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Colonización, ideología y elefantes blancos

Roberto Alfonso Azcona | Montevideo
@|Convierta su estancia en 16 tambos inviables; pregunte en Colonización.

En un país donde cada peso del contribuyente debe cuidarse con lupa, el Instituto Nacional de Colonización parece haber perdido el rumbo. Gastar más de 32 millones de dólares en una estancia con olivares, instalaciones de lujo y comodidades improductivas no es una política agraria: es una declaración ideológica.

Peor aún cuando se la compara con la gestión anterior del propio Instituto. Según se informó, se cumplió el compromiso de entregar más de 40.000 hectáreas en los dos primeros años, y se proyectaba alcanzar las 60.000 adjudicadas a más de 300 familias al finalizar el período. Una política clara, de tierra para producir. No de compra de elefantes blancos.

Hoy Colonización administra unas 600.000 hectáreas: 400.000 están arrendadas, 200.000 en propiedad de colonos, y otras 5.000 están en proceso de compra por parte de esos mismos colonos. Sin embargo, año tras año, el ritmo de adjudicación efectiva se ha vuelto lento, y muchas tierras siguen improductivas. Mientras tanto, se destina una fortuna para sumar algunas hectáreas más, con el objetivo de instalar a 16 colonos lecheros.

Y eso no es todo. Cada uno de esos colonos necesitará entre 500.000 y 600.000 dólares adicionales en infraestructura, ganado, maquinaria y vivienda. Todo a cargo del Estado. Todo a cuenta del contribuyente. Y todo en un sector –la lechería– que ya enfrenta cierres masivos de tambos con igual o mayor escala, ahogados por la falta de rentabilidad y la presión fiscal.

El problema no es solo el mal uso de recursos, sino el sesgo ideológico. Se acusa a los productores independientes de “latifundistas”, como si tener escala fuera un pecado. Se los demoniza por tener éxito, mientras se favorece a gremiales vinculadas al poder, donde no todos son colonos, pero todos están alineados políticamente.

El presidente del INC es colono. Los futuros adjudicatarios también. Y todos vinculados al círculo lechero. ¿Casualidad? Difícil de creer. Porque detrás del relato de justicia social se esconde una estructura cada vez más cerrada, donde las decisiones no se toman en función de la eficiencia ni de las necesidades reales del agro, sino de la conveniencia política.

Vender olivares y edificaciones como forma de “compensar” es, además, un insulto a la inteligencia de los productores. Nadie va a pagar lo que eso costó. Porque no hay tontos en el sector privado. Y eso lo sabían desde el primer día.

Uruguay necesita una política agraria seria. Una que no divida a los productores entre “buenos” y “malos” según su ideología, sino que apoye a quienes trabajan la tierra, invierten y arriesgan. Esta compra no fue un error técnico: fue una decisión política, innecesaria, costosa, y profundamente injusta.

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