El Pais de Madrid Jacinto Antón
Parece un buen sitio para iniciar este viaje a los últimos días de Pompeya, en la estela de los nuevos descubrimientos sobre cómo se produjo esa catástrofe y la estupenda novela que ha escrito Robert Harris recreando el suceso.
Dos cartas enviadas al historiador Tácito constituyen el primer relato de una erupción volcánica. Leerlas en voz alta aquí, en la misma playa, con un cojín en la cabeza como el que se puso la gente aquel día para protegerse de la lluvia de proyectiles de piedra pómez con la que rociaba el mundo el Vesubio, podrá parecer extravagante, pero crea todo un clima.
"El noveno día antes de las calendas de septiembre, hacia la séptima hora [24 de agosto, entre las dos y las tres de la tarde], mi madre señaló a mi tío una nube, inusual en su tamaño y apariencia". Al grito entusiasta de ‘audaces Fortuna iuvat’, Plinio el Viejo corrió hacia el desastre. Plinio el Joven, a la sazón de 18 años, pero ya mucho más prudente, declinó acompañarle. "Grandes llamas y vastos fuegos brotaron de diferentes puntos del monte Vesubio", escribe. Debió parecer un castigo divino: terremotos, el mar retirándose y dejando en seco un muestrario de criaturas marinas para regresar luego en forma de tsunami. Cayó una noche falsa "más negra y espesa que todas las noches, en la que estallaban feroces relámpagos".
Al irse desplomando la nube de cenizas, gas venenoso y piedra pómez se producen varias olas de lo que los expertos denominan, con esdrújulo placer, flujo piroclástico: una masa gaseosa ardiente de alta densidad que contiene en suspensión una gran cantidad de partículas sólidas. Esas monstruosas avalanchas sucesivas a 300 grados arrasan cuanto encuentran a su paso. La última, la misma que asuela Pompeya en un gran final apocalíptico, hirviendo a los habitantes que atrapa, llega hasta Stabia, donde se extingue.
HORROR. Plinio ve el dantesco espectáculo desde un verdadero palco de honor, de pie en la playa; pero el horror desborda la pantalla: siente que se ahoga y cae sobre la arena, retorciéndose. ¿El gas venenoso o un infarto? En su novela, Robert Harris le imagina enfrentando con una última punzada de curiosidad la ola de fuego que se le traga.
¿Habrían recibido los pompeyanos algún oráculo advirtiéndoles de lo que les esperaba? En su novela, Harris, según confesó a quien firma estas líneas en una conversación en su casa en Kintbury, en la campiña inglesa, inventa el episodio: Popidio, el malo de la historia, hace una consulta, y la respuesta es que cuando los césares se hayan convertido en polvo y el imperio se haya desvanecido, Pompeya perdurará. Lo que los ricos de la ciudad no saben es que no se trata de una respuesta positiva, sino de una verdadera maldición: Pompeya y sus habitantes perdurarán, por supuesto, muertos, como en un grand guignol arqueológico.
Amanece en Pompeya, asombrosamente húmeda. El madrugón ha servido para disfrutar un atisbo de la urbe sepultada libre de turistas. Pompeya era una ciudad de Venus, a la que estaba dedicada desde su mismo nombre oficial: Colonia Veneria Cornelia. Más claramente lo dice el autor de uno de los numerosos grafitos amatorios: "Me he jodido a la tía de la taberna" (Cuerpo de inscripciones latinas, IV, 8442).
La verdad, la llegada a la ciudad, por la misma Porte Marine, no es tan diferente de la del protagonista de "Pompeya", el inteligente ingeniero Atilio, cuya misión es descubrir qué diantres le ocurre al gran acueducto que abastece de agua a toda la región y del que el líquido ha dejado de fluir (lo que ocurre, por supuesto, es que el volcán ya empieza a hacer de las suyas).
A Atilio le ofrecen papagayos de la India, monos africanos y esclavas orientales famosas por sus habilidades sexuales. Encuentra que Pompeya, con 20.000 habitantes, es una ciudad de buscones, llena de gente al acecho, hospitalaria con los visitantes mientras pueda esquilmarlos. Habrá que ir con cuidado.
El novelista Harris paseó por Pompeya, mientras pensaba cómo escribir su novela, tratando de encontrar un punto de arranque original para su historia. Fue a encontrarlo en el lugar seguramente con menos glamour de la ciudad sepultada: el Castellum Aquae, una sosa construcción de ladrillo rojo junto a la Puerta del Vesubio, que es la cisterna principal a la que llegaba el agua del acueducto. "En un agosto tan caluroso como aquel de la erupción, el de 2000", me explicó el autor, "noté un olor a humedad que se secaba sobre la piedra y que venía de ese edificio. Observé que la línea del acueducto se dirigía exactamente hacia el monte Vesubio. Ésa iba a ser mi vía para entrar en la historia".
Al menos otra persona en el mundo está tan entusiasmada con este monumento al que no dedicaría ni veinte segundos el turista japonés más entusiasta de los que hoy recorren a paso de carga la ciudad. Se trata de la arqueóloga catalana Isabel Rodà, que, lo que son las cosas, no sólo interviene en el célebre nuevo programa de la BBC sobre Pompeya, sino que es la comisaria de una exposición -Aqua romana-que se exhibe actualmente en el Museo de les Aigües de Cornellà, junto a Barcelona.
En fin, empezamos el viaje solos, pero ahora ya somos multitud: los Plinio, Harris, Atilio, el malo Popidio y la arqueóloga Rodà. Pronto se unirán un montón de cadáveres, las meretrices, los gladiadores y hasta el fantasma de Espartaco, que se escondió una temporada en el monte Vesubio.
EL FIN. De repente, el terrible casco de gladiador murmillo con cresta y visera hallado en la Caserna dei Gladiatori se convierte en símbolo de una ciudad malvada, con prostitutas infantiles, esclavos y consagrada al beneficio -salve lucrum, reza en la entrada de las casas- y el enriquecimiento desalmado. ¿Era así Pompeya? ¿Mereció la suerte de Sodoma y Gomorra a la que le condenó la naturaleza? Era una ciudad muy comercial, muy activa; con mucho juego político, dinero rápido, corrupción, lobbies y negocio bajo mano, coinciden en señalar la arqueóloga Rody el novelista Harris.
La descripción de los momentos finales de Pompeya es la guinda en el thriller de Harris. Se ha basado en las nuevas investigaciones de los vulcanólogos. La explosión del año 79 equivalió a 100.000 bombas atómicas como la de Hiroshima. El fenómeno comenzó poco después de mediodía con la expulsión de una columna de ceniza, roca y piedra pómez que ascendió a 20 kilómetros de altura. Una hora después se inició la caída de ceniza y piedrecitas, que fueron creando una capa cada vez más gruesa sobre el suelo y los tejados.
Hacia las seis de la tarde se hundían los techos por la acumulación de material volcánico, y la gente huía de la ciudad entre nubes de polvo y ceniza que habían oscurecido el cielo como si fuera de noche. Harris describe esa escena como las imágenes del atentado del 11-S, unidos los neoyorquinos del siglo XXI y los pompeyanos del I en una misma iconografía de la desesperación.
Se produjeron muertes entre los derrumbamientos, por asfixia a causa de los gases y por la caída de piedras de mayor grosor. Hubo gente que quedó angustiosamente atrapada en las casas, con las puertas y ventanas bloqueadas por el lapilli, como los que perecieron en la casa de Menandro. Otros escaparon para morir en las calles, como el grupo hallado en el Jardín de los Fugitivos, al menos tres familias completas.
En torno a las ocho de la mañana siguiente llegó la gran ola hirviente, la nube piroclástica, de ceniza y piedra incandescente que se desplomó del cielo y resbaló desde la pendiente del Vesubio a 300 kilómetros por hora. Y se tragó la ciudad, como siete horas antes otra había sepultado Herculano.
Se calcula que sólo en Pompeya murieron unas 2.000 personas (se han encontrado 1.150 cuerpos). "Fue algo apocalíptico, pero gradual, resume Rodà. "Tuvo un crescendo pasmoso".
Casas abren puertas a 2.000 años
Cada visitante tendrá su lugar favorito en Pompeya (quizá la Casa del Fauno, la mansión de los Vetii, la oficina del garum o, ejem, el lupanar), pero el de este enviado especial es el coqueto templo de Isis. El recuerdo de las exóticas (y muy egipcias) ceremonias que aquí se realizaron parece impregnar aún todo el recinto. Poco antes de la erupción, el templo, afectado por el terremoto del 62, fue reconstruido por un liberto como una forma de granjearse prestigio social: Popidio Ampliatus.
"Sí, mi villano es un personaje histórico, como la gran mayoría de los que aparecen en la novela", dice Harris. "He rastreado todos sus nombres. El Popidio de la narración es malvado, pero tiene una justificación muy pompeyana: de niño, su amo abusaba sexualmente de él. Incluso para esto hay documentación; reza uno de los grafitos obscenos tan frecuentes en las paredes de la urbe sepultada: "Ampliatus, Icarus te pedicat" (Ampliato, caro te sodomiza)".
Pasear por la Via dell’Abondanza, una de las grandes arterias de Pompeya, es como jugar a las visitas, con la diferencia de que en las casas que nos abren sus puertas todos llevan 2.000 años muertos. En la mansión de Octavius Quartio, los fantasmas togados parecen errar aún por los maravillosos jardines, plenos de fuentes y pérgolas en las que medran los mirlos.
En el termopolio (bar) del Lararario resuena todavía el eco de las últimas conversaciones; aquí se halló incluso la caja registradora del establecimiento con la recaudación del día de la erupción, 683 sestercios. De la fullonica (lavandería) de Stefanos emana un olor ácido: algún gracioso clasicista habrá hecho aguas menores recordando que el líquido que se empleaba para blanquear aquí la ropa era la orina, la humana generalmente, aunque la más apreciada, era la de camello.
Frente a la casa del Larario de Aquiles, una joven restauradora limpia con un cepillo de dientes un capitel compuesto. "Hay que restaurar y conservar, considera la arqueóloga Rodà. "Queda mucho por excavar en Pompeya, casi una tercera parte de la ciudad, y eso sin contar el territorio adyacente, donde había muchas villas y todas las estructuras de abastecimiento de la urbe. Pero excavar no es lo prioritario. Lo prioritario es el mantenimiento de lo que ya está excavado, que sufre tanto con las visitas masivas".
Los moldes de los cuerpos
¿Qué les parecería a los pompeyanos el desastre? "Les habrá extrañado, inicialmente", opina Isabel Rodà. "Luego pensarían seguramente que los dioses estaban enfadados. Los romanos eran más supersticiosos que religiosos. Se acordaban de santa Bárbara cuando tronaba. No sabían que el Mons Vesubius era un volcán. Después, al llegar lo peor, creerían estar ante un gran castigo divino".
De repente se oye un chillido; es una joven que acaba de ver un cadáver. Se trata del hombre sentado que se cubre el rostro, uno de los más famosos moldes de los muertos de Pompeya y la visión que más impresionó de toda la ciudad, según propia confesión, a Robert Harris. Alguien ha colocado junto a la figura gris una rosa roja.
Éste y otros de las decenas de cuerpos moldeados por el procedimiento de inyectar yeso en la cavidad que dejaron en las cenizas petrificadas al descomponerse se exhiben en el Horreum -que no significa horror, sino granero- del foro, entre una polvorienta amalgama de ánforas y cerámica.
"Unos lamentaban su suerte; otros, la suerte de sus seres queridos", escribe Plinio el Joven. "Muchos alzaban sus manos a los dioses". Un hombre en decúbito, sobre una mesa, aparece congelado en un último estremecimiento. En una vitrina, una muchacha se tapa la boca con un pliegue de la túnica. "Podías oír los gemidos de las mujeres, los lloros de los niños y los alaridos de los hombres..." Y en el centro del horror se alza la imagen misma del espanto: el perro retorcido. El destino preservó su inútil lucha por zafarse de la cadena. Todo el poder del volcán está escrito en sus estertores.