Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|De una política económica progresista.
La política económica vigente en Uruguay se ha convertido en un verdadero canibalismo institucional; devora el esfuerzo del ciudadano común para engordar la fortuna de una casta política que viaja en primera clase mientras el pueblo paga la cuenta.
El Banco Central bajó la tasa de interés a 7,5%. La noticia parece técnica pero su impacto es profundamente humano, para el trabajador que cobra un sueldo, para el comerciante que pelea cada día, para el pequeño empresario que arriesga su capital esta decisión significa cuotas un poco más bajas en sus créditos pero también ahorros que rinden menos. El dinero del ciudadano pierde valor de compra mientras el Estado multiplica su deuda.
La raíz del problema está en las letras de regulación monetaria (dinero prestado), esa montaña de deuda que ya equivale al 12–13% del PIB. Es un mecanismo perverso; el Banco Central paga intereses altísimos, emite nuevas letras para cubrir los viejos compromisos y la bola de nieve crece sin freno. Es como vivir eternamente de la tarjeta de crédito, pagando solo intereses y nunca el capital.
¿Quién paga esa fiesta?
El ciudadano, con menos crecimiento, menos empleo y más impuestos en el futuro.
El dólar barato sostenido artificialmente por este esquema, es otra trampa. Favorece al importador y al consumo inmediato, pero castiga al productor nacional, al agro, a la industria y al turismo. Uruguay se vuelve menos competitivo, y los salarios se estancan o retroceden; el ciudadano pierde poder de compra mientras el Estado mantiene su déficit fiscal en torno al 4–5% del PIB, hipotecando el futuro.
Las soluciones existen, pero requieren coraje político:
1) Un ajuste fiscal serio, que reduzca el gasto y libere recursos para cancelar deuda. 2) Un sinceramiento de los salarios nominales para recuperar competitividad. 3) O una corrección cambiaria que devuelva al dólar su valor real.
Este gobierno no está dispuesto a asumir ninguno de esos caminos, prefiere seguir gastando, prometiendo aumentos y sosteniendo un sistema artificial que tarde o temprano explotará.
Cuando los inversores digan “no renuevo más estas letras” y lo harán (como cuando has llegado al límite de la tarjeta de crédito), el dólar se disparará y el golpe lo sentirá cada familia uruguaya en la góndola del supermercado.
La conclusión es clara, hoy disfrutamos de una calma aparente, con inflación baja y productos importados baratos. Pero mañana, si no se enfrenta el problema de fondo, vendrán precios más altos, menos empleo, más impuestos y una producción nacional arruinada
El costo de este sistema caro y artificial lo paga la sociedad entera, vos, yo, el que trabaja, el que produce. No hay futuro posible si el Estado devora el fruto del trabajo para sostener su propio festín; Uruguay necesita un cambio profundo, menos gasto político, más responsabilidad fiscal, más respeto por el esfuerzo del ciudadano. Porque la verdadera riqueza de un país no está en las cuentas del gobierno, sino en la dignidad de su gente y esa dignidad hoy está siendo canibalizada por una política económica que solo sirve a quienes se sientan en primera clase.