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El antisemitismo

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Las noticias que nos llegan desde Medio Oriente no pueden ser más descorazonadoras. La absurda incursión de Hamás con su secuela de destrucción, muertes y heridos será probablemente seguida por otra encabezada por Israel, el sexto ejército más fuerte del mundo, con el válido pretexto de la destrucción total de Hamás, la guerrilla terrorista. Pese a la diferencia abrumadora en términos bélicos, la estrategia de Israel parece acompasarse como respuesta al inesperado ataque del que fue objeto.

Según sus promotores no se trata de hacer desaparecer al pueblo palestino, sino a Hamás y sus excrecencias armadas, por más que sobre el terreno no será sencillo distinguir un colectivo del otro. Visto desde el ahora como una fatalidad imparable todo parece conducir a una muy próxima carnicería, -Israel mantiene aislada una estrecha franja de tierra donde se concentran los palestinos en condiciones inhumanas de supervivencia. Con un desenlace que culminará en una apoteosis de sangre y odio recíproco, distanciando aún más a las fuerzas enfrentadas, que, salvo en emergencias como esta, lo viven como una fatalidad teratológica.

La solución alternativa, aun considerando sus enormes dificultades materiales y emocionales, sigue siendo la creación de dos estados, independientes, tolerantes y cooperantes, como pretendieron las Naciones Unidas en 1948. Ese desenlace requeriría un ejercicio de racionalidad y de manejo emocional que no tuvieron los árabes cuando la creación de Israel y que ahora, varias guerras después, no parece abundar en ninguno de ambos contendientes.

Ni entre los palestinos, carentes de otros proyectos materiales viables, que no sean los encaminados a la destrucción del Estado de Israel, sin otras consignas que el asesinato de sus vecinos, ni, salvo excepciones muy menores, en la propia religiosidad judía, progresivamente más ensimismada y más aislada del mundo, cuando debería presentarse como la gran fuerza espiritual capaz de guiar el conflicto por diferentes caminos que los actuales.

No es aquí nuestro propósito ahondar en este conflicto, con dificultades de implementación desde su mismo comienzo. Los mejores intelectuales del mundo y distintos poderes políticos, tanto de un lado como de otro, procuraron trascenderlo proponiendo las más imaginativas de las formas nacionales, sin conseguir el menor de los éxitos. Nada supera el odio entre ambas colectividades.

Aun cuando, así como no es posible superarlo tampoco es posible olvidar a aquellos primeros pioneros judíos, hijos de la Shoá, que procuraban transformar el desierto en un vergel agrícola, para en su seno declarar el socialismo o alguna solución colectiva, que alcanzara ambos pueblos. Hoy la utopía se ha cerrado, el conflicto se ha naturalizado y salvo algunos movimientos entre algunos países árabes que parecían abrir una pequeña cuota de esperanza, todo ha vuelto a fojas cero. Particularmente del lado palestino donde el sufrimiento cotidiano de su población, creciente con los años, parece un dato inamovible que cada vez preocupa menos. De cualquier modo, la actual invasión rompió con este tímido pronóstico quizás como una forma digitada por los árabes de impedir sus efectos. Tal como si el planeta mantuviera una zona de enfermedad bélica que paralizara todo esfuerzo por bloquearla desde el punto de vista político o militar.

Mucho podría agregarse sobre lo que, día a día sucede en esa minúscula zona del planeta. Pero lo que me interesa es señalar otra dimensión de este múltiple conflicto. Me refiero al antisemitismo que en su expresión más elemental, pero más abundante, sigue reiterando que todo es culpa de los judíos, un pueblo, denuncia, guiado por impulsos raciales, culturales y políticos elementales que lo inducen a una estrategia de choque constante con el mundo árabe. Todo se debe -enseñan- a que Israel es un estado judío, una condición opuesta a la del resto de la humanidad.

Resulta muy difícil pensar como puede desatarse este paquete de prejuicios tejido desde el comienzo de la civilización. Quizás Israel, en un contexto más preparado y menos hostil, junto a un estado palestino con la colaboración de sus vecinos árabes, pudo ser la solución, hoy tememos que ya no lo sea. Mucha agua ha pasado bajo los puentes. Poco a poco, sin estridencias, regresan los impulsores del flagelo. Todos los vimos caminando festivos por nuestra principal avenida. Y no se trata de que unos cuantos imberbes no puedan agruparse para corear sus consignas. El problema consiste en el modo que lo hicieron, como si la única solución radicara en la apelación a la muerte.

Veintitrés siglos de sevicias muy anteriores a la existencia del pueblo palestino, ochenta generaciones de perseguidores dependiendo del lugar, la época o la coyuntura. La sorda capacidad de un grupo humano inerme para negarse a inclinarse frente a dioses y culturas extranjeras. La resistencia pacífica, jamás abandonada, por mantener su identidad. Y no para imponer nada -no hay noticias de ningún levantamiento judío durante su diáspora- sino por no ceder ante la violencia desatada. Hoy asistimos, por enésima vez al antisemitismo de aquellos que confunden la defensa de los legítimos derechos de los palestinos, con la denigración de los judíos. Un ejercicio que no solo practican los musulmanes, aunque entre ellos el integrismo, el nacionalismo premoderno y el culto a la muerte, las más de las veces en erráticas interpretaciones de sus textos sagrados, sea la regla. Hablamos de los laicos que se reclaman hijos de la Ilustración y la Revolución, pero terminan apoyando que todos los medios son buenos para sus fines. Aunque impliquen desconocer la dignidad del ser humano.

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