Achacosa pero rica, Europa sobrevive

JORGE ABBONDANZA

Europa tiene achaques, como todos los viejos. A la esclerosis de algunas economías (Grecia, Irlanda, España, Portugal) se suma la artritis del medio laboral, con cifras de desempleo que llegan al 20% en el caso español, por no hablar de la taquicardia que le provocan sus vecinos más pobres del Báltico o los Balcanes, y sin olvidar las jaquecas del racismo y la xenofobia, que se descargan sobre gitanos, musulmanes y otras comunidades inmigrantes (del Magreb o el Lejano Oriente), convocadas por los propios europeos como fuerza de trabajo para compensar el gradual envejecimiento de la población local, pero luego repudiadas y hasta expulsadas con el consenso de buena parte de los nativos. Por si faltara algo, están los sofocones producidos por la legislación de algunos gobiernos (Berlusconi, Sarkozy), que desencadenan la furia popular.

Como cualquier anciana rica, Europa sabe disimular esas y otras miserias con el ropaje de la opulencia. Luciendo sus 27 joyas (algunas fulgurantes como Alemania, otras gravosas como Rumania) la vieja sigue ostentando algunos brillos dignos de mención. Tiene el PBI más alto del mundo, la moneda común más fuerte del mercado y el nivel de consumo más envidiable, ya que en promedio sus ciudadanos compran, gastan y comen el doble que el resto de la humanidad. De hecho, lo que consumen de agua potable o energía eléctrica se ubica en alturas inaccesibles para congéneres de otras latitudes, devorando recursos a un ritmo que según los especialistas no podrá mantenerse mucho tiempo más.

Los cálculos demuestran que si el resto del mundo consumiera como lo hacen los europeos, se necesitarían tres planetas como la Tierra para abastecer su voracidad, lo cual confirma que esa vieja -en parte maltrecha, como está desde la crisis que estalló en 2008- sigue siendo derrochona e insaciable. Ello no significa que esté a salvo de peligros y de miedos. El constante crecimiento de partidos de extrema derecha es un reflejo del descontento de las clases populares ante la escasez de fuentes de trabajo y la embestida de los extranjeros afincados en sus arrabales. Esas organizaciones radicales (que algunos llaman neofascistas) ya son el 12% del electorado francés, el 15% del holandés, el 23% del noruego, el 8% del italiano, el 16% del húngaro, el 17% del austríaco y el 29% del suizo.

Un poco sobresaltado por esos brotes, el geriátrico europeo se esfuerza por ocultar su intolerancia y poner en primer plano sus antiguos esplendores, sobre todo para no asustar al batallón de turistas. Está viviendo el crepúsculo de su poderío y todavía no se baja de los coturnos, aunque no deja de mirar con recelo a esos intrusos en plena expansión, como China o Brasil, destinados a ocupar el sillón donde la vieja se ha sentado durante varios siglos.

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