HISTÓRICO
Ketanji Brown Jackson fue abogada de oficio y tiene una frase célebre: “los presidentes no son reyes”.
Ketanji Brown Jackson, la jueza nominada porJoe Biden a la Corte Suprema de Estados Unidos, reconoce que su trayectoria es “ligeramente diferente” a la de sus colegas, y no solo por ser negra, sino porque durante un tiempo defendió como abogada a acusados sin recursos.
Si el Senado la confirma, esta jurista brillante de 51 años se convertirá en la primera magistrada afroestadounidense en la Corte Suprema, donde hasta ahora solo han ejercido dos hombres negros.
Pero también será una de las pocas en tener una experiencia profesional en el sistema penal.
La mayoría de los jueces de este nivel han destacado como fiscales pero ella defendió durante dos años a los acusados como abogada de oficio en Washington.
Y las consecuencias del sistema judicial las conoce de cerca: uno de sus tíos fue condenado a cadena perpetua en 1989 en virtud de una ley muy represiva que automáticamente imponía cadena perpetua tras tres delitos contra las leyes de estupefacientes.
Aunque no mantenía una relación estrecha con él, “esta experiencia familiar le hizo tomar conciencia del impacto de la ley en la vida de las personas”, contó al Washington Post un amigo suyo que pidió el anonimato.
Ketanji Brown Jackson tuvo una infancia muy estable en una familia de profesores en Florida. Su padre retomó sus estudios de derecho y se convirtió en abogado en una junta escolar, mientras que su madre ascendió al rango de directora.
Durante sus estudios de secundaria ganó concursos de elocuencia y más tarde estudió en la prestigiosa universidad de Harvard, en la que se graduó con notas excelentes.
Luego alternó las experiencias profesionales en el sector público y privado.
Trabajó como asistente del juez de la Corte Suprema Stephen Breyer, a quien ahora reemplazará. Y ejerció en bufetes de abogados pero también en la Comisión de Penas, una agencia independiente encargada de armonizar la política penal en Estados Unidos.
En 2013 el presidente demócrata Barack Obama la nombró jueza federal en Washington.
Está casada con un cirujano, con quien tiene dos hijas.
Durante ocho años tomó decenas de decisiones. Contradijo por ejemplo a Donald Trump, quien intentaba impedir que el Congreso convocara a uno de sus asesores, y escribió: “La principal enseñanza de 250 años de historia estadounidense es que los presidentes no son reyes”.
Biden la nombró miembro de la influyente Corte Federal de Apelaciones de Washington, considerada un trampolín para la Corte Suprema. En el Senado fue confirmada con el apoyo de todos los demócratas y de tres republicanos. A una pregunta de un senador juró que siempre dejaba de lado “sus opiniones personales y cualquier otra consideración inapropiada”, como su color de su piel, a la hora de examinar los casos judiciales. Pero “quizá tenga una experiencia de vida diferente de la de mis colegas”, reconoce. “Y espero que pueda ser interesante”.
La audiencia de confirmación de Jackson en el Senado se anticipa tormentosa. De hecho algunos ya han reaccionado negativamente. “La jueza Jackson era la opción preferida de los oscuros intereses financieros de la extrema izquierda”, criticó el líder de la bancada republicana en el Senado, Mitch McConnell.
En 232 años la Corte Suprema de Estados Unidos solo ha tenido dos jueces negros, uno de los cuales, Clarence Thomas, fue designado por George Bush padre y todavía ejerce el cargo.