La cara oculta del "costo país"

JOAQUÍN SECCO GARCÍA

Tenemos la nafta más cara del mundo y recoger la basura en Montevideo, cuesta el doble que en Buenos Aires o Santiago. Dos muestras de costos innecesarios que reducen oportunidades de crecimiento. Lo usual es que los servicios públicos, no sean eficaces ni operen a costos competitivos. Algunas agencias son eficaces, pero rara vez también eficientes. La lógica implícita es alcanzar resultados aumentando gastos. Los salarios del sector público no se corresponden con la productividad, son el doble de los que percibe el sector privado y se trabaja la mitad. La gestión de los servicios del gobierno central e intendencias es guiada por estos parámetros y en conjunto, representan más de la tercera parte de la actividad productiva del país. Estos costos se trasmiten e imponen severos obs-táculos a quienes deben competir en el mundo.

La cuestión de la logística es paradigmática. Basta expresar un indicador que recientemente fue publicado por el Banco Mundial: un flete por camión de 250 km cuesta US$ 600 en Uruguay, US$ 447 en Argentina y US$ 279 en Brasil. Esto es especialmente grave para un país cuya principal riqueza exportable tiene como característica la de ser de bajo valor por unidad de volumen, de manera que el costo de transporte representa el principal costo de producción. Como muestra, el transporte de la madera para celulosa cuesta cerca de la mitad del valor de la madera en fábrica. Se impone una injusta exclusión hacia los territorios más alejados de los puertos, desalentando la inversión, y empobreciendo las regiones.

La explicación no es financiera. Los aumentos de producción y de cargas transportadas, durante los últimos años representan un excelente negocio para el Estado. Se cobran impuestos, tasas y cargas sociales que nunca retornan para mejorar el funcionamiento de los sectores más competitivos de la economía. Por el contrario, se persiguen nuevas cargas sobre la producción.

Muchachos uruguayos, sin experiencia, van a trabajar a los tambos en Nueva Zelanda, donde perciben el salario mínimo que asciende a US$ 2.000 mensuales. En Uruguay, los tamberos menos calificados, ganan seis veces menos. Una proporción parecida ocurre con la renta de las tierras lecheras. Todo esto, produciendo el mismo producto, sin subsidios, el cual se exporta a los mercados mundiales al mismo precio. Nueva Zelanda con un territorio y población parecidos, produce diez veces más leche que nosotros. Aquí se cierran 400 tambos por año. Una inmensa bomba de succión de valor debilita la remuneración que perciben los dos principales factores nacionales inamovibles: los trabajadores y la tierra. El llamado costo país se podría trazar desde la basura de la ciudad, pasando por el precio de la nafta, los costos logísticos o las deficiencias de la educación, la salud o la seguridad.

El modelo remunera generosamente procesos ineficientes. Como resultado, habrá trigos, maíces o árboles que no se plantarán lejos de los puertos. Habrá tambos que nunca abrirán sus puertas, barracas, carpinterías o bares de los pueblos que no tendrán clientes. Todo junto contribuye al mantenimiento de una centenaria exclusión territorial. En cambio seguiremos con la tercera parte de la población activa con empleos de mala calidad y 800 mil personas con subsidio permanente del Mides. Todavía lejos del país de primera.

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