BERLIN n La prolijidad extrema con que cuelgan los afiches de campaña es de lo poco que recuerda dónde estamos. Porque, en lo demás, las decisivas elecciones que enfrenta esta potencia el domingo tienen rasgos tan fuera de lo común y tan imprevisibles que cuesta creer que se trata de Alemania, de su futuro y, en buen grado, del camino y el ritmo que seguirá la Unión Europea.
Para empezar, los sondeos se mueven como en una montaña rusa. Hace poco, decían que ganaba la demócrata cristiana Angela Merkel, la revelación y sorpresa de este proceso. Luego, que el actual canciller, el socialdemócrata Gerhard Schroeder, recuperaba oxígeno. Ayer, otra vez dijeron que "Angie" levantaba cabeza y avanzaba. Con esa última novedad, firmada por la consultora Emnid, cerró el día.
La historia más grande cuenta que, con todo en contra y aspirante a un tercer período, Schroeder (que también va por el tercer matrimonio) intenta poner pecho al desafío que le plantó Merkel, la mujer a quien hasta hace poco su padrino, el ex canciller Helmut Kohl, llamaba "la muchacha". Y que ahora tiene al país y a toda una generación de políticos en vilo, con la promesa de un cambio de fondo.
Tanto que, digan lo que digan las urnas, esta graduada en físi-ca de 51 años (diez menos que Schroeder), distante, poco comunicativa y más cómoda en pantalones que en pollera, ya ha hecho historia.
No sólo porque, por primera vez y tras siete cancilleres, una mujer roza el timón de la primera potencia europea. Sino, además, porque procede de lo que durante años se llamó "el otro lado del Muro", el más desolado, el que tuvo rejas hasta que cayeron, hace 16 años, a puro empuje de su gente. Y se llevaron con ellas a la entonces República Democrática de Alemania (RDA).
Pero, pese a lo inusual de la instancia, el desánimo cunde, y buena parte de los alemanes transmite hoy más miedo que ilusión.
La culpa de tanto malestar la tiene la peor crisis económica en años, tanto que los datos tampoco parecen alemanes: hay cinco millones de desempleados (10% de la población activa), hace tres años que el país no crece, mientras su deuda no deja de engordar. Y el déficit viene burlando sin piedad la pauta de menos del 3% exigida por la UE.
Como si fuera poco, crece la sospecha de que el sistema de bienestar —las buenas jubilaciones, las mejores vacaciones, las ventajas laborales y el generoso subsidio por desempleo— tiene poco futuro. Los números no dan, la locomotora europea pierde impulso y en su población puede más el miedo a que se diluya lo que se tiene, que el convite a dejarse inflar el pecho con promesas de campaña.
Pero hay más. Si la irrupción de Merkel fue la primera sorpresa y el escepticismo, la segunda, la tercera es de ésas que dan un portazo olímpico a la historia, a saber: apareció, crece y se consolida un partido neocomunista, el Partido del Socialismo Democrático (PDS).
"¡Qué bonito que era aquello!", parece ser su espíritu, mientras los analistas locales aún no dan crédito. Está formado por una amalgama de disidentes social-demócratas desencantados de Schroeder; antiglobalizadores y populistas varios.
Las encuestas le dan hasta un 10% de votos, medrando en lo que aquí se llama la Ostalgie (nostalgia del Ost, el Este).
Con pocos meses de vida, no sólo es la agrupación que más ha crecido proporcionalmente entre sus adversarios, sino que, llegado el caso, podría pasar a tener un papel decisivo.
SILVIA PISANI, enviada
especial/LA NACION/GDA