Lafayette 1757-1834

SEGUIR
matías chlapowski
Introduzca el texto aquí

Un personaje realmente especial. Vivió en el sentido más justo y pleno, las dos grandes revoluciones de finales del siglo XVIII. La norteamericana y la francesa que han marcado hasta el día de hoy nuestras vidas y donde fue un actor importantísimo.

Gilbert de Montier, marqués de La Fayette nació en Auvernia (sur de Francia) en el seno de una noble y antigua familia. Su padre, un coronel de 27 años murió en combate (Batalla de Minden - contra fuerzas inglesas) cuando él tenía solo 2 años. Lo crió su muy capaz abuela, Madame de Chavaniac, ya que su madre volvió a su familia (de la Riviere) en Paris, adonde luego lo convocó a los 10 años para dirigir su entrada en sociedad.

Heredero de una modesta fortuna, bien administrada por su abuela, en el transcurso de su adolescencia fue beneficiado por varios suculentos legados, convirtiéndolo en un excepcional partido, cosa que no pasó inadvertida por Jean de Noailles, Duc d‘Ayen, perteneciente a una de las más grandes y poderosas familias de Francia. El Duque maniobró para que su segunda hija, Adrienne se casara con el joven marqués en lo que fue un matrimonio feliz.

Lafayette de muy pequeño demostró un gran deseo de protagonismo y aventura. Su ambición y coraje lucía no tener límites. Al principio parecía desmedida pero el joven fue ganando credibilidad gracias a su perseverancia y capacidad de conectarse bien y ser útil. La guerra de independencia de las 13 colonias americanas -rompiendo con Inglaterra- cautivó su imaginación. Su suegro arregló para que fuera a Londres y se diera cuenta en contra de quienes se iba enfrentar pero la experiencia no produjo los efectos deseados y el joven se enroló para partir hacia el nuevo mundo. Pretendía ser general, aún con su escasa experiencia.

A pesar de la gran simpatía que sentía Francia por la insurrección americana, Louis XVI no deseaba un conflicto con el Reino Unido. Prohibió la participación de nobles franceses en el conflicto y ordenó incautar varios barcos cargados con armas y suministros con los que pensaba viajar Lafayette.

Eso no impidió su partida. Compró un barco con fondos propios, contrató una tripulación, lo llenó de pertrechos y partió luego de sortear numerosos obstáculos y peligros. Llegó el 13 de Junio de 1777 a lo que serían los EE.UU.

Pronto consiguió ser nombrado general, aunque sin mando de tropa hasta más adelante. Conquistó al distante, seco y desconfiado Washington, que terminó brindándole un cariño paternal; una amistad especial que se refleja en la copiosa correspondencia entre ambos. Forjó amistad con Jefferson, Hamilton, Madison y otros. Volvió a Francia y no solo consiguió el perdón real si no que movilizó a la opinión pública en apoyo de la revolución norteamericana. Regresó en 1780 con un ejército profesional (había comenzado la guerra entre Francia y el Reino Unido). La presencia de la flota francesa y su ejército fueron determinantes en la clave batalla de Yorktown.

Pero los gastos relacionados con este conflicto desestabilizaron a la economía francesa, encendiendo la mecha de su cruel revolución. Quizás no se hubiera precipitado o evolucionado en la forma que lo hizo, de no haber ocurrido dos fenómenos climáticos. Una mini era de hielo (1770- 93) que afectó al régimen de lluvias. Y la situación se volvió más seria con la erupción de un volcán en Islandia (en 1783 y 1784) dado que durante 8 meses un manto de humo sulfuroso y ceniza cubrieron el cielo de Europa. El impacto de este doble flagelo se sintió sobre la sociedad y subrayó la desigualdad. La miseria y el hambre impulsaron el resentimiento y con ello la revuelta.

Lafayette volvió a Francia en 1787 en plena ebullición. Se involucró de inmediato en el torbellino político, incitando a abolir el absolutismo. Promovía una monarquía constitucional. Como miembro de la Asamblea Nacional, propició reformas liberales y aceptó ser el comandante de la Guardia Nacional de París (el menor de los cargos que estuvieron a su alcance). Los jacobinos lo detestaban (Desmoulins, Marat, Danton, Robespierre) y los monárquicos desconfiaban de sus motivos, la Reina en especial. Llegó el inevitable momento de dar la orden a sus tropas de disparar contra la turba cuando en una ocasión amenazaban la vida de la familia real. De allí en más, su popularidad con los elementos revolucionarios cayó en picada e hizo que dejase París y se uniera al ejército francés, en guerra con Prusia y Austria. Al enterarse de los desmanes que ocurrían, evitó su arresto cruzando las líneas, entregándose junto con varios oficiales, al ejército enemigo. Preso, pasó más de 5 años en horribles condiciones.

Fue liberado gracias a la intervención de Napoleón. Su mujer e hijas lo acompañaron (compartieron su duro cautiverio voluntariamente) sufriendo la misma suerte. Adrienne había fletado a su hijo a EE.UU. donde se hospedó con los Washington. De haber permanecido en Francia, hubieran sido guillotinados. Las condiciones del cautiverio de los Lafayette fueron una cruel venganza de los austríacos. Los pedidos de George Washington por su liberación caían en oídos sordos. La salud de su mujer nunca se repuso del rigor y la insalubridad de la prisión en Olmutz.

Vuelto a París, a pesar de que Napoleón lo sacó del cautiverio, Lafayette criticó su comportamiento absolutista. Sus relaciones se cortaron para siempre.

En 1814, vuelven los Borbones, Lafayette es electo diputado y sigue propiciando causas liberales hasta el fin de sus días. Invitado en 1824 por el presidente Monroe, hace un viaje de 18 meses por EE.UU. observando el gran progreso de esa nación, en cuyo origen tuvo tanto que ver. Durante la revolución de 1830, rehusó la propuesta de ser aclamado dictador de Francia.

No olvidemos a este héroe de dos mundos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar