Luciano Alvarez
Era un seco verano de 1943, Franziska Jagerstatter, una campesina austríaca de 29 años, recibe correspondencia de los capellanes de las cárceles de Brandeburgo y Berlin-Tegel, que le comunican que a las 16 horas del 9 de agosto, su esposo fue decapitado en cumplimiento de una sentencia dictada por un tribunal del Reich.
El 5 de septiembre, Franziska responde agradeciendo las palabras de compasión hacia ella y especialmente por la atención religiosa recibida por su marido en sus últimos momentos: "Sufro mucho, era un buen marido y un buen padre de mis hijas. Le puedo asegurar que nuestro matrimonio era de lo más feliz y la envidia de toda nuestra parroquia, pero el buen Dios ha dispuesto otra cosa…".
Cuatro días más tarde recibió la comunicación oficial de la sentencia: "El tribunal de guerra ha juzgado a Franz Jagerstatter, nacido el 20.5.1907, de la compañía motorizada nº 17 y propietario de una granja de 4,5 hás., por resistencia a la leva. (...) Arrestado, el 2 de marzo de 1943, declaró (...) que de combatir por el estado nacionalsocialista habría ido contra su conciencia religiosa; (...) que sobre la base de "ama al prójimo como a ti mismo", (...) era imposible ser nacionalsocialista y católico, al mismo tiempo. (...) Por lo tanto se le condena a muerte y a la pérdida de la dignidad militar y sus derechos civiles."
La radicalidad evangélica de Franz era la causa de ese desenlace. Cuando tomó su decisión todos trataron de disuadirlo: sus amigos, el párroco, Franziska, su suegro y especialmente su madre, Rosalie.
Él les respondía: ¿De qué le sirve al hombre haber recibido de Dios inteligencia y libre albedrío si, como se pretende, no le corresponde a él discernir si esta guerra provocada por Alemania es justa o injusta? ¿Hay algo peor que tener que asesinar y despojar de todo a hombres que defienden su patria, sólo para ayudar a que un poder anticristiano triunfe para establecer un imperio sin Dios?"
Al principio, Franziska le rogó que no pusiera en riesgo su vida y la felicidad de su familia. Para eso también Franz tuvo respuesta: "Intentan siempre doblegar mi resolución por el hecho de ser casado y de tener hijos. Sin embargo, el hecho de tener esposa e hijos, ¿convierte en buena una mala acción? O también, ¿acaso una acción se convierte en buena o en mala simplemente porque miles de católicos la realizan?"
Entonces, Franziska comprendió la soledad moral de Franz: "Cuando todos le acosábamos, cuando todos discutíamos con él, me di cuenta que si no lo apoyaba, no lo haría nadie, entonces me callé".
Ya en la cárcel le escribe: "Queridísimo esposo: que sea la voluntad de Dios, incluso si hace mucho daño".
Luego, en cada carta se preocupa por su ánimo: "¿Cómo te sientes espiritualmente? ¿Mantienes la serenidad?"
Ahora, Franziska cargaba con las consecuencias de aquella heroicidad.
Entre las primeras, mantener a sus tres niñas haciéndose cargo de los duros trabajos rurales. Su padre Lorenz Schwaninger, apenas le puede ayudar un poco, pero es ella la que debe cosechar, preparar las herramientas, cortar a mano la hierba, manejar el arado y los animales de tiro.
Las autoridades le hacen saber constantemente que es la viuda de un ejecutado que ha perdido todos sus derechos y no merece ayuda alguna.
También tendrá que afrontar el rencor de su suegra. Rosalie Jagerstatter la acusa de haber apoyado las ideas de su hijo y de no haber hecho lo suficiente para impedir su decisión.
Estando aún en la cárcel Franz le había escrito: "No te enojes con mamá, aunque ella no te comprenda".
Habían pasado los días en que los campesinos de la región se oponían a los nazis.
Ellos también cayeron en las trampas del patriotismo, varios de sus hijos habían muerto con el uniforme alemán y ahora miraban con rencor el testimonio de los Jagerstatter. "Era terrible, ver como aquellos vecinos que antes me querían se habían vuelto hostiles. De todas maneras no puedo creer que aquella gente fuese realmente mala".
El fin de la guerra apenas fue un alivio para Franziska. Ciertamente fue reconfortante aquel día de 1946 cuando dos monjas llegaron hasta Sank Redegund con las cenizas de Franz, que habían logrado rescatar de una tumba sin nombre.
El 9 de agosto de 1946 los restos fueron sepultados junto a la iglesia del pueblo.
Franziska comenzó las gestiones para obtener la pensión que le correspondía como viuda de guerra y durante años arrastró inútilmente su dolorosa historia por las oficinas del estado austriaco. Escribe:
"Ya no quiero insistir porque me resulta penoso encontrarme frente a un funcionario y verme obligada a repetir, con precisión, cada palabra y cada acción de mi marido; estas personas no tienen la más remota idea de cómo sangra mi corazón cada vez que esto sucede".
El 10 de agosto de 1948, el Estado austriaco se pronuncia, negativamente y así lo justifica:
"Son considerados víctimas de la lucha por un Austria libre y democrática, (…) aquellos que se batieron con las armas en la mano (…) contra los objetivos y las ideas del nacionalsocialismo. (…) De las actuaciones se deriva que su marido era enemigo del nacionalsocialismo (…) pero su decisión no era debida a la voluntad de oponerse a Hitler por un Austria libre, sino por sus convicciones religiosas".
Entre otras barbaridades, se olvidaba que el de Jagerstatter, había sido el único voto del pueblo contra la anexión de Austria al Reich, sin contar la numerosa correspondencia que avalaba su trayectoria democrática.
Así siguieron las cosas hasta que un día de 1962 apareció por el pueblo Gordon Zahn, un investigador estadounidense que acababa de publicar un libro sobre "Los católicos alemanes y la guerra de Hitler". Zahn, que era católico, pacifista y defensor de la objeción de conciencia, había descubierto la historia de Franz. Dos años más tarde publicó "El testigo solitario, vida y muerte de Franz Jagerstatter".
Los esfuerzos vindicadores de Zahn llegaron hasta el Concilio Vaticano II, cuando el arzobispo Thomas Roberts SJ, se refirió a Jagerstatter como un ejemplo a seguir. Las tesis emergentes sobre la objeción de conciencia fueron recogidas en la constitución pastoral "Gaudium et Spes" (7 de diciembre de 1965).
A partir de 1975, el movimiento pacifista Pax Christi comenzó a realizar peregrinaciones y actividades en Sank Redegund.
El 26 de octubre de 2007 la Iglesia Católica beatificó a Franz. Participaron 5.000 personas, incluyendo veintisiete obispos y cardenales. En la primera fila estaban Franziska, con 94 años -vestida con un trajecito y sombrero rojo que usaría en todas las ocasiones- y sus tres hijas. Sólo faltaba Gordon Zahn, enfermo de Alzheimer (murió el 9 de diciembre de ese año).
Los honores para Franziska fueron extensos, pero la culminación llegó con la procesión en su pueblo.
Las tres hijas viajaban en un carro tirado por caballos, pero Franziska lo hizo sentada en el sidecar de una moto como la de Franz, riendo como aquel día en que se fueron de luna de miel.