El cambio climático se ha metido en buena parte de las discusiones políticas de alto nivel. No es para menos, no pasa día sin que se lean informes, anuncios, estudios, que pintan una imagen apocalíptica para el futuro cercano, a menos que se tomen medidas tan drásticas como costosas.
En ese sentido, ha sido un soplo de aire fresco leer la entrevista publicada hace unos días en El País con el experto danés Bjørn Lomborg, quien lleva décadas estudiando el tema. Su diagnóstico es tan simple como compartible: el cambio climático es real, y es muy probable que la acción humana esté potenciando el problema (el clima siempre está cambiando naturalmente). Pero no estamos ante el fin del mundo, y la mejor forma de enfrentarlo es apelar a la inteligencia humana y a nuestra capacidad de adaptación.
En particular es muy destacable lo que dice Lomborg sobre el nefasto efecto que genera la ola de noticias y diagnósticos catastróficos que se han vuelto moneda común por parte de algunos científicos, pero sobre todo de burócratas y políticos. Gente para quienes un tema como el cambio climático es ideal, ya que implica un desafío tan grande, que nadie termina por ser responsable. Y, de paso, justifica tanto aumentar los impuestos, como tomar legitimidad para decirle a la gente cómo tiene que vivir su vida diaria.
Pero, el efecto que esta ola de pánico está generando, en particular en las sociedades desarrolladas, implica consecuencias gravísimas, que no pueden ser omitidas. Parte de las cuales vemos en cosas como estos grupitos que salen a destruir obras de arte invaluables, o a cortar el tránsito en reclamo de que no se extraiga más petróleo. O, temas todavía más graves, cuando se condiciona el comercio de países en vías de desarrollo a criterios ridículos y que son imposibles de satisfacer.
Regresando al planteo de Lomborg, es muy atendible lo que afirma sobre la tendencia de los medios internacionales de sacar de contexto muchos de los datos que los científicos más preparados emiten sobre el tema. Y que en vez de ayudar a comprender, solo azuzan un pánico inconducente.
El experto danés comentaba sobre el tema de un estudio que afirma que 187 millones de personas que viven en zonas costeras inundables serían afectadas si el mar sube un metro en la próximas décadas, tal como indicarían algunas proyecciones. Si bien el estudio sostiene que 187 millones de personas podrías ser afectadas, la realidad es que con mínimas y obvias medidas de adaptación, esa cifra se reduce a 300 mil. Lejos de explicar eso, medios referentes como el Washington Post o el New York Times, han afirmado que la vida de esos 187 millones de personas estaría en riesgo.
Aquí vemos replicarse un problema que ya se percibió en la pandemia. Entre la necesidad de generar clicks y audiencia que tienen los medios hoy, y el impacto de una generación de periodistas que están más cerca del activismo que de la profesión que dicen desarrollar, cada una de estas noticias es potenciada y imbuida de un tinte catastrófico fuera de lugar.
Hay otro tema importante de fondo. Buena parte de quienes fogonean estas miradas creen de buena fe que asustar a la gente es la única manera de generar un cambio de actitud. Es un error gravísimo.
La realidad es que estamos ante un desafío más, de los muchos que hemos experimentado como especie a lo largo de nuestra historia en el planeta. Todos los cuales han sido enfrentados con éxito gracias a la creatividad, al empuje, y a la capacidad de adaptación humana.
Por el contrario, el pánico solo genera inmovilismo, enojo y reproches inconducentes.
Como dice Lomborg en la entrevista, y en las columnas que habitualmente se publican en este diario, se trata de un desafío que requiere apelar a las mejores características humanas, en particular la inteligencia y la capacidad de adaptación. Con el enorme diferencial, según aclara Lomborg, de que nunca en la historia contamos con el nivel de riqueza material, y de posibilidades tecnológicas actuales para buscar soluciones pragmáticas al problema.
Sin embargo, no pasa día sin que seamos sometidos a un bombardeo incesante de información deformada, y manipulada por políticos y burócratas para convencernos de que si no hacemos todo lo que ellos exigen el mundo tal como lo conocemos desaparecerá en poco tiempo.
Una de las cualidades clave del ser humano es el escepticismo. Y por ello, cada vez la gente mira con más desconfianza a la mayoría de estos pronósticos apocalípticos y fuera de la realidad.