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En defensa del centro

Guillermo Crucci | Montevideo
@|—Basta de tibieza— leí en un artículo, como si fuese un insulto. Últimamente se usa la palabra “tibio” como sinónimo de “moderado”, pero con desprecio, evocando a la cobardía. ¿No será realmente la tibieza lo que hace posible toda convivencia democrática?

Despreciar la “tibieza” es desconocer que la moderación es la base de toda democracia duradera.

Hace más de 2.000 años Aristóteles sostenía que la virtud es un término medio, determinado por la razón y por aquello que decidiría el hombre prudente. En nuestros días, la democracia se construye a diario gracias al diálogo, el cual en gran medida es posible gracias a los tibios, a los moderados. Esta figura es clave para tender puentes entre posturas opuestas, articulando entre distintas corrientes del pensamiento en la sociedad.

Cuando dos adversarios se centran en su opinión y no admiten los argumentos que su oponente expone, y ambos se niegan a ceder a puntos medios, ¿qué construcción es posible? Sin templanza, la sociedad se polariza y se corta el diálogo.

No se debe confundir al moderado con el conservador. El conservador teme al cambio, el moderado lo impulsa sin romper el tejido social.

Un ejemplo es la figura de Alejandro Atchugarry que, durante la crisis, siempre eligió el camino más difícil, buscar acuerdos y el diálogo antes que el grito y la renuncia, con el fin de sostener la convivencia democrática.

Se objetará esto diciendo que sin firmeza no se logra nada, y es cierto. Uno siempre debe ser firme ante las injusticias y la intolerancia. La moderación no es incompatible con la firmeza para denunciar y luchar contra las injusticias.

Cuidado: no toda prudencia es auténtica templanza. La política de apaciguamiento del gobierno británico encabezado por Chamberlain, donde intentó ser prudente ante el avance despiadado de las fuerzas de Hitler, fue en realidad claudicación. Esto jamás se puede permitir en un político de la templanza, siempre debe denunciar la injusticia y no ser cómplice de ella.

Se podrá decir también que, si no se lucha por las convicciones propias, no se lograrán cambios tangibles. El problema está ahí, uno no debe dejar de pelear por sus convicciones, si uno está convencido de sus ideas, deberá defenderlas e impulsarlas, pero sin caer en el radicalismo que rechaza todo argumento ajeno. Debe ser abierto al diálogo y a la crítica. Porque de lo contrario, convertirá sus ideales en dogmas. ¿No deberíamos aplicar el pensamiento crítico a nuestros propios pensamientos?

Como sociedad debemos repensar el rol de los mal llamados tibios, a quienes buscan reflexionar y moderarse ante las problemáticas. Nuestro país se ha caracterizado por ser una sociedad moderada. Hay que escuchar y aceptar la idea del otro, no radicalizarse ni atacar.

Entiendo que gracias al diálogo se construye de una forma reformista, no revolucionaria, más armónica y gradual. Esto favorece a todos los niveles sociales ya que no se ven sacudidos por un cambio brusco al cual adaptarse sorpresiva o agresivamente.

Despreciar la tibieza únicamente hará que estas personas constructoras, progresivamente desaparezcan de la opinión pública. El sabio que generaba consenso está siendo desplazado por el agitador que divide y agrede al enemigo.

En este momento, en que se oyen cada vez más voces extremistas, o que solo buscan descalificar al otro, necesitamos el renacer de figuras templadas que unan en vez de dividir.

Entonces, ¿es realmente la tibieza sinónimo de cobardía?

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