Un personaje casi abstracto

Luciano Alvarez

Carlos Frederico Lecor es un personaje casi abstracto: "el invasor", "el ocupante", "el corruptor de orientales". En este último papel se convierte en un dolor de cabeza para la Historia Patria que se verá obligada a justificar, soslayar o tapar con un manto de olvido, los cursos de acción de varios próceres y figuras principales.

Son escasos los datos de su vida privada y carecemos de relatos que lo denoten, que le den cierta profundidad sicológica. Apenas poseemos dos o tres retratos de este hombre frío, alto, flaco, de cabellos rubios y ojos negros.

También es un olvidado de la historiografía, tanto uruguaya como brasileña y portuguesa.

Sin embargo el incómodo Lecor merece un lugar entre los gobernantes más astutos que por aquí han pasado. Durante ocho años (1817- 1825), "no hubo otro gobierno que su voluntad", dice Oréstes. Araújo. No sólo por la fuerza de sus bayonetas, podemos agregar.

Cuando entró en nuestra historia, en agosto de 1816, era el militar más prestigioso de la corona portuguesa. Nació en 1764, cerca de Lisboa. Su padre, Louis Pierre Le Cor, era francés y su madre -- Luísa Marina Krusse- alemana. Le Cor era traductor, librero y pedagogo. Carlos fue enviado a Holanda, para estudiar las artes del comercio, sin embargo se hizo militar, tal como lo harían, luego, dos de sus hermanos. Sus talentos y la protección del marqués de Alorna promovieron rápidos ascensos. Cuando las tropas francesas entraron en Lisboa (1807) se refugió en Inglaterra y se convirtió en hombre de confianza de William Carr Beresford, otro conocido de nuestra historia; con él regresa a Portugal al frente de dos divisiones portuguesas que acompañarán a los ingleses hasta la definitiva derrota de Napoleón. Termina la campaña con el grado máximo de Teniente General (1815). Entonces Beresford le encarga una división de 4000 "voluntarios reales" cuyo destino es Rio de Janeiro. Llegaron el 30 de marzo de 1816 y el 12 de junio tomaron rumbo a la Banda Oriental. Junto a un contingente de 8000 brasileños pasaron la frontera oriental, en agosto

Su estrategia era clara. Evitar grandes combates con las fuerzas de Artigas, mostrarse más como pacificador que invasor y utilizar la astucia antes que la fuerza. "Lecor es un zorro y no un León", dijo Lavalleja, que seguramente desconocía su brillante trayectoria militar.

El 20 de enero de 1817 entró a Montevideo sin disparar un solo tiro y desde allí envió partidas para desgastar al caudillo oriental, cada vez más desorientado y solo. Aunque le llevó tres años se hizo dueño de la Banda Oriental con un mínimo de pérdidas y destrucción. Silencioso y dinámico, caprichoso y astuto, usó la diplomacia y la fuerza, el halago y el más chocante soborno.

Lecor ya no era joven, era escasamente portugués, un poco francés y alemán, bastante inglés por afinidad, experiencia y carácter. Quizás sintió que este lugar podría ser suyo, tal vez para siempre.

Comenzó por rodearse de las figuras destacadas del país: Larrañaga, Rivera, Tomás García de Zúñiga, otrora ligados a Artigas y tantos otros. "Halagó a unos con promesas y a otros con realidades", dice Pivel Devoto. Instó a sus hombres a casarse con mujeres del país y él mismo, a los 54 años, lo hizo con Rosa Maria Josefa Herrera de Basavilbaso de 18.

Por supuesto aderezó su poder con obras: limpió la ciudad y Montevideo conoció las primeras calles empedradas, colocó un reloj en la Catedral, arregló el faro del Cerro y comenzó la construcción del Hospital de Caridad (el Maciel); para apoyarlo introdujo la Lotería. Promovió y financió la instalación de la primera experiencia pedagógica en el país: la escuela Lancasteriana, aunque cuando el maestro Catalá mostró inclinaciones hacia Lavalleja, la cerró. También ofreció la construcción de un Faro de la isla de Flores a cambio de ceder a la Capitanía de Rio Grande del Sur, todo el norte del Arapey y parte del actual departamento de Rocha.

Ideológicamente tibio, por no decir frío, estaba más cerca del absolutismo que del liberalismo. De modo que la revolución liberal de Porto (1820) le crearía sus primeros problemas. Parte de las tropas portuguesas de la Banda Oriental la apoyaron y el ministro liberal Silvestre Pinheiro Ferreira le exigió que consultara a los orientales sobre su destino. Entonces manipuló el Congreso Cisplatino. Buena parte de nuestros historiadores lo han definido como un "Congreso de empleados y paniaguados portugueses"; el propio Lecor lo reconoció con palabras más sutiles. Pero en las actas del Congreso puede escucharse el eco de legítimos temores. Personalidades como Francisco Llambí, Larrañaga y Jerónimo Pío Bianqui creían, que la Banda Oriental era demasiado débil para asumir su propio destino o volver a la anarquía de las Provincias Unidas; menos aun al dominio español. Por sobre toda otra consideración temían nuevas guerras. Decía Llambí: "A cualquier parte que vuelvo la vista me veo amenazado de los efectos de [la guerra]; y si a todos se les presenta con el horroroso aspecto que a mí, ningún mal deberemos temer tanto como él." Desde ese punto de vista y en ese momento histórico, la incorporación a la monarquía portuguesa, bajo una constitución liberal y con garantías autonómicas, no era el peor de los destinos.

El congreso Cisplatino fue la apoteosis de Lecor. Luego vendrían nuevos conflictos. La independencia del Brasil, a la cual se plegó por convicción antiliberal e intereses particulares y la Revolución Libertadora, sacudieron su poder pero no su astucia. En Rio de Janeiro hubo sospechas de que mantenía negociaciones para formar un estado independiente en el Sur de Brasil y la Banda Oriental. Fue destituido de su cargo del gobernador, el 18 de noviembre de 1825. Poco después también le quitarían el mando del ejército. Sin embargo fue absuelto por un Consejo de Guerra, en diciembre de 1829. Vivió todavía siete años, hasta el 3 de agosto de 1836. No tuvo descendientes. Hay quienes dicen que el misteriosos Lecor murió relativamente pobre; otros, en cambio creen que era inmensamente rico.

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