Los dichos de militares retirados aportan más elementos al debate

| Las expresiones tuvieron lugar en una semana muy importante, en la que Bertolotti estableció el límite para recoger datos

Análisis

político por

Alfonso Lessa

No son pocas las cosas que están ocurriendo en relación a las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, a la búsqueda de los restos de desaparecidos y en particular en relación al destino de la nuera del poeta Juan Gelman.

La dinámica de los hechos se comienza a acelerar y a la postura del gobierno, anunciada el 1º de marzo por el presidente Tabaré Vázquez, a las consiguientes excavaciones en predios militares y a la actuación de la justicia, se van agregando otros elementos como el ingreso al debate público de actores militares tal como ocurrió en la última semana con los coroneles retirados Gilberto Vázquez, Artigas Alvarez y Miguel Rodríguez.

No se trata ya de los muy escasos actores que hasta el momento habían hablado, alguno de los cuales por reiterado y extremista ha caído en un desgaste que lo hace contraproducente para sus propios intereses, sino de otros uniformados que abren el abanico del debate.

Artigas Alvarez es hijo del coronel del mismo nombre asesinado por los Tupamaros en 1972 —en un período de negociaciones entre militares y el MLN— y sobrino del teniente general Gregorio Alvarez, figura clave del proceso, ex comandante en jefe del Ejército y ex presidente de facto, cuyo silencio ha llamado la atención tanto en medios civiles como militares.

Gilberto Vázquez integró los servicios de Inteligencia durante la dictadura y llegó a ser jefe de Inteligencia del Ejército, ya en democracia, durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle.

Miguel Rodríguez también tiene una extensa carrera que incluye, entre otros cargos, el de subjefe del Estado Mayor Conjunto y agregado militar en Chile, durante los años en los que surgió el caso Berríos. Además es segundo suplente del diputado colorado Daniel García Pintos, acérrimo defensor de las posturas militares.

De las declaraciones de unos y otros se desprenden ideas y preocupaciones en común, pero también se perciben gestos y valoraciones diferentes.

Las expresiones de estos militares tuvieron lugar en una semana muy importante, en la que el comandante en jefe del Ejército, Angel Bertolotti había establecido el límite para que los retirados pudieran aportar datos para encontrar los restos de María Claudia. Una semana en la que, efectivamente, todo indica que hubo avances en las investigaciones y, producto de una serie de pesquisas internas, se estableció que la tumba clandestina podría estar en el Batallón 14.

En este caso, comienza a apreciarse otro factor nuevo: el interés de militares que serán citados por la Justicia, en delimitar las verdaderas responsabilidades. Y la aparición de diferencias con policías que tienen antecedentes penales y con un militar expulsado del Ejército, cuyos nombres comienzan a circular con insistencia como los de los verdaderos responsables.

Tres figuras que el Ejército no estaría dispuesto a defender demasiado. A ellos se sumaría el de otro coronel retirado.

SIGNIFICATIVA. La aparición de Alvarez, primero mediante una carta en Búsqueda y luego a través de una entrevista en el programa La Palabra y el Poder de radio Carve, es altamente significativa, por todo lo que representa y por lo que dijo.

En su carta a Búsqueda, Alvarez particularizó un duro ataque sobre la ministra de Defensa Nacional, Azucena Berruti, dejó en claro un fuerte resentimiento con los políticos en general —de todos los partidos— y también atacó a los juristas y abogados. En contraposición, presentó a las Fuerzas Armadas como una institución homogénea y como la que más y mejor vela por los intereses de la Nación.

A la ministra la acusó, entre otras cosas, de haber tratado durante años con "una pandilla de terroristas" y lamentó que tanto ella como "muchos de los ciudadanos" tengan una "imagen caótica de una institución que vela permanentemente por el bienestar de sus compatriotas, pero esa es otra historia, tan simple como civilista, forjada por todos los políticos de todas las épocas".

El coronel (r) Alvarez también acusó al "poder político" que ordenó la lucha antiguerrillera de mirar "para otro lado ante el vilipendio que soporta la institución armada". Y atacó a la "gente de derecho" a la que calificó como una "casta intocable", a la que "hemos pasado casi un siglo, con escasos períodos, sujetos...". El mismo se mostró como parte de la alternativa. "Yo —escribió— por el contrario humildemente pertenezco a otra (casta) pasional, desinteresada, con estoicismo y que actúa acorde a los mandamientos del corazón además de otros, con el mejor y el mayor crédito otorgado a la Nación, el de ofrecer su vida por ella.

PURO Y DURO. La aparición pública de Alvarez, como se aprecia, no fue meramente anecdótica: implicó la reivindicación del discurso más puro y duro de la dictadura: los partidos, los políticos y los hombres y mujeres de derecho por un lado; los militares del otro. Todos los primeros descalificados, los segundos como parte de un grupo que verdaderamente vela por la Nación. Y en medio, una sociedad, "muchos" de cuyos miembros tienen una visión tergiversada de las Fuerzas Armadas, por responsabilidad de todos los partidos. Alvarez, en su carta, además, volvió a utilizar un argumento reiterado en estas polémicas: confundir las medidas de excepción aprobadas por el Parlamento en su momento para luchar contra la guerrilla, con los hechos que sobrevinieron al golpe de Estado.

Alvarez, en su entrevista radial, negó por completo la existencia de torturas y desapariciones en la dictadura, postura que casi nadie más defiende en las propias Fuerzas Armadas. Como podía esperarse, además, apareció un ex guerrillero que dio testimonio de haber sido torturado por el propio Alvarez.

¿MONOLITICA? La carta y la entrevista del coronel exhiben una visión uniforme y monolítica de las Fuerzas Armadas y el Ejército en relación con el pasado, que no es la que se percibe hoy entre buena parte de los militares, ni cuando se habla en privado, ni siquiera en sus exposiciones públicas.

Los propios testimonios de Rodríguez y Vázquez fueron en esa línea: en el debate, ya no se niega lo obvio, ya no se discute sobre temas que en materia de historia son cosa juzgada. Tampoco predomina una separación tajante entre los políticos malos y los militares buenos. Gilberto Vázquez, incluso, llegó a afirmar que ni los uniformados ni los tupamaros quieren revisionismo.

Hoy predominan argumentos que tienen poco que ver con un escenario en blanco y negro que ni siquiera predomina en el pensamiento de un Ejército que —como todo y más allá de elementos de identidad esenciales que suelen permanecer en el tiempo— también cambia.

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