Y en el 2010 también

Luciano Álvarez

Era un adolescente cuando me empezó a gustar el tango. En aquellos días era un gusto a contramano, aunque lo compartiera eclécticamente con los Beatles, los Chalchaleros y Roberto Carlos, éste para uso exclusivo de los bailes. Con el tiempo olvidé a unos y agregué otros, pero el tango se quedó conmigo, refiné mis gustos y hasta me precio de una modesta erudición en el tema.

Con Discépolo tuve problemas. En particular, me resistía a los temas que expresaban su enojo radical con el mundo, el nihilismo de "que el mundo fue y será una porquería". En el fondo me parecía que su pregón escondía la soberbia de quien se pone del lado de los santos.

Pero con los años, aprendí a admirarlo, a comprender su desesperación, aunque nunca lo integré al panteón de mis dioses, salvo algunas de sus obras (Uno, Cafetín de Buenos Aires).

Últimamente, Discépolo me acosa, me grita al oído: "¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?"; me recuerda que, también en este país, caminamos entre las sombras de un cambalache moral y me explica: "Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos. Y traduzco ese silencio de angustia que adivino... Los pueblos claman, gritan, ríen y lloran sin moldes. Y una canción popular debe ser siempre el problema de uno padecido por muchos".

Enrique Santos Discépolo nació en Buenos Aires el 23 de marzo de 1901.

Luego de vincularse al teatro como actor compuso un primer tango, "Bizcochito" (1924), que pasó desapercibido. En 1926 reincidió y escribió "Qué Vachaché", con aquello de que "la honradez la venden al contado y a la moral la dan por moneditas".

Se estrenó en el teatro Urquiza, de Montevideo. El periodista José Pedro Blixen Ramírez (Bebón), fue testigo del hecho: "Acompañó a la canción la más fría y desconcertante de las indiferencias. No hubo aplausos y sí gritos exigiendo que Mecha Delgado interpretara de inmediato los tangos más populares de la época. (…). Al retirarnos, no sin antes dejar caer las banales y consabidas frases de consuelo, (a Discépolo) me atreví a decirles a mis acompañantes: Lo que me animo a asegurarles es que este pobre muchacho no vuelve a escribir un tango en el resto de sus días."

Pero el espíritu de los tiempos convertiría en éxitos sus tangos desencantados, retrato de una sociedad argentina que aún hoy parece incapaz de desprenderse de las maldiciones nacidas en aquella época a la que el escritor José Luis Torres habría de bautizar como la "Década infame", iniciada con el derrocamiento de Hipólito Irigoyen, el 6 de septiembre de 1930.

Precisamente 1930 es el año del fenomenal éxito de Yira Yira. Al año siguiente escribe "¿Qué sapa señor?", que comienza diciendo que "la tierra está maldita" y termina: "Ya nadie comprende / si hay que ir al colegio / o habrá que cerrarlos / para mejorar..."

Cambalache es la culminación de ese proceso de desencanto: "el mundo fue y será una porquería", "todo es igual, nada es mejor". La escribió en 1934, para la película "El alma del bandoneón".

Una superproducción más bien mala -se incluía una escena con cien bandoneones- sobre el sobado tema de una pareja (Santiago Arrieta y Libertad Lamarque) de aspirantes a astros del tango, lo que obviamente pretextaba la proliferación de números musicales. Ernesto Famá, cantaba Cambalache.

El tango se estrenó antes que la película. Lo cantó Sofía Bozán en el teatro Maipo, en medio de otro escándalo. Pero esta vez no fue provocado por el tema, sino porque el productor Ángel Mentaste, llegó al teatro con abogados y escribanos procurando impedir su interpretación, que por contrato estaba destinada a su estreno en la película mencionada.

Desde entonces se sucedieron las grabaciones y su popularidad sigue indiscutida, con versiones roqueras incluidas y con muchas alteraciones, cuando no traiciones al sentido de la letra.

En un artículo titulado "Cantori Traditori", (Página 12, 5/11/2000) el dramaturgo Roberto Cossa las denuncia: "Quien conoce algo de la historia, sabe que a Discépolo los tangos no le salían como hongos, ni que los escribía en una servilleta de bar después de tomarse un par de ginebras. Trabajaba sus letras con el buril de poeta. Y si algo le obsesiona al poeta es la palabra. Y para el poeta, ninguna palabra es igual a otra, aunque se le parezca." Es indudable que Discépolo eligió cuidadosamente los contrastes que simbolizan el caos moral de su época "Mezclao con Stavisky, van Don Bosco y la Mignon/ Don Chicho y Napoleón/ Carnera y San Martín".

En 1934, había estallado en Francia el caso Stavisky, un escándalo de estafas y corrupción que sacudió los cimientos del sistema político; en ese mismo año fue canonizado Don Bosco, fundador de los salesianos.

Más difícil de descifrar es la referencia a "la Mignon". Tanto puede referirse a la voz francesa "mignone" entendida como "querida " o "mantenida", como una referencia a la ópera "Mignon", de Ambroise Thomas, muy popular en el primer cuarto del siglo XX.

San Martín y Napoleón no necesitan presentación y sirven de contraste a los "héroes" de las páginas policiales y deportivas del periodismo sensacionalista: Don Chicho es el apodo de Juan Galiffi, jefe de la mafia argentina, detenido en 1932; Primo Carnera fue un boxeador italiano, campeón mundial de peso completo en el bienio 1933-1934, apoyado por la mafia.

Con el tiempo, olvidadas las referencias, los intérpretes cambiaron, a su gusto e ignorancia, los personajes originales, o por razones circunstanciales. En 1982, durante la guerra de las Malvinas, Roberto Goyeneche, incluía a Margaret Tatcher entre los personajes.

Julio Sosa confundiendo al estafador Alexandre Stavisky con el músico ruso Igor Stravinsky, lo suplantó por otro músico y dice, "Mezclado con Toscanini va Scarface y Napoleón, Yatasto (un caballo de carreras) y Marimón (un automovilista).

A veces me siento tentado de violar la sagrada letra de Discépolo y probarla con personajes de la realidad que nos rodea.

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