Colombia se juega su libertad

Hoy los colombianos están yendo a las urnas para dirimir una contienda electoral particularmente relevante para su historia y el contexto de América Latina. No se trata simplemente de elegir al sucesor de Gustavo Petro, se trata de definir si nuestro continente confirma el giro que viene cambiando el mapa político de la región o si el populismo de izquierda logra retener uno de los países más importantes de la región. Entre Iván Cepeda, candidato del oficialismo y heredero radicalizado del proyecto autoritario de Petro, y Abelardo de la Espriella, que encarna su alternativa se dirime mucho más que una preferencia ciudadana en circunstancias normales.

La elección colombiana llega en un momento de reflujo para las izquierdas gobernantes. La reciente y ajustada victoria de Keiko Fujimori en el Perú -que devuelve al fujimorismo a la primera magistratura después de un cuarto de siglo- confirma una tendencia que ya se había insinuado en otras urnas de la región. El electorado latinoamericano, golpeado por la inseguridad, el estancamiento económico y la frustración con gobiernos que prometieron el cielo y no lograron despegarse del suelo, busca alternativas. Una derrota de Cepeda este domingo consolidaría esa ola y dejaría al socialismo latinoamericano sin uno de sus más conspicuos representantes.

Pero el caso colombiano tiene una particularidad que lo vuelve especialmente delicado, y que obliga a mirarlo con más atención que a cualquier otro. El presidente Petro no ha actuado como el típico presidente institucional como su cargo le exige. Tras la primera vuelta del 31 de mayo, que dio una clara ventaja a De la Espriella, el mandatario escribió que “como presidente no acepto los resultados” y agitó, sin presentar una sola prueba, la hipótesis de un fraude masivo: software alterado, cientos de miles de cédulas agregadas, votos inventados. Los verificadores independientes, como el prestigioso Instituto de Ciencias Políticas Hernán Echavarría Olózaga, desmontaron esas afirmaciones, pero el daño que provoca un jefe de Estado que siembra la sospecha sobre el sistema que él mismo debe garantizar es difícil de reparar.

Esa conducta no es un exabrupto aislado por parte de Petro, es la culminación de un estilo de gobierno que ha coqueteado reiteradamente con el desborde institucional: la convocatoria a una asamblea constituyente para sortear los límites que el Congreso le imponía, los llamados a la movilización callejera frente a cada revés, la descalificación sistemática de jueces, fiscales y periodistas, entre otros exabruptos. A ello se suman los cuestionamientos sobre el equilibrio y el juicio del propio presidente, que ha tenido una conducta cada vez más errática e imprevisible, para ser delicados. Más allá del tono de esos reproches, lo cierto es que un gobernante que se niega a reconocer una derrota en las urnas exhibe un desapego por las reglas democráticas que debería preocupar a cualquiera, sin importar su signo ideológico.

Por eso la apuesta del domingo no se reduce a un programa económico ni a una disputa entre derecha e izquierda. Lo que está verdaderamente en juego es la continuidad de un proyecto que ha mostrado su propensión autoritaria. Una victoria de Cepeda no sería simplemente el triunfo de la izquierda; sería la prolongación y el blindaje del legado de un presidente que ya demostró estar dispuesto a todo. El socialismo del siglo XXI ha enseñado, de Caracas a Managua, que se llega al poder por el voto y se permanece en él vaciando de contenido las instituciones. Colombia conoce ese manual por lo que hay que seguir con mucha atención que el proceso del día de hoy se desarrolle con normalidad y denunciar con claridad las violaciones que se detecten.

Colombia a pesar de los golpes del petrismo, puede seguir siendo una democracia si sale airosa del desafío que tiene planteado. Esa fortaleza es hoy su mejor seguro. Los colombianos tienen la decisión en sus manos y la comunidad internacional la responsabilidad de no dejarlos solos. No están en juego solo cuatro años de gestión, sino la solidez de los contrapesos que impiden que un gobierno se perpetúe: la independencia de la justicia, la libertad de prensa y la limpieza del voto. Este domingo pude culminar con la esperanzadora posibilidad de cerrarle el paso a un autoritarismo cada vez más desembozado. No es poca cosa lo que se define: es, en buena medida, la libertad. Ojalá Colombia sepa defenderla y el resto del mundo democrático esté alerta a las posibles maniobras del régimen.

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