Grados

MARCELLO FIGUEREDO

En el peor de los casos, Daisy Tourné debe tener una amiga que tenga un amante que tenga una prima que tenga un padrastro que tenga un ahijado que tenga una novia a la que alguna vez hayan rapiñado en la calle. Para decirlo con un lenguaje más a la moda, a la ministra del Interior sólo puede separarla de la inseguridad ciudadana de carne y hueso un máximo de seis grados.

De modo que nuestra brava amazona no precisa prender la tele ni oír la radio ni leer los diarios para darse por enterada de la verdadera temperatura ambiente, ese fastidioso dato de la realidad que los gobernantes insisten en llamar sensación térmica; costumbre que debe venirles, dicho sea de paso, de mirar tanto informativo.

Pero volvamos al fascinante asunto de los seis grados, que parece ser una cosa muy seria. Acaba de quedar científicamente comprobado, gracias a un estudio llevado a cabo por Microsoft, que entre dos personas cualesquiera no hay más que 6,6 grados de separación; o dicho de otro modo, que se necesitan menos de siete intermediarios para vincularlas.

El experimento, que se valió de unas 30 mil millones de conversaciones electrónicas entre 180 millones de usuarios del servicio Messenger, viene a convalidar una vieja teoría nacida en Estados Unidos allá por 1969, cuando Stanley Milgram y Jeffrey Travers pidieron a 300 habitantes de Nebraska que hicieran llegar una carta, a través de amigos y conocidos, a un fulano de Boston. Cada eslabón de la cadena representaba un grado de separación y el resultado fue que las cartas recibidas por el destinatario franquearon, en promedio, 6.2 grados.

La prueba nunca fue validada científicamente, pero llegó a inspirar una película, una obra de teatro, un juego y hasta una organización benéfica. Internet y el correo electrónico terminaron de popularizarla, y el experimento de Microsoft es visto hoy como su ratificación a escala planetaria.

Alegremente, la prensa internacional aprovechó la buena nueva para entusiasmar a sus lectores con su proximidad respecto a celebridades que hasta ayer parecían inalcanzables. La Nación, por ejemplo, ilusionó a los suyos con Angelina Jolie y George Clooney, que ahora sabemos están a tan sólo seis clicks de simples mortales como nosotros.

Pero vayamos un poco más allá y metámosle miedo a la gente, que para eso estamos los periodistas y los medios según los gobernantes. Por ejemplo, ¿qué tan lejos estará un funcionario corrupto de la Aduana, o de la DGI, de aquellos que pusieron el grito en el cielo tras las declaraciones de Jorge Batlle? ¿Cuántos intermediarios harán falta para que Pepe Mujica llegue, por decir algo, a Carlos Boullosa? ¿Cuántas puertas hubieran debido golpear Marina Arismendi y sus camaradas uruguayos para conocer a Alexander Solzhenitsyn antes de que muriera?

Y volviendo a lo del principio, ¿cuántos grados separarán a nuestra Daisy de la jocketa brasileña Susana Davis? ¿Y a un coracero uruguayo del bolerista chileno Lucho Gatica? Festejen, que el mundo es un pañuelo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar