.
Se nos responderá lo mismo que nos decían cuando posicionaron a Mujica como el avasallante dirigente político que emergió en la década de 2000: que el interés del público televidente manda y la programación debe reflejarlo.
Pero sin llegar a cuestionarlo, los responsables informativos deberían evitar que sus comunicadores pronuncien frases sentimentalistas como “cada vez que salía de la chacra, la perra Manuela lo esperaba, como lo espera ahora al pie del árbol donde serán esparcidas sus cenizas”.
O el principal recuerdo que manifiesta tener la vicepresidenta Carolina Cosse del homenajeado: “me dijo ‘no te calles nunca’ y yo no me pienso callar”. Parece más un uso de Mujica para promoverse a sí misma, que un tributo al líder fallecido.
La discusión es siempre esa: si los periodistas estamos para amplificar lo que la mayoría de la gente quiere oír, o para ejercer nuestro oficio con seriedad y la mayor objetividad posible.
También es dable pensar que estos despropósitos de comunicación sirven para fortalecer y consolidar un relato de héroes y villanos, que se traduce cada cinco años en elecciones donde la emoción se llevo puesto al pragmatismo.