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Algo pasó en el Uruguay

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Se aproximan las elecciones. Eso tiene varios efectos, unos positivos, otros no tanto. Uno de esos efectos es que la actividad política tiende a enroscarse sobre sí misma. El personal político se acalora y se habla entre sí y sobre ellos mismos. Hay que tener cuidado con estos encierros en los cuales el mundo político se intoxica de sí mismo. Es una lástima porque la preparación para las elecciones que vienen debería constituirse en un impulso para salir de la burbuja y mirar con atención al Uruguay. Mirada necesaria, porque han pasado cosas acá; desde las elecciones pasadas en adelante ciertas arraigadas y casi consuetudinarias expectativas nacionales se han desplazado. Veamos.

La elección pasada no fue solo un cambio de signo político. La rotación de los partidos en el gobierno no es novedad, es lo propio de la democracia. Pasó otra cosa. A la luz de los meses que siguieron se pudo leer bien aquel resultado electoral, se pudo percibir en él algo así como el primer episodio de una toma de distancia respecto al sello bajo el cual se constituyó el Uruguay moderno. Ese sello -que solo por brevedad llamaré batllismo- tuvo mucho de bueno, duró añares, según Filgueira tuvo una prolongada despedida y terminó produciendo lo que, con dolorosa agudeza, Methol Ferré denominó “un país de comensales”.

Cuando este gobierno actual se instala, a la semana siguiente sobreviene una amenaza gigantesca, inesperada y desconocida: el Covid. A partir de ese momento de zozobra el Uruguay percibe que dos voces le hablan, lo interpelan, desde dos lados distintos y opuestos. El gobierno dice: libertad responsable, no se van a apagar los motores de la economía, habrá asistencia para los más desvalidos pero la vida sigue y está en manos de ustedes. La oposición dice: cuarentena obligatoria, todos encerrados, el estado se hará cargo. Y en esa circunstancia, que bien mirada era propicia para que el Uruguay reaccionara según sus inclinaciones más arraigadas de aversión a la intemperie y de reclamo, la respuesta mayoritaria fue en la línea de la libertad responsable. Y el presidente recibió una aprobación por arriba del setenta y pico por ciento.

Poco tiempo después sucede lo mismo con la LUC, propuesta arriesgadísima por su extensión y novedad. En ese momento vuelven a resonar dos voces, dos llamados, uno consuetudinario y otro nuevo. Una mayoría de uruguayos responde afirmativamente a la LUC y el llamado viejo es derrotado otra vez.

Meses después, no es que suceda sino que el presidente lo pone sobre la mesa: la reforma del sistema jubilatorio, territorio típico para un eventual despliegue de la antigua expectativa. Y otra vez la respuesta correspondiente al Uruguay “de siempre” resulta minoría y un porcentaje mayor de uruguayos en este Uruguay de hoy entiende, apoya y dice: vamos para adelante.

En estas elecciones que vienen va a haber mucho barullo, mucho veneno y mucha hojarasca. Pero en el fondo va a haber solo dos discursos, solo dos invitaciones. Solo dos. Los candidatos -según como cada uno vea la realidad- van a dirigir su discurso a un Uruguay o al otro, van a buscar en un territorio o en el otro sus apoyos. Ud. votante ¿a quién le va a dar su voto? ¿A cuál Uruguay? Las cartas están a la vista.

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