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La hemiplejia política

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En La rebelión de las masas José Ortega y Gasset definía como “hemiplejia moral” el sesgo ideológico que conlleva mirar la realidad desde determinada posición política. Crítico con la izquierda y con la derecha, el filósofo español no podía comprender cómo el ser humano puede estrechar su capacidad de entender e interpretar el mundo poniéndose voluntariamente anteojeras que limitan su capacidad de análisis. Las recientes elecciones en Francia nos muestran cómo nos hemos acostumbrado a algunos sesgos ideológicos especialmente peligrosos, en particular el de escandalizarse con la “extrema derecha” y edulcorar a la “extrema izquierda”.

En buena media comparto las críticas que suelen hacerse a la llamada “nueva derecha” o “extrema derecha” por su brutal distancia de lo que solía ser la “derecha liberal” o, aún más, con una posición liberal clásica. El desprecio por la libertad política, por la libertad de expresión, por las formas de la democracia, la xenofobia rampante y el nacionalismo económico son algunos de los rasgos que muestran que entre esta derecha y el liberalismo media un abismo insalvable. En términos prácticos, un liberal clásico podía adherir sin dejar prendas del apero en el camino a Ronald Reagan, pero no puede hacer lo mismo con Donald Trump. Basta observar las posiciones de Reagan respecto a la inmigración, la democracia y la economía para entender el punto.

En otras palabras, me sumo sin problema a las críticas habituales a la “derecha extrema”. Sin embargo, quienes critican esta posición adolecen de dos problemas graves: llaman “extrema derecha” a todo lo que no les gusta y no son capaces de ver los peligros igualmente graves de la “extrema izquierda”. De nuevo, en términos prácticos, a gobernantes recientes y cercanos como Mauricio Macri o Sebastián Piñera se los acusó de ser representantes de esa “derecha extrema” cuando claramente no lo eran. Con sus luces y sombras fueron gobernantes que respetaron cabalmente la democracia, sin ínfulas refundacionales, ánimos persecutorios ni actitudes contra la libertad de prensa. A la izquierda a veces le ocurre lo del lobo feroz, de tanto gritar extrema derecha contra todo lo que no les gusta, cuando realmente aparece un candidato o un presidente que realmente es de extrema derecha, la acusación ya nace desgastada y desacreditada.

El otro problema es no reconocer que existe una “extrema izquierda” igualmente peligrosa a la “extrema derecha”. En términos prácticos y actuales, comparto que Marine Le Pen es un peligro para Francia, pero Jean-Luc Mélenchon es un peligro igualmente grave. Sus ideas económicas pueden hacer implosionar a Francia, en particular sus posiciones populistas respecto al sistema de seguridad social y al aumento de salarios; su insistencia en sacar a Francia de la OTAN en este momento demuestra su desprecio por la lucha democrática que libra Occidente y sus expresiones abiertamente antisemitas son simplemente repugnantes.

Celebrar que Francia se salvó de la “extrema derecha” para caer en manos de la “extrema izquierda” es como celebrar que no nos pisó un auto mientras nos está pisando otro. En cualquier caso, sería deseable que la mayoría de la prensa y los analistas dejaran de tener el incomprensible sesgo que tienen para advertir el enorme peligro que también entraña la “extrema izquierda”.

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