Carlos Páez Vilaró "renace" en un "estallido" de color y de alegría

Regreso. Tras un serio quebranto de salud, volvió a pintar en Casapueblo

DÉBORAH FRIEDMANN

Las pinceladas de Carlos Páez Vilaró tienen por estas horas tanto color como su sonrisa. Son "un grito de alegría". Y no es para menos. El artista está en su "renacer" después de un grave quebranto de salud.

Desde hace una semana, Páez Vilaró está de regreso en Casapueblo, su "escultura habitable" que construyó a partir de 1958, y que es, sobre todo, su lugar. Allí pasará el resto de la temporada, "muy feliz de estar frente al mar".

La palabra que más pronuncia es "gracias". Se la dice a cada uno de sus amigos como Carlos Perciavalle, China Zorrilla o Omar Gutiérrez, que lo llaman para darle aliento.

Un preinfarto hizo que lo internaran en diciembre en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires. Luego, continuó su recuperación en su residencia-atelier en El Tigre.

Son justamente esos afectos, los que el artista de 83 años cree que le hicieron sobrepasar ese "grave" momento.

"Me sentí mal. No es que le tenga miedo a la muerte, sino que uno piensa que con la muerte mueren los proyectos, el abrazo, el contacto con la familia. Me gusta seguir haciendo cosas. Mi mayor descanso es el trabajo", señala en su nuevo estudio en Casapueblo.

Es que para acceder al atelier que solía utilizar tenía que subir 90 escalones. Así que por consejo médico reacondicionó un espacio donde volvió a pintar. "Es lo único que me entretiene. Hace 15 días no tenía el mínimo deseo de mover una mano. Aproveché para preparar un libro de Casapueblo, pero ahora estoy pintando una serie de cuadros", cuenta. "Estoy pintando con mucho color. Es un grito de alegría, de felicidad por el regreso", agrega.

El artista está feliz de poder "volver a timonear" el barco de Casapueblo. "Cuando yo falto siempre se debilita la dinámica, pero tengo una tripulación de chicas y muchachos que quieren la causa y que reciben a ese mundo de visitantes que Casapueblo tiene asegurado por años", afirma.

Hoy, sus días son de "gran tranquilidad", con las visitas "dosificadas" y el consejo médico de "mantenerse un poco inactivo". Tiene que hacer "buena letra", es decir, tomar los medicamentos, comer sin sal -"porque todo tiene sal, hasta el humor"- y más adelante salir "a correr", como hacen la mayoría de sus amigos.

Fiel a su estilo, Páez Vilaró no deja de pensar en nuevos proyectos. Cuenta algunos, pero dice que en general los planes le surgen de manera "espontánea".

El más cercano es preparar una exposición para Italia. Otro, quizás "un poco loco", es hacer una suerte de "circo dinámico" para que los ciegos puedan disfrutar del arte. "No puedo comprender como un hombre puede pasar por la vida sin tener frente a sus ojos el color", comenta.

En su mente, también está el próximo desfile de Llamadas del 9 y 10 de febrero, que lo acompañan desde "toda una vida". Fue a finales de la década del 40 que Páez Vilaró volvió de Buenos Aires y buscando inspiración para su pintura se introdujo en el mundo del candombe. En aquella época, montó una pieza en un cuarto del conventillo Mediomundo y realizó sus "primeros cuadros de negros" con lavanderas, mercados y bailes a la luz de la luna. "Siempre tuve todo el apoyo de toda la colectividad negra", señala.

El tambor está pronto, pero Páez Vilaró dice que seguramente sus médicos le aconsejarán no participar de "esa caminata de varios kilómetros". Y se nota que eso lo apena. "Las Llamadas son parte de mi mismo. Cuando arrancan los tambores, es como toda la fuerza de la vida. Se funden los sonidos africanos con las voces del pueblo".

Casapueblo y llamadas en sus propias palabras

Casapueblo: "No siendo arquitecto me es difícil señalar detalles que inspiraron mi construcción o tratar de explicar el por qué de algunas de las formas, cúpulas o símbolos que integré a su cuerpo. Sólo creo tener el mérito de haberme animado a introducirme a tientas en el universo del andamio, como si fuera un ciego con bastón blanco".

"Las Batallas": "Como artista y como hombre común creo conocer mis alcances y limitaciones. Eso me ayudó siempre a afrontar las batallas y salir airoso en muchas de ellas, reconociendo que me siento generador de una energía tan positiva como creadora".

El "hacer": "El hacer es lo que más me atrapa. Lo que me mueve y me motiva, sin importarme la técnica que he de abordar o el tipo de obra que he de acometer".

Las Llamadas (crónica del año 1950): "Estamos iniciando 1950, parados en la mitad del siglo. La casa de Lungo en Santiago Gadea arde de entusiasmo y se viste de color comparsa. Unos llegan y otros parten con sus dominós planchados. Las banderas puestas en fila flamean sobre los transparentes, las estrellas de trapo temblando en lo alto de las tacuaras, son la constelación del pobrerío".

Las Llamadas (crónica del año 2000): "Un rumor de marabunta profana los oídos del barrio. Tambores que extraen sonidos de su estómago hueco, avanzan desde calle abajo acompañando el paso de la alpargata. No se pueden calcular cuántos son los que vienen engomados en la oscuridad. Sin embargo, por el sonar cadencioso de la tamborería que llega a manos del viento, se presiente que es todo el pueblo el que avanza entre las sombras".

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