El grito apagado de la miseria y desesperanza

Argentina. Chicos y mayores al borde del abismo y marcados por la injusticia social

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BUENOS AIRES | LA NACION / GDA

Cuatro de cada 10 argentinos viven en casas precarias. En Buenos Aires y el conurbano hay 819 villas miseria con, por lo menos, 1.200.000 habitantes. Según mediciones privadas, de universidades y de redes sociales, hay alrededor de 14 millones de pobres (3.754.000 para el Indec, el instituto oficial de estadística) y, de ellos, 4,5 millones son indigentes (1.088.000 para el mismo organismo). Este es un resumen del informe de La Nación.

-Negro, ¿cómo es que se hacía la jota?

-Es la del gancho, Negrita. ¿Te acordás?

-Claro, el gancho... después viene la O... la O es más fácil...

Dicen por ahí, en los pliegues más profundos de Mataderos, que Mónica Carranza, la Negrita fundadora de Los Carasucias, es una santa. La santa de los pobres. De chicos pobres, de madres pobres, de hombres pobres que piden en voz baja un plato de comida, y de viejos pobres que ya ni hablan; sólo van, la miran con los pocos brillos que todavía iluminan sus ojos y esperan. Esperan su turno. Su mantel limpio. Su comida caliente y la mueca piadosa de la Negrita. Los viejos pobres están curtidos en eso de acumular años de paciencia. La paciencia es el grito apagado de la miseria.

Pero Mónica Carranza no es la única. Hay muchos más, como ella, en otros lugares. Hay casi 2000 centros comunitarios (comedores y hogares manejados por voluntarios formados por la Red Solidaria) en esta Argentina que no se entiende ni se explica.

Esos chicos, esas madres, esos hombres, esos viejos, no son los únicos que todos los días golpean a la puerta de la casa de la Negrita y a las de los hogares de la fundación Los Carasucias. Hay millones como ellos que golpean otras puertas por un plato de comida, un colchón, un remedio, unas zapatillas, un techo para pasar la noche, una palabra de aliento.

Mónica Carranza es analfabeta. Sólo ella, y el Negro, el Beto, su marido, saben lo que les está costando escribir la dedicatoria de un libro, su libro, que terminará en las manos de este cronista. Premiada varias veces y distinguida como Mujer del Año en 1998, la Negrita es hija de la miseria. Pero gracias a ella, a la maravillosa magia del amor, más de 10.000 personas -unas 2.500 familias- hoy tienen su plato de comida, atención psicológica, educación, y más de 1.500 niños desnutridos, enfermos de sida y de tuberculosis cuentan con seguimiento médico, refuerzos alimentarios y las caricias de la Negrita y su gente.

La fuerte migración interna durante los gobiernos peronistas de la época permitió la expansión de las villas en la ciudad y la formación de barrios obreros en paralelo a los asentamientos, circunstancia que terminó por enhebrar una relación armoniosa entre unos y otros. Fue el caso del barrio Los Perales y la cada vez más creciente villa General Belgrano (Ciudad Oculta), separados por Avenida del Trabajo, hoy Eva Perón, que divide los barrios de Mataderos y Villa Lugano.

Donde ahora se levanta Los Perales había un asentamiento llamado Ciudad Perdida. Ese predio estaba rodeado de otras villas a un lado y otro de Avenida del Trabajo: Ciudad Perdida, en Mataderos; Villa General Belgrano y Villa Pirelli, en Lugano. "El origen de la población de Los Perales fue heterogéneo -cuenta Mariano García, integrante del Programa de Participación Juvenil del Ministerio de Justicia de la Nación-, y las tensiones más fuertes no se dieron entre los habitantes de los nuevos barrios obreros y sus vecinos de las villas, sino entre aquéllos y la población de clase media porteña. Fue acerca de Los Perales que surgió la leyenda urbana según la cual los nuevos propietarios hacían asado con el parquet de los pisos de las casas."

La fraternal convivencia entre los vecinos de Los Perales y las villas vecinas produjo un hecho no menor, como el de compartir la escuela pública construida, Escuela Justicialista, hasta que el golpe de Estado de 1955 terminó con todo vestigio de peronismo.

Horacio Benevéntano, nacido en 1937 en Ciudad Oculta, recuerda: "El almirante Rojas decía que el barrio era un nido de ratas peronistas". Como era de suponer, la Escuela Justicialista fue rebautizada con el nombre de Roma (extrañamente, aún lo mantiene), y en los años posteriores las familias de Los Perales prefirieron enviar sus hijos a colegios privados de la zona, quedando la escuela Roma para los chicos de Ciudad Oculta. De aquella vieja fraternidad entre los vecinos ya casi no quedan vestigios. La convivencia comenzó a desintegrarse entre mediados de los 90 y los primeros tiempos de la década actual, cuando el paco irrumpió en la vida de miles de villeros. En la Oculta, y en todas las villas del país.

La antropóloga María Cristina Cravino recuerda que el nombre Ciudad Oculta proviene del Mundial de Fútbol de 1978, cuando la dictadura hizo levantar un paredón para ocultarla de ojos visitantes. "El barrio nació en 1937, poblado por obreros del Mercado de Hacienda, los ferrocarriles y el Frigorífico de la Torre. El 60% era argentino y el resto, paraguayo y boliviano".

En los últimos veinte años, la Oculta no dejó de crecer, y aunque ha mejorado su infraestructura, sus habitantes viven una situación de hacinamiento, inseguridad y pobreza extremos. El desempleo y el subempleo son alarmantes; el 25% de las adolescentes están embarazadas, y el centro de salud registra un caso de tuberculosis por semana.

Recostado a la puerta de su casa, como mirando la nada, está Manuel Videla, un jujeño de 53 años, chapista. No es de los más viejos del barrio, pero "hace 36 años que no puedo salir", se lamenta. "Hay otros peores que yo... hay gente con cincuenta años en la Oculta..." A él, y a los otros como él, le habían hablado de un buen lugar para vivir, algo así como la tierra prometida. Era el verano de 1973.

Ciudad Oculta está organizada en comisiones vecinales, cada una dirigida por un presidente elegido por los vecinos por voto directo. El presidente se encarga de repartir los materiales de construcción, de organizar la recolección de basura y de la iluminación, entre otras cosas.

"Nos llevamos bien -dice Manuel-. La gente de acá es muy solidaria. ¡Lástima el paco! Esa porquería está matando a los pibes..."

La Subsecretaría de Asistencia de las Adicciones de la Provincia de Buenos Aires señala que el consumo de drogas (incluido el alcohol) está asociado al 68% de las muertes de jóvenes de entre 15 y 24 años. Y la Oficina de Investigaciones y Estadísticas Político Criminales, del Ministerio Público Fiscal, indica que en 2007 se iniciaron 12.891 causas por drogas, pero apenas hubo condena para 1.116 personas. Sólo el 8% de los procesados terminó en la cárcel.

¿DROGA DE LOS POBRES? Mónica Carranza dice que la droga fue la que más perjudicó al 90% de los pobres, "porque también hay pobres que han hecho mucha plata con la droga, sobre todo con el paco. Hoy, en cada rancho hay historias de droga. Está el pibe, el hermano mayor, el padre. Siempre vas a escuchar la misma frase: están todos dados vuelta, todos fisurados".

Fisurita. Así llaman los chicos de la escuela Roma, del barrio Los Perales, a los compañeros que consumen paco. "Son chicos de entre 6 y 12 años, y seguro que saben más del paco que yo. Saben todo. Saben quién consume, quién vende, en dónde se vende", reconoce, con una mezcla de resignación y bronca, Guillermo Miguel Lazarte, el Colo, uno de los profesores de educación física.

Sólo en la Capital Federal, la pobreza infantil en menores de 14 años alcanza el 20,1%; esto supone que, sobre 900.000 niños, 181.000 son pobres. Triste destino -escribió César Vallejo- el no haber sido sino muertos siempre. El ser hoja seca sin haber sido verde jamás. Orfandad de orfandades.

A la pobreza extrema que asfixia a los chicos de la Oculta se agrega, en muchos casos, la falta de compromiso de los padres en la educación de sus hijos. "Los padres, en general, no están detrás de los chicos. Algunos vienen cuando los citás, pero son pocos, porque se pasan el día cartoneando. Otros, directamente, ni se interesan".

"La gente condena a los chicos porque los cree responsables de todos nuestros pesares -dice, al borde las lágrimas, Mónica Carranza-, pero primero habría que condenar a los adultos que permitieron que un chico pase hambre, sea analfabeto y drogadicto. Somos culpables de dejarlos crecer en las calles, de que los violen, de que los maltraten."

La Federación de ONG de la Argentina para la Prevención y el Tratamiento del Abuso de Drogas alertó sobre un crecimiento en el consumo del paco de un 500% en los últimos tres años. En la Argentina, el fenómeno del paco (residuo del clorhidrato de cocaína) se disparó a principios de la década actual, y hoy parece incontrolable.

COMO UN CICLÓN. Los curas José María Di Paola, de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, en la Villa 21-24 de Barracas, y Gustavo Carrara, Joaquín Giangreco y Adolfo Benassi, de la parroquia Santa María Madre del Pueblo, en la Villa 1-11-14, del Bajo Flores, integran, junto a otros 12 párrocos, el Equipo de Sacerdotes para las Villas de Emergencia de la ciudad de Buenos Aires. En marzo último, pocos días después de que dieran a conocer su documento La droga en las villas: despenalizada de hecho, el padre "Pepe" Di Paola fue amenazado de muerte, "como tantas otras veces; como a tantos sacerdotes que trabajamos en las villas". Di Paola agrega: "La destrucción pasó como un ciclón por las familias. Toda la familia queda golpeada porque su hijo está todo el día en la calle consumiendo. Asombra ver cómo ese niño que fue al catecismo o jugaba al fútbol está perdido. O ver que esa niña que iba a la escuela hoy se prostituye para fumar paco".

Mientras el padre Joaquín se indigna con los anuncios de urbanización de la villa que promueve el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ("acá, los únicos que urbanizan son los propios vecinos") el padre Carrara cuenta que, sólo en la 1-11-14, por año, de cada 500 nacimientos, hay 100 muertes por causas evitables; y una sola escuela para una población de más de 40.000 personas. "Unido al consumo de droga -dicen los curas- está el aburrimiento, el no tener qué hacer. Y donde no hay pasión, aparece la adicción."

Los curas dicen que el paco no es la droga "de" los pobres, sino "dirigida a" los pobres.

Con sus 65 hectáreas y más de 40.000 habitantes, la 21-24 -donde más del 50 por ciento de los niños padece parasitosis- es una de las villas más grandes de la Capital. Sólo el 12% nació allí; el resto proviene del interior o del exterior. La tasa de desocupación en la 21-24 alcanza el 31,8 por ciento.

Las Madres Contra el Paco llevan adelante una batalla silenciosa. La agrupación, surgida en Ciudad Oculta, fue impulsada por María Rosa González, pero a poco de andar se extendió a otros distritos del Gran Buenos Aires. Conformada por más de 300 madres, Isabel Vázquez y Alicia Romero encabezan el movimiento.

No muy lejos de Los Perales y de la Oculta, cruzando el Riachuelo, Isabel y Alicia sostienen el comedor comunitario Manos Solidarias, en el barrio Lamadrid, Cuartel 9º, de Ingeniero Budge, en Lomas de Zamora, mediante donaciones y un subsidio que reciben del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Allí les dan desayuno, almuerzo y merienda a unas 600 personas, casi todos niños. Isabel cuenta que no hace mucho encontraron a un niño adicto ahorcado en el baño de su casa. "Cuando un chico pide y se endeuda, o cuando roba para el paco, su vida se convierte en un desierto. Y ahí es cuando se suicida."

La escuela de Los Perales provee a los chicos, útiles, guardapolvos y viandas reforzadas (un sándwich y una fruta). El 80% de los 440 alumnos proviene de la Oculta, y el 70% de ellos es boliviano, o hijo de bolivianos o paraguayos.

Gabriela Manó, otra de las profesoras, cuenta que "los chicos quieren jugar y divertirse. No escuchan". La violencia es una marca registrada aun en los primeros años de su vida. Viven su mundo y entregan lo que reciben de ese mundo. Falta de concentración, falta de vocabulario, desatención y desprotección. Se fortalecen como pueden, y desde muy chicos aprenden las reglas básicas para sobrevivir en un ambiente hostil, donde además tienen que enfrentar la discriminación.

Curiosamente, no dependen de un líder dominante. Se hacen fuertes armando grupitos. "Se manejan más en grupos afines -explica el profe Guillermo-, y si hay un líder lo demuestran solapadamente. Van y le dicen algo al oído al de al lado, o hacen una seña. Tratan de dominar el grupo. Los más grandes le dicen al oído andá y fajalo al otro. Y tienen sus códigos. Encubrirse, no buchonear y no mencionar a la policía son reglas de oro. Y son chicos de entre 6 y 12 años."

Los profesores confirman que un buen número de chicos cartonea en la calle; que en general son de contextura delgada y no tienen el peso adecuado. "No están desnutridos, pero la vida la tienen marcada en el cuerpo."

Las cifras

30% Es el crecimiento de la población de las villas miseria de la ciudad de Buenos Aires entre 2004 y 2008. Tienen más de 150.000 habitantes.

68% Es el porcentaje de muertes de jóvenes de entre 15 y 24 años asociado al consumo de drogas en la Provincia de Buenos Aires.

Un hombre de múltiples oficios apenas gana por mes para poder subsistir

Hace cuarenta años que Roque Morteira (58), un descendiente de brasileños que ancló en la villa Carlos Gardel a mediados de los 70, vive de múltiples oficios.

Morteira es albañil, cartonero, pintor, botellero, jardinero, vendedor ambulante y mil cosas más que lo ayudan a redondear quinientos pesos, que se suman a los 200 de pensión que recibe Lucía, su madre, de 80 años.

"Tal vez sea uno de los más viejos en el barrio, y creo haber visto de todo. Pero lo que más me duele es ver que la miseria no se frena. Recién ahora estoy esperando que la municipalidad me entregue una de las casas que construyen. No pedí vivir en una villa. Tampoco culpo a nadie. Siempre me gané la vida honestamente, como pude."

Durante la crisis de 2001, la necesidad llevó a Gabina Argañaraz, una cartonera de Villa Independencia, en José León Suárez, a empujar su carro por las calles para sumergirse cada noche en su universo de papel y resolver, con mínimas armas, sus urgencias cotidiana: sus seis hijos. "Yo tiro para adelante, pero uno no debe vivir de esta manera. Los pobres tenemos prohibido soñar." Pasaron ocho años, y Gabina sigue tirando para adelante el carro.

En la otra punta del mapa, en Avellaneda, bajo una bruma pesada se dibuja la Isla Maciel: veinte manzanas aprisionadas por el Riachuelo, las vías del ferrocarril y la avenida Pinzón.

Es el asentamiento urbano más antiguo de ese distrito y allí viven unas 10.000 personas, distribuidas entre ranchos de chapa, casitas precarias y conventillos. Tierra de cuchilleros, la Maciel conserva, como un álbum viejo, los esqueletos oxidados de los galpones y astilleros, fuente de trabajo en los 50.

La mayoría de la población adulta está desocupada y no todos los chicos terminan sus estudios. "La exclusión social -cuentan los maestros de la Escuela N° 6- está en el estereotipo de sus identidades y en la dificultad para superar el estigma de la propia desvalorización social, en la convicción de que sus capacidades y derechos son limitados."

Pobreza. Para algunos, un destino escrito ("siempre habrá pobres entre ustedes", dijo alguna vez Carlos Menem); para otros, consecuencia de las malas políticas que generan soledades y hambres eternas; para muchos, dominio de punteros políticos.

En épocas electorales, las urnas del conurbano bonaerense reciben un tercio de los votos del país. Oportunistas e influyentes, los punteros supieron reacomodarse frente a este nuevo mapa social hasta convertirse en verdugos de quienes se les acercan, empujados por la necesidad.

"Anoche hubo un tiroteo. Acá nos conocemos todos, pero desde hace un tiempo empezamos a ver caras extrañas", dice como al pasar Nora García, de 37 años y con 25 en la Santos Vega, de San Justo, una de las 73 villas que entristecen el partido de La Matanza.

Nora habla de balazos y sangre con una naturalidad que espanta. Como a la mayoría, le preocupa más la falta de trabajo que la inseguridad. "Por eso, yo tengo que trabajar como puntera política para después poder conseguir algunas changas."

SIN TÍTULO. La Santos Vega surgió durante la dictadura de Juan C. Onganía, creció proporcionalmente al aumento de la pobreza y terminó municipalizada mediante el Plan Arraigo, "pero si viera el título de propiedad que me dieron (cuenta Tomasa Espínola, una paraguaya de 58 años) da risa. Pagué durante años, pero fui estafada. No tengo título, no tengo nada."

La villa, de 42 manzanas, alberga a 900 familias con aproximadamente 6.000 habitantes. La Santos Vega tendría que incluir 14 familias por manzana, pero se ha duplicado esa cantidad. Hay viviendas con hasta 14 personas.

Las cifras

14 Son los millones de pobres en Argentina, según cálculos de universidades y redes sociales. El gobierno dice que son 3.754.000.

4.5 Mediciones de universidades y redes sociales estiman que esos son los millones de indigentes. El gobierno dice que son 1.088.000.

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