Ignacio de posadas
No por manido deja el tema de tener su qué ver. La izquierda, siempre más efectiva atacando que construyendo, hizo un buen trabajo poniéndole un sobrenombre: Neoliberalismo, al que poblaron de fantasmas, evocando los peores defectos del ser humano. Codicia, rapacidad, avaricia, todos sueltos en la jungla del mercado irrestricto.
Ya antes, desde otras filas, más filosóficas y hasta más próximas, la vertiente anglosajona del Liberalismo levantó críticas por el rol que muchos de sus pensadores daban al "egoísmo racional". Como que sonaba a algo pedestre, poco altruista.
Aún desde otro ángulo, el de la política económica, primero Keynes y luego un ejército de seguidores (y algunos macaneadores), consiguieron arrinconar a los economistas neoliberales clásicos por el desperdicio, los daños y el dolor que causaban sus teorías del equilibrio.
Y en medio de tanta trompada, de un lado y de otro, se fue desdibujando el sentido de este muñeco pinchado de alfileres.
¿Quién habría inventado esto del Liberalismo y para qué? Responder con rigor no es fácil, en parte por los constreñimientos de espacio, pero también porque no hay un solo Liberalismo, siendo las diferencias entre pensadores liberales, a veces, bastante marcadas.
Pero si nos animamos a esquivar a los liberales franceses (anteriores -sobretodo- y posteriores a la Revolución), para concentrarnos en los anglosajones, la respuesta tiene un núcleo central bastante unívoco.
El Liberalismo presupone la existencia de un orden natural (Von Hayek no estaría de acuerdo, pero en esto su posición es inconsistente) y en el centro de ese orden está el Hombre. No la ciudad, ni el monarca, ni el linaje, ni la clase, el partido o la historia: el Hombre.
Y ello no por un capricho, sino respondiendo a motivaciones filosóficas o teológicas. Porque el Hombre es criatura de Dios, porque el universo fue creado para el hombre o, para los liberales no creyentes, porque es el único ser superior a todos los otros y ello en función de su libertad.
Lo que distingue al hombre del resto de la creación es su libertad. No porque ella lo transforme en un dios, peligro inherente a la libertad, sino porque no puede haber amor sin libertad.
Ahí está el punto de unión entre la vocación (vocare = llamado), divina y la humana. No puede haber unión con Dios sin amor libre y no puede haber desarrollo feliz del ser humano sin aquél.
Ser Liberal, entonces, significa respetar al Hombre. No endiosarlo. Respetarlo. Sabedores de que su libertad no es garantía de éxito o de bondad, pero conscientes también que debe temerse mucho cuidado a la hora de pretender sustituir la libertad de otros por mi voluntad.
El Liberalismo no es un dogma. Ni siguiera es, en todos los casos, un sistema filosófico. Pero tiene una gran ventaja: se asienta sobre una antropología correcta. Las teorías contrarias al Liberalismo (las contrarias, no necesariamente las críticas), como tan brillantemente lo escribiera Juan Pablo II en Centesimus Annus, fracasaron por pretender fabricar humanoides, carentes de libertad.
Por último, aunque no es tema menor, para ser Liberal hay que ser humilde. Locke y Hayek lo dicen de formas diferentes, pero apuntando en la misma dirección: nadie tiene el conocimiento absoluto o la verdad absoluta, razón por la cual debe impedirse la imposición forzosa de "verdades" individuales o grupales sobre los demás.