China y el diablo

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Una famosa frase de Churchill ilustra bien la relevancia del interés nacional en la política exterior: “Si Hitler invadiera el infierno, yo haría un discurso en la cámara de los Comunes con referencias favorables al diablo“.

La anécdota cobra relevancia en la actualidad por las consecuencias de la terrible e injusta guerra que Rusia lleva adelante en Ucrania. En efecto, como semejante acontecimiento cambia radicalmente la relación entre las principales potencias mundiales, y en particular el vínculo entre China y Rusia, y como nuestro país está en tratativas con Pekín para negociar un tratado de libre comercio bilateral, se han escuchado voces dentro de la Coalición Republicana (CR) que piden una mayor parsimonia a nuestra cancillería en el camino emprendido en favor de esa liberalización comercial.

En definitiva, se alega que ante el surgimiento de una especie de nueva guerra fría, en la cual de un lado estarían las potencias occidentales y democráticas, y del otro lado una alianza variopinta de países autoritarios capaces de atrocidades como las que ocurren en Ucrania, lo mejor es esperar y evitar profundizar los vínculos con Pekín. Ese razonamiento, incluso, podría abarcar la iniciativa comercial bilateral con la autoritaria Turquía. Y, por cierto, es exactamente el contrario que sostuvo Churchill cuando privilegiaba su realismo y conveniencia al buscarle virtudes al diablo.

Es muy fácil declararse alineado al campo de los morales impolutos -si es que ellos existiesen en verdad-, hacer un discurso para la tribuna identificado con los países modélicos, ser muy crítico de las tiranías del mundo, y sobre todas esas bases opinar teóricamente sobre la política exterior ideal. Pero el problema es que ese discurso, entre moralista e infantil, es absolutamente irresponsable a la luz de los deberes del buen gobernante que está obligado a velar por el bienestar de su pueblo.

Uruguay tiene que abrir mercados, y China es uno muy importante. Si una mayor cercanía con Pekín permite una mayor consideración de Washington por motivos geoestratégicos de la potencia norteamericana, mucho mejor.

¿O acaso vamos a exigir certificados de buena moralidad a quienes nos compran los productos que son el esfuerzo de nuestro sacrificado trabajo y que fundan nuestra riqueza nacional? ¿O acaso creemos situarnos por encima del resto de los mortales y poseer así, como país, una especie de decálogo de la buena moralidad que definiría con quién comerciar y con quiénes interactuar en la escena internacional en función de dogmáticas cualidades éticas?

Nadie duda que China es una dictadura comunista totalitaria. Pero casi nadie en el mundo está dispuesto a dejar de comerciar con el país más poblado del mundo; que está llamado a ser principal potencia económica, financiera y militar en este siglo XXI; y que precisa de nuestros productos al punto de ser el Uruguay, hoy en día, uno de sus principales proveedores de carne a nivel mundial.

¿A santo de qué vamos a estar entonces nosotros, desde Montevideo, sacrificando nuestros intereses nacionales en favor de nuestro mayor bienestar como país, por avizorar que pueda llegar a existir una mayor complementariedad económica o energética entre China y Rusia? ¿Qué sentido tiene frenar nuestros avances en las negociaciones bilaterales con Pekín, cuando, por ejemplo, Israel sigue avanzando en las suyas; Nueva Zelanda actualizó su propio tratado firmado en 2008; y Panamá aumentó su cooperación bilateral con China?

Uruguay tiene que lograr abrir mercados, y China es uno muy importante. Si una mayor cercanía con Pekín permite, a su vez, una mayor consideración de Washington por motivos geoestratégicos de la potencia norteamericana, mucho mejor. Y si todo ello colabora en concretar más tratados bilaterales, que pueden ir desde lo que se negocie con Ankara hasta aperturas evidentes y beneficiosas como la que pueda ocurrir con el Reino Unido, todo terminará siendo parte de un despliegue de política exterior que lo que hace es defender nuestros intereses nacionales.

Hay que dejarse de tonterías. Es hora de que quienes opinan de política exterior, incluso dentro de la CR, asuman los constreñimientos que ella conlleva. ¿O acaso Sanguinetti se hizo comunista por abrir la relación bilateral con China en 1988? ¿O Lacalle Pou es pro- castrista por haberse declarado favorable a un tratado de libre comercio con Cuba? ¿O Vázquez fue pro- imperialista estadounidense por buscar ayuda en Washington cuando el corte de puentes binacionales argentino?

Uruguay precisa abrirse al mundo. China es hoy su principal comprador. Y así Pekín fuese el diablo encarnado, la frase de Churchill deja en claro que, en política exterior, un cúmulo de virtudes pueden llegar a adornar incluso al mismísimo Lucifer.

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