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Capital humano

RICARDO REILLY SALAVERRI

Difícilmente al hablar de capital humano no se encuentren algunas referencia al Japón. 120 millones de personas, asentadas en un territorio que es el doble del uruguayo, en el que el 70% de la extensión es piedra y en un lugar conmovido en oportunidades por terremotos y otras catástrofes, ver a un pueblo que logra estar en la avanzada de la ciencia y la tecnología y de la organización social, no suena como poca cosa.

A ello no está demás agregar que durante la Segunda Guerra, los ataques llevados adelante por Estados Unidos, a una nación situada en tan poca propicia circunstancia económica, le destrozaron su infraestructura material fundamental, sin olvidar lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki.

La evocación viene a cuento porque hay un aspecto de la vida que los latinos solemos desconsiderar. Hace a la importancia de la educación y de los inventos. Es fácil advertir que cuando un grupo social, políticamente organizado adquiere históricamente destaque en el planeta, una parte esencial de sus logros se vincula con la educación y el trabajo.

Y, en la materia, desde el siglo XIX en adelante se puede advertir que los pueblos anglosajones, especialmente, han mantenido un lugar de especial peso y destaque, entre otras cosas, por su capacidad inventiva.

Del Reino Unido, lo que traemos a colación cuando se plantea dialécticamente el tema, por lo obvio, han surgido los deportes que hoy nos conmueven, en las tribunas o en el sillón de casa por la televisión. Hablamos del fútbol, el rugby, el tenis, el golf, etc.

En otro orden en 1851 en el Crystal Palace en Londres, siendo Gran Bretaña la primera potencia del mundo, Estados Unidos era la segunda potencia mundial y se aproximaban vigorosamente a desplazar a la rubia Albión de su registro. En aquel tiempo y lugar, la maravilla de una exhibición industrial, la constituyeron los productos "made in USA", cuya particularidad consistía en el hecho de estar construidos con partes intercambiables. Lo que era totalmente novedoso.

Los hombres de negocios ingleses investigaron las razones que explicaban la capacidad creadora norteamericana y advirtieron que ésta, se edificaba a partir de una fuerza de trabajo altamente educada. Los parámetros de aquellos tiempos se ubicaban en el alfabetismo. La población norteamericana registraba índices superiores a los ingleses.

El salto en la escala de desarrollo universal de los asiáticos más notorios en buena medida se explica por las bondades de su educación, a lo que se agregan otros elementos, que hacen a la laboriosidad, austeridad y disciplina de los pueblos de ese lugar del mundo, formados en una cultura milenaria, distinta de la occidental.

Cuando revolviendo recortes de prensa reencontré algunos trabajos sobre capital humano, no pude menos que mirar a nuestro ambiente nacional. Buena parte de las nuevas generaciones nacionales viene emigrando. Posiblemente su educación y la pertenencia a un pueblo con baja permanente de la mortalidad infantil y creciente expectativa de vida al nacer, hagan de nuestros compatriotas que se van un capital humano codiciable.

Mientras nos envejecemos dentro de fronteras, la sangría que padecemos signa sombríamente el futuro nacional. Es la expresión de uno de los problemas peores que los uruguayos padecemos, tantas veces envueltos en una politiquería menor, enraizada en eslóganes ideológicos, que nos impiden contemplar la realidad y ver el horizonte más relevante.

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