Cada vez que se publican los altos niveles de aprobación de este gobierno en las encuestas, los frentistas se fastidian. En su peculiar concepto de lo que es “popular”, solo ellos lo pueden ser. No los demás. Ahora, a pocos días de asumir un nuevo gobierno, de signo distinto al que se va, empieza a verse cuanto importan esas evaluaciones positivas, para quienes el 1º de marzo comenzarán sus tareas. Muchas decisiones y leyes aprobadas en el período que termina, le allanan el camino a los que vienen y se la hacen más fácil.
Hay asuntos, complejos, delicados, de esos que a los frentistas no les gusta afrontar, que ya se allanaron. Eso le evitará al futuro presidente Yamandú Orsi discusiones estériles, de las que gustan plantear los sectores dogmáticos del Frente y que serían una traba a su gestión.
Por ejemplo, los anteriores gobiernos frentistas eludieron el acuciante problema de la seguridad social. Sus figuras más destacadas (Astori, el propio Mujica) decían antes de 2020, que el siguiente gobierno, cualquiera fuera su signo, debía hacerlo, sabiendo que le pasaban la pelota porque ellos no se animaban a hacerlo.
Llegó la Coalición y no titubeó en aprobar la reforma jubilatoria. Asumió sin demagogia su responsabilidad. La central sindical quiso salirle al cruce con un plebiscito y sufrió una humillante derrota. Gracias a eso los que hoy asumen el gobierno, tienen un problema menos que afrontar. La reforma ya está.
La LUC allanó muchos caminos, resolvió infinidad de temas y facilitará las cosas para Orsi y su equipo.
Por ejemplo, simplificó el organigrama de la ANEP al pasar a ser Colegiado solo en el Codicen y directores individuales en cada rama de la enseñanza. De ese modo la representación sindical quedó afuera. Lo cual es muy bueno por varias razones. La primera: un sindicato no puede ser patrón y asalariado a la misma vez. La segunda, los sindicatos sabrán mucho sobre cómo defender los salarios y derechos de los docentes, pero no de políticas educativas. La tercera: los sindicatos son el principal obstáculo a mejorar la educación.
Ahora, cuando todavía no asumió el nuevo gobierno, es fácil decir que darán espacio a los sindicatos. Pero cuando las papas quemen, recordarán palabra por palabra lo que alguna vez Mujica dijo que había que hacer con ellos, y agradecerán que esté vigente la LUC.
Lo mismo pasará con las ocupaciones de lugares de trabajo. Ahora se dice que volverán a ser admitidas. Pero mucho antes de lo pensado se hartarán del chantaje ruin que eso significa para empresas, trabajadores y al propio gobierno, y agradecerán contar con el artículo correspondiente de la LUC para aplicarlo.
Por otra parte (a diferencia de lo que ocurrió cuando faltaba un mes para que asumiera Lacalle Pou), el presidente saliente dispuso los aumentos de tarifas de todos los servicios públicos, tal como ocurre siempre en enero. A diferencia de lo sucedido en 2020, no le deja al nuevo gobierno un asunto que lo obligaría a salir corriendo a resolver, asunto que es inevitable pero implica un desgaste innecesario para un gobierno recién asumido. Lacalle despejó el camino, como corresponde. Eso es civismo de alto vuelo.
El último favor que hizo el presidente ocurrió hace unos días. Lacalle se negó a enviar invitaciones para el cambio de gobierno a los regímenes cubano, nicaragüense y venezolano. Con eso le sacó el dilema a Orsi. Ninguno de los tres podía ser invitado. Si bien eso desean los sectores extremistas del Frente, otro sector aún más grande no los quiere en Montevideo. Se callan, no se animan a decirlo, pero no los quieren.
El futuro secretario de la Presidencia tiró la salomónica idea de que serían invitados todos los gobiernos que tienen relaciones con Uruguay.
¿Cual sería entonces la situación con la dictadura de Maduro, que expulsó de Caracas al embajador uruguayo y al resto del personal diplomático? No hubo rotura de relaciones, en un sentido estricto, pero en los hechos las relaciones están en suspenso y ante esa situación, ¿dentro de que categoría lo pondría Sánchez?
Al hacerse cargo Lacalle Pou de la decisión, le saca el bulto a Orsi, le evita al Frente una discusión interna y, al no venir ni los dictadores ni sus enviados, salva al país de un enorme papelón internacional.
El historial de decisiones tomadas en estos cinco años y que le alivian la carga al nuevo gobierno, ha sido bueno para el país. Esperemos que los grupos más necios de la izquierda se den cuenta de ello.