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La inseguridad

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|El desarme de los honestos y la claudicación del Estado.

La realidad en nuestros barrios se ha vuelto insostenible y la pregunta ya no se puede esquivar con discursos políticamente correctos.

¿Estamos ante una inoperancia absoluta del Ministerio del Interior o frente a una estrategia deliberada que, bajo la bandera del desarme civil, termina desprotegiendo al ciudadano y pavimentando el camino para el narcotráfico?

Hoy, comunidades enteras viven bajo un virtual estado de sitio, secuestradas por organizaciones criminales que imponen su propia ley ante la alarmante retirada de la seguridad pública.

La asimetría es tan absurda como indignante; por un lado, el ciudadano de bien que intenta proteger a su familia o cumplir con las normativas vigentes debe enfrentarse a un calvario de exigencias legales, burocracia y controles asfixiantes para adquirir legalmente una simple munición. Por el otro, el sonar diario de disparos de todo calibre (incluyendo armas automáticas de uso militar) se ha convertido en la macabra banda sonora de las zonas periféricas.

El mercado negro de armas y municiones opera a plena luz del día, con una impunidad que desafía y humilla a la autoridad del Estado.

Legislar para desarmar a la población civil en este contexto no es una medida de paz; es una capitulación.

Si el Ministerio del Interior promueve el desarme del trabajador mientras se confiesa incapaz de frenar el flujo de armas de los delincuentes, no hace más que dejar a los honestos a merced de los violentos.

Intentar maquillar la ineficacia policial persiguiendo al tenedor legal es una hipocresía que roza la complicidad; un Estado que no defiende a su pueblo y que, además, le quita las herramientas para su legítima defensa, está rompiendo el contrato social más elemental.

Mientras todo esto sucede en las calles, mientras las balaceras se normalizan y las familias se encierran bajo llave temiendo una bala perdida, la agenda política parece habitar en una realidad paralela; en el Palacio Legislativo, lejos del barro y las balas, las prioridades parlamentarias se diluyen en debates insólitos, como la discusión para otorgar al trabajador un día de duelo por la muerte de su mascota.

Mientras los barrios sangran y la delincuencia organizada gana terreno, el poder político se entretiene en el confort de la intrascendencia, demostrando una frivolidad que ofende a un país que clama por orden, justicia y, sobre todo, por su seguridad.

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