Luis Roux
Los inmigrantes tienen su casa en Montevideo. No es una mansión en Carrasco pero alberga a 60 personas en 20 habitaciones y nadie queda afuera por el sólo hecho de no tener dinero para pagar el hospedaje. Allí, frente al hotel Columbia, en la Ciudad Vieja, viven argentinos, brasileños, bolivianos, chilenos, colombianos y venezolanos, pero la mayoría son pescadores peruanos y ahora también hay un camerunés.
La casa está abierta desde 2001, a impulsos de Carlos Valderrama, un antropólogo peruano de 58 años que vive en Uruguay desde 1993. Es un caserón de tres pisos y 600 metros cuadrados, por el que han pasado unas 500 personas en estos dos años. De sus 60 habitantes actuales, las tres cuartas partes son hombres. Las mujeres son peruanas y llegaron para trabajar como empleadas domésticas. También hay dos niños.
Las reglas son muy sencillas: la casa se cierra a medianoche y abre a las 6 de la mañana. Es preferible que aquél que no concurra a dormir, avise. La limpieza de las áreas comunes es rotativa. Cuando sale el último ocupante de una pieza, cierra con candado y deja las llaves a Irma, la esposa de Valderrama. Ninguna conducta está prohibida, salvo que afecte la tranquilidad de los demás.
Quienes habitan la casa tienen en común el hecho de no poder acceder a otro tipo de hospedaje. Valderrama los recibe y espera, con paciencia de pescador, a que el huésped se embarque. Meses después, el marino desembarca y retribuye la hospitalidad. "Seis de cada diez vuelven y pagan. El resto se olvida", se resigna Valderrama.
Pero también hay huéspedes que no son pescadores y entonces no van a bajar del barco con dos o tres mil dólares. De ellos se espera que ayuden en lo que sea, ya que no faltan cosas para hacer.
La casa está en reformas. Valderrama quiere hacer un comedor común. Ahora cada uno hace su comida y muchas veces se forman grupos para una olla común. Otros proyectos son crear una biblioteca, un cybercafé y un taller de oficios.
Los problemas abundan. Hay que cuidarse de que la gente no entre a robar y hubo problemas con grupos xenófobos que agredieron la casa a balazos y también con pintadas insultantes (ver nota en página 2). Sin embargo, Valderrama actúa con tranquilidad. No sólo no responde a las agresiones, sino que también recibe en la casa a uruguayos que estén desamparados.
VIDA SOLIDARIA. Valderrama es "Don Carlos", que en la jerga de la casa significa "el que manda". El tiene experiencia en trabajar en grupo y ayudar a los demás. Nació en Lima, en una familia de clase media y estudió antropología en la Universidad. A los 25 años se fue a trabajar a Chiclayo, al norte, como promotor de cooperativas, en cumplimiento de la reforma agraria promovida por el presidente militar Juan Velazco Alvarado.
Trabajó durante cinco años, junto a un grupo de profesionales, con campesinos locales, en tierras que habían pertenecido a una hacienda de 50 mil hectáreas. Había que prepararlos para cultivar sus propias tierras. "Lamentablemente, 30 años después, esas tierras quedaron otra vez en muy pocas manos", comenta Valderrama.
De vuelta en Lima, Valderrama consiguió un trabajo más rutinario, como empleado en un banco y en eso estuvo 18 años, hasta que debió emigrar como perseguido político por el gobierno de Alberto Fujimori.
Primero llegó a Ecuador y un año después a Uruguay, con su esposa Irma y su hijo Gerardo, mediante contactos proporcionados por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados). Eso fue en 1993 y un año después ya tenía una casa en Camino Maldonado, en la que recibía a los peruanos que no tuvieran dónde vivir en Uruguay.
La casa de Camino Maldonado funcionó desde 1994 a 2001. Valderrama se ocupaba, además, de asesorar a los peruanos y ayudarlos con la documentación. También los iba a buscar a la Ciudad Vieja: "Me encontraba con gente que dormía en la calle y les decía ‘¿qué estás haciendo aquí? vente conmigo’. Llegamos a ser veinte en Camino Maldonado, estábamos hacinados", recuerda.
Hasta que surgió la oportunidad de comprar la casa en la calle Reconquista como centro de referencia para los peruanos. Se consiguieron 10 mil dólares para dar como entrega inicial y luego debían pagar mil dólares por mes hasta completar los 65 mil que valía la casa. Cuando cayó el sistema financiero y se disparó el dólar, parecía que se acababa la fiesta, pero no fue así.
Mediante un contacto con el Centro de Investigación y Promoción Franciscano y Ecológico (CIPFE), se gestionó que una fundación italiana terciara en el asunto. La cuota descendió y la casa se mantiene.
En un principio era la Asociación Sociocultural Uruguayo Peruana, pero las cosas cambiaron en 2002. "Estábamos en la fiesta de fin de año y yo quise hacer un brindis por los peruanos, que estábamos unidos en este país, pero me di cuenta de que había argentinos, uruguayos, colombianos y chilenos. Entonces cambiamos el nombre por Casa del Inmigrante César Vallejo", narró Valderrama.
El año pasado formaron parte del Plan Invierno, llevado adelante por varias instituciones para dar refugio durante los meses más crudos a gente que vive en la calle.
MISIONES. La concurrencia es heterogénea. Varios africanos pasaron por la casa. Ahora hay un camerunés que no sale de su asombro y prefiere no hablar ni siquiera en francés. Los pescadores peruanos tampoco son muy locuaces. Su vida en Uruguay es esperar un barco y luego enviar la mayor parte del dinero a Perú, donde está su familia, su casa y su futuro. Y luego volver a esperar un barco.
Hay dos huéspedes nuevos, un uruguayo y un colombiano. Gustavo, el uruguayo, tiene 38 años y llegó porque su vida se desmoronaba, después de que sus problemas con el alcohol hicieron que perdiera los vínculos con su mujer, su trabajo y su familia y lo llevaron a internarse por propia voluntad en el hospital Vilardebó, donde residió durante doce días. Valderrama escuchó un resumen de 30 segundos y le dijo: "No te preocupes".
El colombiano es Alvaro Convers y se define como "una especie de misionero". Pertenece a la comunidad de Alcohólicos Anónimos (AA) desde hace 24 años y milita por la causa desde hace 14.
Partió rumbo a Uruguay porque buscaba una respuesta espiritual. El tiene estudios universitarios en contabilidad y finanzas y también en matemáticas y física y se ganaba la vida dando clases pero su misión era la de crear y reactivar grupos de AA.
Por su formación científica y su fe cristiana, Convers se sintió atraído hacia el movimiento religioso denominado "Ciencia Cristiana", quienes entienden que el método científico es la forma de universalizar los caminos hacia Dios o el Poder Superior.
Convers llegó a Uruguay buscando a una maestra espiritual, pero demoró tres años en llegar, en un camino en el que fundó varios grupos de AA y divulgó el libro de su autoría: "Ven a vivir feliz sin beber alcohol". La maestra ya no está, pero Convers sigue su camino espiritual y llegó con sus libros bajo el brazo, buscando a quien imprima la segunda edición, corregida y aumentada.
Convers quiere reformular el sistema de Alcohólicos Anónimos para cumplir el "tercer objetivo" en el entendido de que AA cumple dos metas, que son: "Liberar al individuo de sus adicciones" y "convertir al adicto en una persona útil para sí mismo y para la sociedad". Convers quiere llegar al tercer objetivo, que sería: "Que la persona reencuentre su verdadera identidad, que es espiritual".
Como el de Alvaro, hay varios destinos individuales que dependen, en gran medida, de la hospitalidad de la Casa del Inmigrante, un refugio solidario en tiempos difíciles.
Disparos en Ciudad Vieja
Primero fue un ataque de "jovencitos que viven en la zona", según Carlos Valderrama. El problema es que esos jovencitos estaban armados y dispararon contra la casa. "Yo pensé que era para robar, pero después nos insultaban y nos decían que veníamos a robar el trabajo". Eso fue el año pasado.
Después, en abril de este año, "vinieron 15 o 20 jóvenes, que rompieron la puerta y los vidrios de la ventana. Lógicamente, los muchachos querían responder, pero yo les dije que no, que nos quedáramos quietos. Cuando terminaron de destruir, llamamos a la Policía para dejar constancia", cuenta Valderrama.
"No nos conviene entrar en la provocación, porque se transforma en una pelea y no es eso. Es una agresión de ellos", explica el antropólogo peruano.
"Una semana después nos tiraron pintura amarilla en la casa. Entonces me di cuenta de que no se trataba de lúmpenes, simplemente. No iban a tirar pintura, que cuesta un dineral. Entonces hicimos un acto de desagravio, con participación de organizaciones sociales", enumeró.
"Hace 20 días nos tiraron pedradas y ahí la comisaría tomó cartas en el asunto y agarraron a unos muchachos. Yo le dije al comisario que no quería denunciar nada sino que les dijera que no jorobaran más".
A partir de entonces las cosas están tranquilas y lo que es más importante, tampoco hay líos adentro, según Valderrama: "Nadie critica las costumbres de ningún país y cuando trabajan en la casa, parece una brigada internacional".
CASA Es un edificio de tres plantas, en la calle Reconquista, frente al hotel Columbia. Tiene 20 habitaciones y 600 metros cuadrados.
HUESPEDES En la casa hay 60 habitantes de diversas nacionalidades, en su mayoría peruanos. Las tres cuartas partes son hombres y también hay dos niños.
ALQUILER No se paga hasta que el huésped esté en condiciones de hacerlo. Los pescadores peruanos llegan a esperar un barco, y luego de volver de alta mar, retornan y retribuyen por su hospedaje. Esa es la teoría, que se cumple en el 60 por ciento de los casos.
REFORMA En estos momentos la casa está en obras. Se pretende crear un comedor común y también un cybercafé y un taller para oficios y artesanías. De la misma manera en que hay una gran vocación de dar, también la hay de recibir, y no se desdeñan donaciones ni ofrecimientos de ayuda. El teléfono es 915 84 77.
CIPFE El Centro de Investigación y Promoción Franciscano y Ecológico gestionó el aporte institucional y financiero para que no se perdiera la casa, que está siendo pagada en cuotas, a pesar de que los ingresos son escasos.