WASHINGTON BELTRÁN
Conocí a Washington Beltrán un par de años antes de ingresar a esta empresa familiar que es El País. Sin duda el Creador dio un empujoncito para cumplir mi destino y lo demás lo hice yo cumpliendo sus reglas de juego. Fue en la parada de tranvías de 19 de Abril y Agraciada. Allí y al resguardo de un familiar kiosko de diarios y revistas alguien me dijo: "ese es el diputado Beltrán". No pude resistir la tentación de saludarlo para decirle que en mi casa se leía El País.
Por circunstancias de tiempo y lugar, un día a través de una conexión que hizo un familiar, entonces Ministro, con Don Carlos Scheck, ingresé a El País.
Algunas semanas más tarde tropezamos en la redacción y ahí le di las nuevas a Washington. Creo que me dio la bienvenida formal con cierto afecto. Lo veía bajar por aquella escalera al tercer piso y cruzar la redacción y cada 15 o 20 días se acercaba a mi mesa de trabajo, por mis notas marineras y portuarias, e indagar cómo me iba. Le fascinaba la temática portuaria. Hasta que un día el Secretario de Redacción, José Flores Sánchez, me obsequió un libro de su autoría que era "El pequeño Héroe del Arroyo del Oro", con una extraordinaria dedicación de elogios y adjetivos a mi persona. Pero me fue entregado, en su presencia y la de otros compañeros de la redacción, por Washington con unas palabras: "este es un libro que deberá leer por su contenido humano, solidario, despertará sus emociones y le enseñará siempre a buscar la verdad". Quedé apabullado. A partir de aquí hicimos una buena amistad. A finales de los años 50 hice cursos periodísticos en EE.UU. y a mi regreso, impresionado por las normas periodísticas anglosajonas, tenía muchas dudas acerca de lo que era mi profesión por estas tierras. Un día fui a su escritorio y con humildad pero con una mutua simpatía le dije "Washington, tengo algunas dudas. En Los Angeles me enseñaron algunos pilares del periodismo, como por ejemplo, `Dad al público lo que el público pide y quiere`. Y la otra dice: `Dad al público la verdad, que es lo que debe saber`. ¿Cómo interpreto esto?" Creo que más o menos me contestó así: "Los dos argumentos son válidos y está en los derechos del lector, del público, lo importante es buscar el equilibrio, los tiempos y las circunstancias. El imperativo es no agredir la vista, el espíritu y la moral del lector. Acérquese a la labor de un maestro". Fue sin duda una buena lección.
Nos sorprendía su capacidad de sorpresa mezclado de puritanismo porque en los detalles de nuestros relatos no concebía cómo los encumbrados podían caer en delitos y nos estimulaba a la denuncia sin tregua. Y esa pureza y exquisita ingenuidad y señorío, fue siempre el atractivo de Washington, que no debe llevar a la conclusión equívoca de falta de fortaleza. Nunca nos faltó una palabra de estímulo hacia nuestra labor. Por el contrario, en su actividad periodística y política, fuertemente motivado por la libertad, la verdad y la justicia, fueron con vitalidad y fuerza sus banderas. Rápido en el habla, resultaba agradable conversar con él porque en sus conceptos siempre había riqueza.
De los últimos años, siempre extrañamos sus frecuentes visitas a nuestra mesa de trabajo y aún lo vemos sentado al borde de la mesa por escasos momentos, no era fácil atraparlo más de 10 minutos y también disfrutamos de sus agudas ocurrencias. Son hombres, políticos, escritores, sociólogos y maestros de otros tiempos, que dejaron lamentablemente de acuñarse.
Lo recordamos como un ejemplar cargado de virtudes, desprovisto de ambiciones materiales, de vida austera y gran sensibilidad cristiana, sin claudicaciones. No desperdició su vida en reuniones mundanas. Todos sus descendientes y familiares han recogido esa siembra de valores y así tiene que ser.
Por supuesto, ni en tiempos de paz ni en tiempos de guerra, la prensa ha tenido determinadas libertades, como por ejemplo, la de difamar o de ser obscena.
"Dad al público lo que el público pide y quiere"; la otra dice: "Dad al público la verdad, que es lo que debe saber".
EMILIO CAZALÁ