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Ernesto “Che” Guevara

El Ciudadano | Montevideo
@|La figura de Ernesto “Che” Guevara es, quizás, el mayor triunfo de marketing ideológico del siglo XX. Pocos personajes históricos experimentaron una metamorfosis tan radical; el paso de un implacable fiscal militar y teórico de la violencia armada a un logotipo de rebeldía juvenil, estampado en camisetas baratas vendidas en el corazón del capitalismo global.

Detrás del misticismo de la mirada fija en el horizonte capturada por Alberto Korda, la realidad histórica arroja una sombra densa, incómoda y profundamente autoritaria.

La violencia como método y el desprecio a la disidencia.

Lejos de la caricatura del idealista romántico, los propios diarios y discursos de Guevara revelan a un hombre obsesionado con la eficacia del terror revolucionario. Para el “Che”, el odio era un elemento de lucha; un factor que, en sus propias palabras, transformaba al soldado en una “efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”.

- La cabaña:

Tras el triunfo de la revolución en 1959, Guevara asumió el mando de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Bajo su supervisión directa, se ejecutaron cientos de fusilamientos sin las garantías mínimas de un debido proceso.

La piedad no entraba en su ecuación penal.

- Persecución a las minorías:

El régimen que ayudó a fundar no solo persiguió a los disidentes políticos; bajo la premisa de forjar al “Hombre Nuevo” (un arquetipo libre de “vicios burgueses”), el castrismo persiguió activamente a la comunidad homosexual, a los religiosos y a los jóvenes apasionados por el rock, confinándolos en campos de trabajo forzado conocidos como las UMAP (Unidades Militares de Ayuda a la Producción).

- La ironía contemporánea es flagrante:

Colectivos que hoy marchan por la diversidad y las libertades individuales suelen enarbolar la bandera de un hombre que, en vida, los habría considerado desadaptados necesitados de “reeducación”.

-El destierro y el fin del “hombre de acción”.

El mito también suele maquillar su salida de Cuba. Más allá de la narrativa oficial de la “extensión de la llama revolucionaria”, la marcha del Che hacia el Congo y posteriormente a Bolivia responde a una fractura geopolítica y pragmática.

Guevara era un dogmático de la ortodoxia comunista alineado con Pekín, cuyas críticas públicas a la Unión Soviética, el principal sostén económico de la isla, se volvieron un lastre intolerable para Fidel Castro.

Para Castro, el Che era más útil como mártir internacional o exportador de guerrillas que como un gestor económico inepto (su paso por el Ministerio de Industrias y el Banco Nacional de Cuba fue un desastre técnico) o como un rival a la sombra del poder central.

Su aventura en Bolivia, mal planificada, sin apoyo del Partido Comunista local y completamente desconectada del campesinado boliviano, no fue una gesta heroica; fue un suicidio político y militar.

Castro lo dejó ir a sabiendas de que el camino no tenía retorno.

-La victoria del relato.

La muerte de Guevara en La Higuera en 1967, no fue el fin de su relevancia sino el nacimiento de su mejor versión para la izquierda internacional; despojado de sus errores económicos, de sus fracasos militares y de su crueldad en el paredón, el Che fue santificado.

La paradoja final es absoluta: el hombre que despreciaba el consumo y el individualismo terminó convertido en el fetiche mercantilista definitivo.

Al final, el mito devoró a la realidad, permitiendo que las generaciones actuales consuman la estética de la revolución mientras ignoran, por cinismo o profunda ignorancia, la brutalidad de su historia.

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