El padre justiciero

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André Bamberski

André Bamberski, de 72 años, se sobresaltó cuando, pasadas las tres de la madrugada del 18 de octubre, sonó el teléfono de su casa, en Pechbusque, un acomodado suburbio de Toulouse (sur de Francia). "Una mujer extranjera que disimulaba su voz me dijo cuando descolgué: Krombach está en la calle del Tilleul (...) cerca de la Casa de la Aduana en Mulhouse (noreste de Francia). ¡Llame a la policía!", recuerda Bamberski. El hombre buscó afanosamente en Internet el teléfono de la comisaría de Mulhouse, pero cuando habló con el agente de servicio supo que la policía ya había recibido otra llamada indicándole dónde estaba abandonado Dieter Krombach, el cardiólogo alemán al que Bamberski considera culpable de la muerte de su hija. El médico había sido secuestrado horas antes cerca de Kempten (Baviera) y trasladado a Mulhouse.

IGNACIO CEMBRERO | El Pais Madrid

La patrulla policial encontró a Krombach, de 74 años, a las 3.50 de ese domingo, tirado en la acera, amordazado, atado de pies y manos y con una herida en la cabeza. Tras identificarlo, le detuvo, pero le llevó primero al hospital de Mulhouse. Un juez ordenó después su ingreso en prisión. En Pechbusque, en la otra punta de Francia, Bamberski buscaba ya a esa hora un vuelo para Mulhouse.

Sentía un "gran alivio" mientras preparaba el equipaje, asegura Bamberski. "Estaba en la recta final de una historia que empezó hace más de un cuarto de siglo", cuando su hija Kalinka, de 14 años, murió en circunstancias extrañas en casa de Krombach en Lindau (Baviera).

"Le prometí entonces a Kalinka, ante su tumba, que llegaría hasta el final para averiguar la verdad y que se haga justicia", prosigue. "Entonces alcanzaré la paz y la serenidad". "Aún no he acabado, pero ese domingo de octubre dimos un gran paso".

EL CENTRO DE SU VIDA. "He arruinado mi carrera profesional, he gastado cantidades ingentes de dinero en esta tarea a la que estoy dedicado en cuerpo y alma desde hace 27 años, pero ahora, más que nunca, creo que ha merecido la pena aunque yo sea juzgado por secuestro y acabe detrás de los barrotes", sentencia.

Bamberski, experto en fiscalidad internacional, es un hombre pragmático. Para defender su causa en vísperas de los juicios que se avecinan ha recibido a varios medios de comunicación. En su chalet de Pechbusque habló con El País de Madrid durante horas en tono pausado mostrando documentos, mientras el sol se pone sobre el río Garona.

Su voz sólo se quiebra cuando evoca a su hija fallecida, Kalinka, bautizada con el nombre de una flor de los bosques de Mazuria, en el norte de Polonia, el país de donde es originaria la familia Bamberski que en los años `30 emigró a Francia. "Era una chavala estupenda, sonriente, alegre, deportista", afirma el padre con los ojos empañados por la emoción. "Era el centro de mi vida".

Kalinka nació en 1967 en Casablanca en el seno de una familia feliz. En la capital económica marroquí, Bamberski dirigía una empresa con 850 empleados. Allí también vivía Krombach, adscrito al consulado de Alemania. "¿Qué hacía un médico trabajando en el consulado?", se pregunta Bamberski. "¿No sería un agente secreto?".

Bamberski sólo recuerda haber "saludado un par de veces" a Krombach en Casablanca, a principios de los años `70, aunque su mujer sí debió de tener más trato con él. En 1974 la familia se trasladó a Toulouse, pero la esposa de Bamberski no tardó en dejarle plantado para reunirse en Lindau con el cardiólogo del que se había enamorado locamente. Pidió el divorcio, dejó al fiscalista la custodia de sus hijos -Kalinka tiene un hermano pequeño, Nicolás- y contrajo matrimonio con el médico alemán. Se separó de él en 1990 cuando dejó embarazada a su joven secretaria.

UNA INYECCIÓN LETAL. La adolescente pasó el verano de 1982 con su madre en la casa de Lindau. Sin que tuviera ningún problema de salud, Krombach le puso, el 10 de julio, una inyección intravenosa y, al poco tiempo, falleció. La fiscalía alemana abrió una investigación, interrogó al médico por teléfono, ordenó una autopsia del cadáver, del que se extrajeron los órganos genitales, y dio un carpetazo al asunto el 17 de agosto de 1982.

"Todo aquello me pareció incompleto", recalca Bamberski. "No se precisaba si Kalinka había tenido relaciones sexuales antes de morir, no se indicaba qué era la sustancia blancuzca que se encontró en su vagina, ni el origen de un pequeño desgarro en la vulva; ningún análisis toxicológico acompañaba la autopsia". Los forenses alemanes sí señalaron, en cambio, que las inyecciones con las que Krombach intentó reanimar a Kalinka una vez muerta eran "grotescas".

Bamberski mostró la autopsia a dos expertos en medicina legal de Toulouse. "Empecé a sospechar que Krombach había drogado a mi hija para violarla" afirma. "Mi vida dio entonces un vuelco". Dos años después presentó en Francia una denuncia penal contra Krombach. El juez instructor ordenó la exhumación del cadáver, enterrado en el cementerio de Pechbusque, y los forenses concluyeron que Kalinka falleció a causa de la inyección.

Bamberski tardó aún 11 años en obtener una condena de Krombach, juzgado en ausencia, a 15 años de cárcel por "asestar golpes y provocar heridas que ocasionaron la muerte, pero sin tener intención de causarla". Ahora debería ser de nuevo juzgado, pero por un jurado popular. "Las gestiones diplomáticas alemanas combinadas con el escaso entusiasmo de la justicia francesa explican, en parte, el retraso de tantos años", sostiene.

La orden de detención con vistas a obtener la extradición a Francia de Krombach acabó siendo lanzada por París en 1996, pero Alemania no la ejecutó so pretexto de que el caso había sido ya investigado en el lugar donde se produjeron los hechos y fue rápidamente archivado.

"Las vías legales estaban agotadas", dice Bamberski. "El homicidio prescribe en 2015. Yo tengo 72 años y Krombach 74", prosigue. "No quisiera que ninguno de nosotros fallezca antes de que se haga justicia". "No me quedaba más remedio que suplir, parcialmente, las carencias de la justicia". "En varias ocasiones", confiesa, "hubo personas que se ofrecieron a matar a Krombach, pero siempre me negué a ello". Este católico practicante asegura que la idea le repugnaba. "Busco la justicia, no la venganza", enfatiza. Su objetivo era traerlo a Francia.

Un desenlace de película

Bamberski admite que se entrevistó con personas que le propusieron "organizar el traslado forzoso" a Francia de Krombach y a las que llegó a abonar anticipos de 7.650 y 10.700 euros. "Pero eran estafadores que no volvieron a dar señales de vida".

El hombre con el que quedó el viernes 9 de octubre, en un hotel de Múnich no era de esa calaña. Tenía unos 35 años. Ambos dieron una breve vuelta en coche. "He seguido el asunto de su hija en Internet", le dijo. "Hay que acabar con la impunidad de Krombach", añadió. "¿Está usted de acuerdo con que se lo deposite en Francia?". Bamberski respondió con un "sí" rotundo. Su interlocutor, asevera, "no pidió dinero". "Fui yo quien insistí en asumir los gastos de la operación, pero no pagué ningún anticipo". Su versión no es creíble.

Krombach fue secuestrado ocho días después en la puerta de su casa por tres hombres y, como se debió resistir, fue golpeado en la cabeza. Un vecino encontró en el suelo varios objetos personales del médico y algunas gotas de sangre y llamó a la Policía. Diez horas después era "depositado" en el centro de Mulhouse.

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