Memoria y responsabilidad

En su discurso por el Día Internacional de Conmemoración del Holocausto, el ministro de Relaciones Exteriores Mario Lubetkin habló largamente de la memoria, del recuerdo y de la educación como herramientas para evitar que los horrores del pasado se repitan.

Hasta ahí, nada nuevo. Es el guion habitual, correcto, aceptable. El problema no está en lo que dijo, sino en cómo lo dijo y, sobre todo, en lo que eligió no decir.

En un pasaje particularmente grave, el canciller Lubetkin aludió a que hoy existen otros lugares del mundo donde se practica una “política de Estado” asociada al genocidio, una formulación que -por el contexto, por su trayectoria pública y por sus posicionamientos previos- no deja dudas de que apunta al Estado de Israel.

Hacer esa insinuación precisamente el Día del Holocausto no es un descuido retórico: es una toma de posición.

Aquí es donde la memoria deja de ser un acto ético y pasa a convertirse en una herramienta política vacía. Porque el Holocausto no fue solo un crimen del pasado.

Fue el resultado de una maquinaria estatal que decidió exterminar a los judíos por el solo hecho de serlo. Recordarlo sin señalar a quienes hoy declaran abiertamente su intención de repetirlo no es memoria; es evasión.

Hoy existen regímenes y organizaciones que no esconden su objetivo de eliminar a los judíos: Irán, Hamas, Hezbollah, la Yihad Islámica, ISIS y otros movimientos islamistas extremos.

Algunos gobiernan Estados, otros controlan territorios, todos predican el exterminio. Eso sí es política de Estado o de poder organizada contra los judíos.

Sin embargo, en el discurso de Lubetkin no hubo una sola palabra sobre ellos. Ni una.

La paradoja -y la tragedia- es que quien calla esto es judío. Y ese silencio no es neutral. Hay judíos que, en su afán de demostrar una supuesta superioridad moral, sienten la necesidad permanente de colocarse del lado acusador contra Israel, incluso en el día que recuerda el intento sistemático de borrar a su propio pueblo de la faz de la Tierra.

Como si para ser aceptados hubiera que aclarar, una y otra vez, que “nosotros no somos como ellos”.

Pero el Holocausto no se recuerda para repartir culpas contemporáneas según conveniencia ideológica. Se recuerda para entender hasta dónde puede llegar el odio cuando no se lo enfrenta a tiempo.

Y hoy ese odio tiene nombres, banderas, discursos y misiles apuntando a judíos.

Hablar de memoria sin hablar de responsabilidad es convertir el “Nunca Más” en una frase decorativa. Peor aún: usar el Holocausto para insinuar que el Estado judío -nacido precisamente como respuesta a ese genocidio- sería hoy un perpetrador equivalente, no solo es históricamente falso, sino moralmente obsceno.

Recordar no es suficiente. Hay que señalar, hay que denunciar y hay que defender. Todo lo demás es retórica cómoda.

Y cuando esa comodidad viene de alguien que debería entenderlo mejor que nadie, lo que queda no es ignorancia: es una elección.

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