40 años de un concierto emblemático

Se cumplen hoy exactamente cuarenta años de un concierto muy especial y luego muy recordado, que se dio en Montevideo y bajo una fuer- te lluvia: el del retorno de Los Olimareños en el Estadio Centenario lue-go de sus años de exilio. Fue un momento emblemático en varios sentidos.

En primer lugar, se trató de una muestra de la apertura que inevitablemente la dictadura debió empezar a procesar a raíz de la presión política y ciudadana a la que se enfrentaba. En efecto, desde el triunfo del No en el plebiscito de noviembre de 1980, pasando por las victorias de los sectores más opositores en las internas de blancos y colorados en noviembre de 1982, y siguiendo por el formidable acto del Obelisco de 1983, en donde una gran mayoría ciudadana y una enorme y plural representación partidaria exigieron el retorno de las libertades cívicas a partir de aquella formidable proclama redactada por Gonzalo Aguirre y revisada por Enrique Tarigo, la presión democrática fue cada vez más incontenible.

En segundo lugar, se sumó el proceso que se palpitaba en vivo y en directo en Argentina, con la presidencia de Raúl Alfonsín que había recibido en abril al líder blanco Wilson Ferreira de su exilio europeo. En Montevideo, además de la liberación de algunos presos políticos importantes, como Líber Seregni, se vivía la recolección de firmas a iniciativa del Partido Nacional con el fin de plebiscitar en noviembre de ese año un proyecto de Constitución que restableciera la plena vigencia del texto de 1967, otorgara una amnistía, repusiera a los funcionarios destituidos y rehabilitara a todos los partidos políticos.

En ese contexto de ebullición social y política, el concierto de Los Olimareños representó una comunión de emociones. Braulio López lo dijo en un momento de la noche: “Es la primera vez en estos 22 años que llevamos cantando, que estamos ante Uds. en esta forma tan especial. Lo único que les pedimos es que nos disculpen porque la emoción a veces traiciona en algunas cosas a la canción. Pero pienso que más que un encuentro aquí de música, va a ser un encuentro emocional donde nosotros podamos tocarnos con las miradas como hace 8 o 10 años que no lo hacemos”. Aún hoy, a cualquier uruguayo que escuche la versión de “A Don José” de aquella noche, entonada por todo el Estadio, sin duda se le pone la piel de gallina de tanta emoción compartida.

Pero fue también un otoño lleno de vicisitudes y contradicciones. La dictadura cerró el paso al proyecto de plebiscito nacionalista el 23 de mayo; y con Ferreira preso, el 26 de junio la Multipartidaria (sin los blancos) anunciaría a los militares una voluntad de negociar que terminaría con el conocido Pacto del Club Naval en agosto. En definitiva, toda la emoción reflejada en ese reencuentro masivo con Los Olimareños, que hablaba de libertad y de tiempos democráticos recobrados, y que tanto incluía a las nuevas generaciones que habían promovido la apertura en el país, terminaría siendo encaminada a través de un mecanismo de negociación en el que, finalmente, las elecciones se harían con proscriptos y los militares se irían del poder con la sensación legitimada de que “nadie entrega todo a cambio de nada”.

Este concierto es pues una metáfora de un tiempo contradictorio sobre el cual ya es hora de que el país reflexione serenamente. No porque no se hayan hecho ya buenos estudios en ciencias políticas, por ejemplo, acerca del tipo de transición democrática que fue el nuestro. Sino porque en la hondura de la emoción que aquel concierto refleja reside parte de la enorme dificultad que hasta hoy seguimos teniendo para cerrar un capítulo de nuestra vida nacional, que cada día más merece ser analizado por la Historia y ser dejado de lado por las memorias parciales. En definitiva, en este asunto tiene sobre todo responsabilidad la izquierda cultural, social y política, esa que sufrió la dictadura y se alegró con el concierto de Los Olimareños, pero que también poco tiempo después avaló un pacto de salida democrático que sin ninguna duda dejó a la vera del camino a toda esa emoción y a esa reivindicación justiciera tan fuertemente entonada por todo el estadio en la lluviosa noche del 18 de mayo de 1984.

Será seguramente la decantación propia de la Historia la que nos permitirá analizar serenamente esa contradicción tan profunda del alma humana, que es capaz de vibrar con la esperanza que genera un concierto como el de hace 40 años, a la vez que aceptar al poco tiempo un pacto político que hiere radicalmente la pureza de ese encantamiento.

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