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“La casa”

Lucas Fraga | Montevideo
@|¿Programa de entretenimiento? Sí, el mismo que solían tener aquellas personas del barrio sentadas en la puerta o a la mesa de un café hablando de Dios y todo el mundo, ocupadas en ese “lleva y trae” que hacían pelear a un vecino con otro.

La esencia es la misma aunque hay diferencias sustanciales. Lo miran millones y persigue fines de lucro. Lo único rescatable es que da trabajo a un “periodismo” banal y chismoso.

Esa casa es el emporio de la vagancia, habitada por vidas parasitarias. No hay ejemplos de trabajo, de estudio, ni demostraciones de sabiduría o de habilidades, salvo algún juego típico de preescolares. Hay sí mucho de intriga palaciega, chismerío barato, confabulaciones de unos contra otros y en ocasiones exposición de instintos básicos donde domina el insulto soez y la violencia.

Hay que entender que esto no es ficción. Es un escenario real donde hay un dormitorio abigarrado donde solo faltan violines y pelelas para ser una réplica de una vieja sala del Hospital Maciel.

Pésimo ejemplo para adolescentes tanto para los que estudian o aquellos que piensan volcarse a la vida laboral. Mentes que están en plena formación, cerebros influenciables que se están remodelando y generando nuevas conexiones. Los productores de este tipo de programa están bombardeando ese proceso. Usan esa “entradera” de la pantalla hogareña para con su poder de llegada fabricar ídolos de barro que no son más que marionetas a quienes les ponen una zanahoria para que se peleen. Humanos con libertades y emociones restringidas manejadas por un titiritero, un Dios que propone y dispone, y que les paga muy poco por un encierro donde por un determinado período de vida abandonan hijos y padres.

Triste, muy triste. Y mucha gente se engancha, incentivados por el morbo hasta llegar al fanatismo por Juana o por Pedro. Después nos rasgamos las vestiduras y nos escandalizamos de nuestro atraso cultural, de las repeticiones, de las Pruebas Pisa y del abandono temprano del Ciclo Básico Secundario. Compadezco a los educadores que tienen que ir a la guerra con un cacho de tiza contra un oponente mucho más poderoso.

Otrora nos saturaban con teleteatros. Es cierto que algunos también poco aportaban, pero por lo menos en ocasiones se podían apreciar recursos actorales de real valía que después con un buen guión brillaban en otros ámbitos.

Me pregunto cuánto más costosas pueden resultar para los canales las producciones nacionales de preguntas y respuestas, por ejemplo, o producciones de teatro unitarias o seriales (antes las había) que abrirían fuentes de trabajo para excelentes actores que abundan tanto en la Comedia Nacional como en el teatro independiente. Me dirán que no hay avisadores para esto, entiendo, ellos también colaboran con un combo que cloroformiza por dos horas a una teleaudiencia poco exigente.

Y cuando ya no quedan argumentos para defender esta realidad, morimos con la clásica: “Es lo que hay”. Frase que en buen romance encierra la más pura mediocridad.

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