FEDERICO CASTILLO
Con un cielo amenazante primero y un fuerte chaparrón después, Lacalle inició el día recorriendo locales partidarios y agradeciendo a la militancia. Todo empezó con un aire pesimista, pero hubo un pico de euforia cuando fue a votar.
A las diez de la mañana, el movimiento de gente y autos que había en Camino Carrasco e Hipólito Irigoyen era el de un día de semana en horario pico: frenético. Los bocinazos y el ruido en la calle se mezclaban con la expectativa y nervios que se vivía en el primer local partidario que visitó el candidato blanco. "Bienvenido a nuestra casa, presidente", lo recibió una de las militantes.
Luis Alberto Lacalle llegó con su sonrisa dibujada, saludó, posó para todas las fotos que le pidieron y habló poco. El ánimo, aunque intentó disimularlo, no era el más elevado.
Entró en cada uno de los locales que visitó para hacer las preguntas de rigor que repetiría en toda su recorrida: ¿Está todo en orden? ¿Tienen locomoción? No les dijo mucho más que eso a los encargados de los locales que visitó. Sí hubo tiempo para dar las gracias por la militancia y para algún diálogo, de esos cortitos y curiosos: "Presidente, yo conocí a su abuelo", le dijo una anciana. "Ah, qué bueno, yo también", contestó Lacalle.
Antes de iniciar la ronda por los barrios, Lacalle repitió el ritual de las últimas tres elecciones: se despertó bien temprano, tomó unos mates y agasajó a la prensa con galletitas caseras.
Después emprendió la recorrida por siete sedes partidarias, algo planificado de antemano. No hubo paradas espontáneas, el itinerario se respetó a rajatabla. De Paso Carrasco a Aires Puros, de Colón al Paso Molino y de La Blanqueda a la Unión. Durante el viaje, Lacalle no pudo dejar de observar por su ventanilla la fuerte militancia frenteamplista. De hecho, en una de las paradas le tendió la mano al conductor de un vehículo identificado con los colores del Frente Amplio. "Este debe ser un día de unidad nacional por sobre las divisiones", fue el concepto que pregonó ayer.
La lluvia se descargó fuerte cuando Lacalle salió del último local en la Unión. El chaparrón, el cielo oscuro, fue el perfecto telón de fondo para una recorrida con poco entusiasmo. Partió rumbo a su casa en Carrasco a almorzar y esperar la hora de ir a votar. Sufragó a las 17 horas en la escuela Paraguay.
Allí lo esperaba una gran cantidad de eufóricos militantes -en su mayoría jóvenes blancos- que le dieron una vibración distinta a la que se vivió en la mañana, donde todo fue más apático, resignado.
Acompañado de su hija Pilar, Lacalle ingresó a la escuela flanqueado por un importante número de jóvenes con banderas que lo recibieron con aplausos y al grito de "¡presidente!"
Luego del voto y de la interminable metralla de flashes, el candidato blanco pidió que se festeje con respeto y que se respete a los que festejen. También expresó el deseo de que en la noche se agiten todas las banderas, pero sobre todo la bandera nacional. Y con ese mensaje se fue a esperar el resultado de las elecciones.
Fuego cruzado de una vereda a la otra
Cuando Luis Alberto Lacalle fue a votar a la escuela Paraguay fue recibido por una gran cantidad de militantes blancos que flanquearon su ingreso y salida después del voto. Pero también hubo militantes frenteamplistas que quisieron estar presentes en el momento de sufragio del candidato blanco. Con banderas del Frente Amplio, un grupo de personas se ubicó en la vereda frente a la escuela y esperó la salida de Lacalle para insultarlo. Lacalle no entró en la provocación y se limitó a llevarse la mano al corazón antes de subirse a la camioneta.
Pero los militantes blancos reaccionaron y se produjo un enfrentamiento de vereda a vereda que pudo haber terminado mal. "¡Ladrón, borracho!", gritaban de un lado. "¡Asesino!", respondían del otro.