APORTES PARA LA TRANSFORMACIÓN

Cinco tips del modelo educativo finlandés que Uruguay debate

Seminario Nuevos Rumbos, que organiza el Ministerio de Educación y Cultura con expertos nórdicos: ¿defienden el sistema gerencial?

Educadoras que dictaron el seminario días atrás: Salla Rohiola, Reetta Savolainen, Sini Palm y Emilia Ahvenjärvi. Foto: Marcelo Bonjour
Educadoras que dictaron el seminario días atrás: Salla Rohiola, Reetta Savolainen, Sini Palm y Emilia Ahvenjärvi. Foto: Marcelo Bonjour

En Finlandia la gente quiere ser maestro. No es un simple juego de niños ni la respuesta inocente al clásico “¿qué querés ser cuando seas grande?”. Es una profesión que adquiere prestigio social. Para acceder a un cargo efectivo hay que tener un título de grado y otro de posgrado universitario. Y la paga promedio es de 3.200 euros (unos 160.000 pesos), similar a la que perciben otros profesionales y que alcanza para cierto confort en un país en que el costo de vida es alto. Ahí radica parte del éxito de un sistema educativo que pueda jactarse de haber estado en la cima de los resultados de las pruebas PISA de buena parte de este milenio.

Por eso los últimos ponentes del seminario Nuevos Rumbos, que organiza el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) con el objetivo de diseñar propuestas de carreras que adquieran el nivel universitario, fueron de Finlandia. Estas son algunas de las enseñanzas que aportaron en su paso por Uruguay.

Profesionalización.

Mientras en Uruguay la docencia no tiene carácter universitario y los parlamentarios discuten hace años cómo debería ser una universidad de la educación, en Finlandia no existen las universidades pedagógicas (no hay una universidad que solo se dedique a la formación de docentes). Los maestros y profesores estudian en alguna de las siete universidades multidisciplinarias que, además de ofrecer carreras de todo tipo, permiten titularse como docente. Eso hace que la docencia sea una opción al mismo nivel que Ingeniería o Medicina. Y eso redunda en que los estudiantes ingresan a ella cuando acaban el bachillerato (a diferencia de Uruguay donde, en promedio, la edad de ingreso a la formación docente es más tardía porque muchos alumnos primero intentaron sin éxito una carrera universitaria).

Así como un médico se forma en Medicina y recién luego se especializa, el docente finlandés es, ante todo, un educador. Allí la enseñanza es obligatoria desde los siete años hasta que acaba lo que en Uruguay sería el bachillerato (es parte de una reforma que entró a regir en este año lectivo, hasta el año pasado la obligatoriedad finalizaba a los 16 años). Las asignaturas recién aparecen en el séptimo grado, pero los docentes trabajan de manera colaborativa.

Salvo en las suplencias, el docente accede a un cargo indefinido como cualquier otro trabajo “privado”. Y “salvo los que recién empiezan su carrera, que puede que dicten clases en más de un centro educativo, los docentes con experiencia solo se radican en un único centro”, explica Reetta Savolainen, una de las educadoras que dictó el seminario del MEC. “Los municipios hacen llamados públicos cuando hay cupos, y el que hace la selección es el director de la escuela. Es como un entrenador de fútbol que elige cuáles son los jugadores que más le interesan y sirven para su proyecto”, agrega.

Sede del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Foto: archivo El País.
Sede del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Foto: Archivo El País.

En Uruguay, el poder que adquieren los directores de escuelas y liceos en un modelo como el finlandés genera cuestionamientos en parte de la academia y el sindicalismo. Si los directores pueden designar y despedir a sus educadores, “entonces asumen una competencia gerencial propia de un ámbito privado”, cuestionó en Twitter el investigador Pablo Martinis.

En esa misma línea, la profesora Fernanda Alanís, integrante de la Intergremial de Formación Docente, dijo al semanario Búsqueda: “En varias sesiones del seminario (del MEC) apareció un fundamento claramente empresarial, enfocado a lo económico, e insistiendo en lo mal que está la educación pública uruguaya”.

Emilia Ahvenjärvi, otra de las ponentes finlandesas, defendió el mecanismo de selección del personal en su país: “Como en la mayoría de los empleos, lo que juzga el director es la calidad del docente al que contrata. En Finlandia está bien claro que la escuela es apolítica, y el docente, incluso el sindicato de educadores, tiene claro que las ideas políticas no deben pesar sobre la escuela”.

Voz docente.

En Finlandia existe desde 1973 un sindicato único de educación. Nueve de cada 10 docentes están afiliados a esa organización, la que cumple “un rol importante en las discusiones de las políticas educativas y son interlocutores muy apreciados”, dice Ahvenjärvi.

Los docentes no solo son voz de consulta, sino que son parte del proyecto educativo. El sistema comprende un marco curricular que es común para todo el país. Allí la educación se financia por completo con fondos públicos y, sin importar la propuesta, todos obedecen a ese mega-paraguas de objetivos educativos que traza el marco común: desde para qué educar hasta el cómo hacerlo.

Luego cada municipalidad adapta ese marco a sus intereses y necesidades. La escuela lo adapta a su institución, y el docente lo adapta a cada alumno.

Cambio constante.

El sistema finlandés no está acabado, porque la reforma es lo único constante. “Una de las claves es que para pensar esas reformas se invita a muchos grupos de interés: los comités de trabajo integran a docentes, académicos, representantes del mundo laboral. La ciudadanía también participa y todas las reuniones son abiertas para que el resto escuche”.

Cuando la propuesta está pronta, la tiene que aprobar el Parlamento porque se requiere una decisión legislativa para el cambio de currículo que, en promedio, se modifica cada 10 años. La última gran transformación entró en vigencia en 2016, pero las comisiones ya empezaron su trabajo de evaluación de cara a las modificaciones que entrarían en vigencia en 2026.

El currículo que rige ahora no define qué contenidos debe adquirir un estudiante, sino que se basa en un conjunto de habilidades y competencias. Para evaluar a las mismas no hay exámenes estandarizados ni tampoco calificaciones, lo que genera ciertos cuestionamientos (ver apoyo).

Tampoco existe la repetición porque, como dice Savolainen, “se anticipa en las dificultades de aprendizaje y el docente adapta el programa a las necesidades del alumno. Salvo los niños y jóvenes con discapacidades muy severas, el resto de espectros de la llamada ‘educación especial’ está integrado a la escuela convencional”.

Más allá de la evaluación del docente, cada estudiante se autoevalúa. Ese es uno de los ejes transversales, igual que el trabajo en equipo o en base a proyectos, las herramientas digitales, y el manejo de las emociones. Concluye Ahvenjärvi: “A diferencia de algunos sistemas del sudeste asiático, el modelo finlandés no está pensado exclusivamente en la salida laboral, sino en la construcción de ciudadanos libres y responsables”.

Un sistema sin calificaciones que algunos padres cuestionan

En las últimas pruebas PISA, Finlandia abandonó el podio de los países con mejores resultados alcanzados en matemáticas, ciencias y lectoescritura. Y si bien quedó posicionado “entre los de arriba”, la caída en el ranking no estuvo exenta de cuestionamientos.

En este sentido, algunos colectivos cuestionan que el énfasis puesto en el trabajo en equipo y en base a proyectos -competencias del siglo XXI, como les llaman en el currículo- ocasionó problemas de concentración para algunos alumnos y descuidó los aprendizajes más clásicos. Para el nuevo marco que empieza a discutirse en Finlandia ya hay voces que bregan por el retorno a un sistema más conductivista, que piden que el docente tenga un rol más jerárquico dentro del salón de clases y que exista una distinción por asignaturas similar al viejo modelo.

Las críticas no quedan allí. En Finlandia los docentes no están obligados a dar calificaciones hasta el octavo año. “La filosofía detrás es que el aprendizaje no tiene que estar atado a una nota”, explica la educadora Emilia Ahvenjärvi. Pero “a las familias eso les cuesta mucho entenderlo”.

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