¿Y ahora qué hacemos?

El mundo se zafó de varios amures y viene perdiendo mojones a gran ritmo. Estamos viendo y viviendo cosas que jamás hubiéramos imaginado hace unos pocos años.

Mucho se debe a Trump: hace tiempo que no aparecía un megalómano al frente de un país poderoso, con una adrenalina que lo impulsa a buscar enemigos e impactos mediáticos constantemente. Cambió la política americana clásica del “soft power” por la del enfrentamiento y el bullying, terminó por descalabrar a las instituciones de gobernanza mundial y se viene pasando el derecho (nacional e internacional) por aquellas partes. No ha dejado títeres con cabeza, sobre todo entre quienes eran amigos y socios de su país. Europa está débil y poco unida, China crece como opción seria y predecible, en la medida en que los EEUU crecen en agresividad.

Por el barrio no aparecen liderazgos claros y el péndulo se está corriendo hacia la derecha. En ese panorama, ¿qué debe (qué puede) hacer el Uruguay? ¿Cómo moverse?

El refugio cantado de los países periféricos, las instituciones multilaterales, están paralizadas. La realidad mundial ha vuelto a los parámetros previos a la Primera Guerra: duras competencias de poder, opciones férreas de alineamientos. ¿Cómo pararse? ¿Dónde?

Quizás haya que empezar por redescubrir el foco de una política exterior. Algo que, a mi juicio, se ha perdido en buena medida. A manos de dos errores conceptuales muy básicos. En primer lugar, al subsumirla en afinidades y dogmatismos ideológicos. Que nos llevan a enredarnos en polémicas ajenas y a recostarnos, no para el lado de nuestros intereses, sino de las inclinaciones políticas del gobierno.

A ese error se suma la visión reduccionista de la política exterior que la equipara al marketing comercial. Política exterior equivale a política comercial exterior, con el agravante de que, a su vez, ésta es equiparada a exportar: exportar es bueno, importar es malo.

Entonces, hay que comenzar por ubicar jerárquicamente los objetivos de una política exterior nacional. El principio básico que debe inspirarla es el de defensa de nuestra soberanía. Siempre lo fue, sólo que han cambiado mucho las amenazas y los riesgos. Ya no se concentran en el terreno de la integridad territorial y de la integridad político-institucional. Nadie nos va a invadir y tampoco corremos el riesgo de que algún delirante poderoso quiera dominar nuestra institucionalidad.

Pero eso no hace que la preservación de nuestra soberanía haya pasado a ser una reliquia histórica. La realidad de la convivencia obligada con dos vecinos más poderosos y con agendas propias (que no sólo difieren de la nuestra, sino que suelen tener virajes bruscos) es potente.

El foco principal, entonces, debe estar puesto en nuestra soberanía, atendiendo a todo aquello que pueda menoscabarla: ideologías, culturas negativas, amenazas económicas, cortapisas a nuestro desarrollo.

Ahora bien, para poder encarar esos desafíos, lo primero que se necesita es conocer bien nuestra realidad: conocerla y apreciarla. Es un tema sobre el que Luis Alberto de Herrera ponía mucho énfasis en sus obras y de manera reiterada.

Partir de un conocimiento pleno de nuestra realidad nacional, en los diferentes planos: fortalezas y debilidades de nuestra institucionalidad, de nuestra cultura, de nuestra convivencia social y de nuestra economía. A la luz de esas evaluaciones - que deben ser objetivas y no ideológicas, ni voluntaristas, ni atávicas, analizar la realidad mundial para ver de qué debemos defendernos o precavernos y qué podemos aprovechar, dónde está el mejor potencial y dónde no conviene quedar pegados.

Para esa tarea, la labor de información de nuestra diplomacia es vital. Información objetiva, no decimonónica, ni teñida de inclinaciones dogmáticas. Información que colabore y ayude en el desarrollo del país. También, pero no sólo, en el campo del comercio. Mucho tenemos para aprender y recibir de otros países en materia de educación, de investigación, extensión, etc. Todo esto implica trascender los esquemas formales, con frecuencia prisioneros de las capitales, para interiorizarse en la realidad interna de los países. Claro ejemplo de esto se da con nuestros vecinos: hay más tela para cortar en San Pablo y el Sur de Brasil que en Brasilia y otro tanto vale para la Argentina. Tenemos que tratar de apuntalar nuestra relativa debilidad institucional con el descubrimiento de intereses comunes o semejantes al interior de esos países.

Paralelamente, debemos tratar de recuperar el protagonismo que supimos tener a nivel de organismos internacionales. No a base de declaraciones, que suelen atarnos en vez de prestigiarnos. Fomentar más bien la formación de nuestros diplomáticos para que graviten en los temas de fondo. Así sucedió illo tempore en el Gatt y en las negociaciones que desembocaron en Ouro Preto.

La información profunda de las realidades que nos tocan vivir y el trabajo silencioso sobre ellos son fundamentales para la consolidación de nuestra soberanía y para el progreso de nuestro país. Estamos muy aislados. En parte por barreras y compromisos comerciales, pero en parte también, por factores ideológicos y culturales.

Solemos concebir nuestra política exterior como un querer llevar el Uruguay al mundo. Es preciso también traer el mundo al Uruguay.

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