OPINIÓN

Festividad de Pésaj

El viernes 19 de los corrientes al caer el sol empezó la festividad judía de Pésaj que conmemora el Éxodo del pueblo judío hace 3331 años de la esclavitud egipcia.

Eliezer Shemtov. Foto: El País
Eliezer Shemtov. Foto: El País

No se trata meramente de conmemorar la libertad física de nuestros antepasados, sino también de la nuestra propia.

¿Somos realmente libres? La primera acepción de la Real Academia Española es: Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

Detengámonos para analizar esta definición: si la libertad implica que uno no está obligado a hacer lo que no quiere, ¿por qué festejamos la liberación de la esclavitud egipcia si siete semanas después, al pie del monte Sinaí, nos fue impuesto un código de vida divino? "Yo soy Dios tu Dios quien te saqué de la tierra de Egipto. No hagas aquello, haz lo otro!" ¿Será que nos dieron libertad solo para quitárnosla apenas siete semanas después, pasando de una servidumbre a otra?

Hay una clara distinción entre estar libre y ser libre. El primero depende de condiciones físicas, coyunturales ("según mi agenda, el lunes a las 11.00 no tengo reuniones y estoy libre") y la segunda describe una condición espiritual.

Si bien uno puede estar libre para elegir si quiere hacer el bien o hacer el mal, ¿acaso somos libres para definir el bien y el mal? ¿El bien y el mal se definen democráticamente? Si una mayoría decide maltratar a una minoría, ¿se vuelve correcto? Obviamente que no. ¿Cómo hace el hombre para definir los parámetros del bien y el mal?

He aquí el gran mensaje del Éxodo seguido por la entrega del Decálogo en el Sinaí: libertad no es sinónimo de libertinaje. No es lo mismo poder hacer todo lo que uno quiere que poder hacer lo que uno debe. Hacer todo lo que uno quiere es el resultado de estar libre circunstancialmente; al que puede hacer lo que debe se le puede considerar que es realmente libre.

El gran sabio talmúdico Ben Zomá (Avot 4:1) expresó esta idea de la siguiente manera: "¿Quién es el fuerte? Aquel que domina a su instinto, como está escrito (Proverbios 16:32): Es mejor el que no se apresura en enojarse que el fuerte y quien domina su espíritu que el que conquista una ciudad". La sutileza aquí es: hay que saber distinguir entre el que es fuerte y aquel que meramente está fuerte. El que domina a otros —aunque sean muchos— más débiles que él es prueba nada más que está fuerte, que posee una fuerza relativa y circunstancial. Es aquel que puede dominar a uno tan fuerte como él, o sea a sí mismo, a quien se puede considerar que es realmente fuerte.

El Éxodo nos permitió estar libres; con el Decálogo podemos también llegar a ser libres.

Aun así, no alcanza con saber distinguir entre el bien y el mal; lo más importante es utilizar nuestra libertad para elegir hacer el bien en la práctica.

La verdadera libertad está en tus manos.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados