Ana María Abel
Lic. Ciencias Familiares
Carolina y Hugo solicitaron una cesárea a los siete meses de gestación de su segunda hija, dado que el diagnóstico prenatal detectó una rara malformación: al nacer viviría solo unas horas. Querían bautizarla por lo que solicitaron la extrajeran del útero en las semanas en que un niño suele ser más fácilmente viable. La beba no sólo no murió al nacer sino que, contra toda previsión médica, llenó de alegría a sus padres y hermanitos durante casi cinco meses.
Cuando nacemos ¿quién puede augurar con certeza la edad en que nos llegará la muerte? El próximo 2 de noviembre muchas familias vivirán un año más la costumbre de acercarse a los cementerios donde reposan los restos materiales de sus seres queridos. Otras, preferirán ir a la iglesia donde sienten más la cercanía espiritual con los que ya se marcharon.
Del tema del fin de la vida se han ocupado filósofos, poetas, científicos, teólogos y últimamente, en Occidente, los políticos. Leemos y escuchamos sobre proyectos de ley de voluntad anticipada, muerte digna, muerte dulce y otros falaces nombres con los que no se pretende evitar el último tramo de la vida -misión imposible- sino convertirnos en dueños de poner fin a un regalo en cuyo comienzo no intervinimos.
Los padres que no le tienen miedo a la muerte y hablan de ella con naturalidad y oportunidad, hacen que sus hijos no le tengan miedo a la vida.
Alrededor del día de los difuntos, con la oportunidad adecuada a cada edad, ¿por qué no hablar claramente de la diferencia entre encarnizamiento terapéutico y futilidades terapéuticas, entre cuidados paliativos y eutanasia?
Hay quien piensa que hoy en día es mayor el peligro de que se recurra a la eutanasia que a la futilidad terapéutica. Sin embargo, los adelantos de la ciencia médica, la tentación de algunos científicos de sentirse omnipotentes y el desconocimiento de los familiares de ciertos términos médicos, posibilitan el empleo de medios que prolongan un estado de coma o de vida vegetativa irreversible. Sin dejar de poner todos los cuidados paliativos oportunos, es preciso recalcar el respeto por el deterioro natural que conduce a la muerte.
Hablemos sin miedo, en casa, del valor de la vida humana sea cual sea su estado de conciencia. Seamos realistas al explicar a los chicos que no siempre se puede morir sin sufrir, que no todo lo que se puede hacer se debe hacer. Carece de fundamento antropológico distinguir entre vida biológica y vida personal: toda vida humana es siempre una unidad biológica y personal, por eso la atención médica a toda persona debe ser integral. Estas premisas antropológicas ayudan a entender que si vemos la vida como algo cerrado en sí mismo no queda lugar para la esperanza. Por el contrario, si permanecemos abiertos al respeto por la muerte natural, siempre amanece una luz detrás del fin.
flia@iuf.edu.uy
Habilidad lectora.
Entre los 8 y 9 años, normalmente los niños tienen suficiente habilidad lectora para comprender un texto adecuado a su edad. Les gustan los libros de acción y aventuras porque su fantasía les hace sentirse partícipes de la acción.
Los 9, la edad de la independencia.
Algunos psicólogos consideran que, en general, los nueve años en la vida de un niño puede considerarse la edad de la independencia. Si los padres demuestran confianza en sus capacidades les facilitan ir tomando sus decisiones. Conviene mostrarse cercano sin soltar toda la cuerda.