Dra. Elizabeth Ponce de León | Montevideo
@|Me dirijo a ustedes con el propósito de someter a su consideración la siguiente carta, motivada por el reciente impacto del film “El último gigante”, en la plataforma Netflix. Como profesional de la salud y la educación, considero urgente ofrecer una lectura que trascienda lo cinematográfico para advertir sobre las implicancias éticas y clínicas de su narrativa.
El reciente estreno de “El último gigante” nos sitúa frente a un dilema que trasciende la pantalla. Como profesional dedicada a la educación y la psicología, me resulta imposible ignorar la carga de violencia simbólica que este film presenta como “acto amoroso”.
Mi investigación doctoral en la Universidad de Buenos Aires se centró en la reconstrucción biográfica de Jesualdo Sosa y su pedagogía de la expresión creadora. Mi crítica nace precisamente de entender que la verdadera “creación” del sujeto sólo es posible cuando éste se libera de mandatos opresores, algo que la película de Carnevale ignora por completo.
Por el contrario, lo que vemos en esta pieza es la “anulación” del sujeto.
Un padre narcisista (interpretado por Oscar Martínez) que regresa no para sanar, sino para ejercer un dominio final: obligar a su hijo a ser su verdugo. Es imperativo que, como sociedad, dejemos de engañar al auditorio. La sonrisa final de Boris no es de paz; es la mueca de un parricidio simbólico necesario para detener una invasión psíquica que duró décadas.
No todos los vínculos se reparan. A veces, la salud mental reside precisamente en la distancia y en el rechazo a una redención forzada.
Es hora de que el cine, y nosotros como espectadores, empecemos a llamar a las cosas por su nombre: lo que Martínez personifica no es un “gigante”, es un manipulador cuya última voluntad es una condena para el que se queda.