ENTREVISTA

Nelson Castro: “Argentina no tiene futuro”

El autor del bestseller “La salud de los Papas” y analista político dijo que en Argentina la corrupción existe entre empresarios y sindicalistas y no solo entre políticos. Existe un problema moral.

Nelson Castro. Foto: Alejandra López.
Nelson Castro: Foto: Alejandra López

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La deontología periodística no debería ser el tema de conversación de casi ninguna entrevista. Pero cuando Nelson Castro (San Martín, Provincia de Buenos Aires, 1955) habla del ejercicio de su profesión, del valor de la verdad, de la ética y del rigor profesional, también está revelando su naturaleza, la misma que lo ha convertido en uno de los periodistas políticos más prestigiosos en la historia de Argentina.

Concertista de guitarra, pianista, neurólogo y miembro de la Academia Nacional de Periodismo, el doctor Castro personifica los ideales del mérito, de la superación y de la movilidad social, aquellos que las socialdemocracias europeas reivindicaban y que un sector de la izquierda latinoamericana demoniza.

Buena parte de los estudios que cursó, de los premios que ganó, de las columnas que publica en Perfil, de los editoriales que realiza en el canal Todo Noticias, de las coberturas internacionales que ha protagonizado y de los libros que ha escrito sirven para entender la madera de la que está hecho.

Pero en el hijo de Elsa Fanjul y de Nelson Manuel Castro hay una dimensión que atraviesa la pantalla y que rara vez figura en la frialdad de los méritos, y es la de la calidez, la transparencia, la cercanía, la honestidad intelectual, el coraje y la intransigencia moral que hacen de Nelson el hombre que es. El mismo que, durante más de una hora y cuarto, habló en exclusiva con El País acerca de su carrera, de su vida, de su último y exitosísimo libro, de la pandemia y de algunas de las recurrentes patologías que destila la siempre magnética política argentina.

-¿De qué manera el periodismo tradicional estadounidense afectó su concepción de la práctica profesional?

-Muchísimo. Los dos años y medio que pasé en Estados Unidos me cambiaron la vida personal y la profesional. El máster de periodismo político que hice fue una bisagra, porque trabajé con gente que tenía principios muy sólidos en cuanto a la independencia, a la búsqueda del rigor y a la ética que hacen a la profesión. Y eso lo vi como algo aplicado cotidianamente. Yo fui interno de la NBC y de la radio pública nacional, realicé una breve pasantía en el Washington Post y trabajé en una pequeña radio de Minnesota. Y recuerdo que, el día en que llegué a la NPR, me asignaron a un programa muy importante donde el editorialista, en plena radio pública, estaba hablando del presidente Reagan, quien ese día había recibido documentos fundamentales relacionados con el Irangate. Y dijo: “Miren qué cosa importante. ¡Al menos el presidente lee!” (risas). El impacto fue impresionante, y me ayudó como guía para manejarme en mi relación con el poder.

-Respecto a sus días como periodista deportivo, ¿extraña algo?

-Mirá, lo que yo viví fue muy lindo, y he conocido toda América Latina gracias al periodismo deportivo. Pero aparte me ayudó a desarrollar el oficio, porque el fútbol tiene un valor sociológico y político extraordinario.

-Imagino que desde el punto de vista espiritual debe ser mucho más enriquecedor interpretar un tema de Gershwin en el piano que hacer un editorial sobre Cristina Kirchner. ¿Cómo vive usted esa dualidad?

-Efectivamente. Son dos cosas distintas, pero yo le agradezco a la vida -y a mis padres, que me guiaron para estudiarla- por la música, un arte único que me da alegría espiritual y energía. Cerca de las doce y media, todos los días hago una pausa de una hora para estudiar el piano. Además, periódicamente tomo clases de dirección de orquesta. Es notable cómo, después de una mañana muy intensa, logro desconectarme y, cuando me reconecto, de repente digo “es por acá”, respecto a algo que no tenía claro. Así que la combinación entre placer espiritual, desconexión y terapia para volver a reconectarme con una energía renovada juega un rol clave.

-Acá aparecen su sensibilidad y su gusto personal, pero también la neurociencia, ¿verdad?

-Por supuesto. Yo tengo una vida muy ordenada, y para mí la música es tan importante como hacer actividad física cuando termina el día. Todo lo que da placer te genera liberación de endorfinas, que son una fuente de bienestar físico y psíquico. No es un mito. Y hay personas que en momentos complejos, gracias a los hobbies, se transforman y logran generar algo que les cambia su parecer y su ánimo, lo cual tiene un elemento neurofisiológico claro.

-Hablando de esas transformaciones, usted ha dicho que, cuando encontró a Bergoglio en Roma por primera vez, parecía otra persona. ¿Cómo se profundizó esa impresión a medida que avanzó el proceso del libro “La salud de los Papas”?

-Sí, se lo dije, y él me contestó: “Es el Espíritu Santo”. Bergoglio es un hombre que, en lo íntimo de su ser, tenía la esperanza de poder llegar al papado. Era un rol para el que se había preparado. Antes de empezar la última de las cinco entrevistas del libro, le pregunté si estaba preocupado, y me respondió: “No, yo de los problemas me ocupo”. Ha habido un cambio fenomenal, que hasta notás en el rostro, porque no existe una disociación entre lo que afirma y su aspecto. Yo me he encontrado con un hombre rozagante, jovial y energético. Y en Buenos Aires era un alma en pena que transmitía tristeza.

-¿Cómo lo definiría hoy, después del arduo trabajo que implicó el libro?

-Mirá: es un hombre muy culto, profundamente espiritual, convencido de su fe y, por lo tanto, convencido también de lo que hace, estés o no de acuerdo con él. Y lo que yo creo esencial es su vocación de ejercer el poder. Pero además tiene un contacto muy especial con la gente y una enorme perseverancia, lo cual le da una tozudez que hace muy difícil detenerlo en la consecución de sus objetivos, para los cuales se prepara detenidamente.

-Un jesuita, en una palabra. A través de su trabajo, sobre todo de sus editoriales y de sus entrevistas, usted ha vuelto a demostrar la importancia que, aun en un mundo relativista, sigue teniendo la verdad para el ser humano. Pero ¿por qué cree que Argentina tiene tantos problemas con la verdad?

-Es una pregunta muy interesante. La Argentina tiene ese problema porque no ha tenido liderazgos políticos acompañados por liderazgos morales, salvo en el caso de Alfonsín. Cuando vos te movés con la verdad, asegurás decencia y honestidad. La corrupción, en cambio, exige la mentira. Obviamente, el poder encandila a todos. Pero para limitar los excesos están los sistemas. Ahí tenés el ejemplo de Trump, quien se comportó como un dictadorzuelo pero tuvo que irse de la Casa Blanca. La posibilidad de tener liderazgos políticos que se manejen con la verdad y que vean en la política un acto de servicio está muy limitada en Argentina, donde en cada mandato hay presidentes que se creen salvadores de la patria. Es dramático, pero fracasan todos los gobiernos más allá de las ideologías: desde el kirchnerismo supuestamente progresista, con un comportamiento despótico fenomenal, hasta el macrismo, más respetuoso de los valores de la República y pro mercado, pero con resultados catastróficos. Si la Historia es la maestra de la vida, la dirigencia política ha sido una mala alumna, y ha llevado a la Argentina a una situación de postración.

-¿Por qué resulta tan honda la dificultad para hermanar la democracia republicana con cierto sentido de la justicia social?

-Porque la Argentina tiene un problema de dirigencias empresariales, y también tiene un problema moral. La corrupción existe entre los empresarios y entre los sindicalistas, no solo entre los políticos. Por lo tanto, el país no tiene futuro.

-¿En estas condiciones?

-Así es. La posibilidad que tenemos de revertir verdaderamente la pobreza hoy es inexistente.

-¿Siente que en estos tiempos de autoritarismo su carrera ha vuelto a tener la exposición que la gente añoraba, luego de lo que muchos interpretan como un intento de minimización de su figura por parte del ex jefe de gabinete de Macri, Marcos Peña?

-Para el ejercicio del periodismo hoy hay dos problemas muy serios: los autoritarismos y el hecho de que las audiencias buscan confirmarse, más que informarse. Y como yo siempre busqué la ecuanimidad, fui muy crítico del gobierno de Macri, con lo cual alguna gente seguramente no me quiso escuchar más, ¡y hasta me llegaron a gritar “vendido kirchnerista” (risas)! De manera que me ayudó mucho mostrar otra faceta a través del programa “El corresponsal”. Marcos Peña una vez se enojó conmigo y nunca más me habló, así que nada de esto me preocupa. Pero me consta que a él y a sus trolls les molestaba mi trabajo. Sin embargo, el problema no era que ellos no quisieran escucharme a mí: el problema es la realidad. Y la realidad es que el gobierno de Macri terminó siendo catastrófico en lo económico, y no solo por problemas heredados. Macri todavía no entendió que esas cosas no se mejoraban con periodistas que hablaran bien de su gobierno. De todas maneras, es incomparable con lo que fue el kirchnerismo, bajo el cual hasta me hicieron un “juicio popular”.

-A esos extremos llegó. Pero ¿por qué fracasó Macri?

-El país tiene el empresariado, los sindicatos y los dirigentes políticos que tiene, y Macri fracasó porque vino a gobernar un país que no existía. Y también porque creyó que por su sola presencia vendrían las inversiones, porque no tuvo timing y porque cometió errores garrafales, como la designación de Marcos Peña o de Nicolás Dujovne, que no podía ser ministro de Economía de ningún país serio en el mundo.

-¿En qué medida lo que usted señala como problemas de salud mental en Cristina Kirchner condicionan su visión del mundo y su política autoritaria, llamativamente menos pragmática que la que tenía su esposo?

-Condicionan su comportamiento en el poder. Lo que yo siempre cuento de Cristina es lo que me han dicho fuentes médicas, y por eso nada de lo que he afirmado ha sido desmentido. Cristina tiene un problema de personalidad importante, que lamentablemente es determinante en cuanto a cómo maneja sus relaciones personales y el poder. Por eso cuando expresa una diferencia con el presidente, lo deja pintado. Ella tiene un narcisismo enorme, rara vez la vas a ver sonriendo, y posee una condición despótica y una estructura de personalidad patológica.

-¿Esperaba que Alberto Fernández fuera, como más tarde usted mismo lo catalogaría, “un títere”?

-No, yo tenía otra expectativa, así que mi presunción fue equivocada.

-¿Y qué impresión le quedó del enfrentamiento entre Fernández y Lacalle Pou?

-Me pareció lamentable. Una cosa es una riña y otra una discusión, por difícil y compleja que sea, para la cual el Mercosur no ha tenido ni el liderazgo político ni la burocracia adecuados. Pero otra cosa son las peleas de barra brava. Eso es muy triste. A mí no me gustó ninguno de los dos pero, por el tono que utilizó, pienso que estuvo peor Alberto Fernández.

-Al doctor Castro, ¿le preocupa especialmente que el COVID-19 haya surgido en un régimen autoritario?

-Sí, porque quitó la posibilidad de atacar al virus rápidamente.

-¿Usted ya sabe quién es Nelson Castro?

-Sí. Soy lo que quise ser, y eso me deja muy tranquilo y feliz, Pablo.

-¿Y qué importancia ha tenido la educación que sus padres le dieron en una persona que cada colega de la Argentina coincide en señalar como esencialmente buena, honesta y sencilla?

-Mirá: mi papa era carpintero y mi mamá, ama de casa. A los dos les hubiera gustado ir al colegio secundario, pero no pudieron hacerlo porque vivían en hogares pobres, ¿sabés? Así que se preocuparon por darme una muy buena educación, me mandaron a un gran colegio y me enseñaron el valor de la honestidad y del trabajo. Y les fue bien, porque se incorporaron a una clase media que vivía con cierta comodidad. Pero además hicieron algo fundamental: confiaron en mí. Por todo eso, yo vivo en el mismo barrio hace sesenta años y nunca cambié como persona. La notoriedad te da cosas muy lindas, pero también te puede generar algo negativo, que es la tentación del privilegio.

“Muchos de los que vituperaban al Papa hoy lo santifican”

-¿A qué se debe el hecho de que en Argentina haya una visión tan binaria sobre el Papa?

-A que ha caído dentro de la grieta, lo cual es un problema fenomenal. Muchos de los que lo vituperaban lo santifican, y viceversa. Por lo tanto, la visión que hay sobre el Papa es mucho más política que religiosa. Ha habido actitudes suyas que han alimentado esto, lamentablemente. Pero vos lo dijiste: es una mirada binaria. De manera que la Argentina termina perdiendo una oportunidad con un hombre que podría haber representado muchas cosas, para generar otro tipo de diálogos, para ser un referente de la dirigencia en el camino del encuentro y de la admisión de errores, y hasta para que el país tuviera una mejor inserción en el mundo.

-¿Y qué conclusión sacó durante el proceso de investigación de “La salud de los Papas” -libro que nació gracias a una idea de Bergoglio- de la siempre tan sospechada muerte de Juan Pablo I?

-Investigamos muchísimo a cada uno de los Papas, pero Juan Pablo I en particular nos llevó nueve meses de trabajo. Y abarcamos todas las posturas con sus fundamentos. Incluso entrevistamos a Anthony Luciano Raimondi, el sicario que dice haberlo matado. Me pareció absolutamente inverosímil, pero lo consignamos (risas). Yo creo que murió de muerte natural, pero no hay forma de confirmarlo.

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