Las vulnerabilidades latentes

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CARLOS STENERI

Los sacudones de las últimas semanas han vuelto a plantear dos preguntas fundamentales que están interrelacionadas. La primera centrada en la duración y evolución ulterior de esta fase de inestabilidad ubicada en el corazón del mundo desarrollado. La segunda interrogante apunta a dilucidar los efectos sobre nuestra región adyacente, y en particular vislumbrar las vulnerabilidades latentes en nuestro país frente a una reversión del entorno externo favorable.

ESTANCAMIENTO. La tradicional reunión anual organizada por el Banco de la Reserva Federal de Kansas en Jackson Hole, confirmó un mundo desarrollado estancado que continuará así por un buen tiempo a pesar de los anuncios de apoyo manifestados por el titular de la Reserva Federal de Estados Unidos. Su discurso fue una pieza finamente tallada para decir de manera elegante. Para empezar, señaló que la demanda norteamericana está aletargada tanto a nivel del consumo corriente como de la inversión, lo cual justifica que la FED continúe con una política monetaria laxa de tasas de interés prácticamente cero. Más importante aún fue plantear que la potencia de ese instrumento está condicionada por la política fiscal y las decisiones del cuerpo político. En tal sentido, agregó que sus antagonismos irreductibles de los últimos meses acarrearon costos económicos significativos y que además atentan contra la velocidad de la salida.

En otras palabras, eso delinea un panorama complicado donde se mezclan decisiones de los agentes económicos de aumentar su ahorro para recomponer su solvencia futura, pero a costas de frenar el nivel de actividad en el corto plazo, junto a un sector dirigente abroquelado en trincheras ideológicas que empercuden la efectividad de las políticas económicas.

También otros discursos dejaron traslucir desconcierto sobre el qué hacer y el rumbo de los acontecimientos. La única referencia histórica válida para sacar enseñanzas y no repetir errores es la crisis de 1930 que, a pesar de varias similitudes con la actual, estaba inserta en un mundo diferente, hecho que inhabilita la traslación automática de ciertas políticas y los resultados esperados.

En ese arenal de incertidumbres queda incluida de pleno Europa, con un futuro que no presagia otra cosa que crecimiento anémico y una muy probable recomposición de la Unión Europea que llevará tiempo y descargará tensiones en el plano económico internacional.

BIFURCACIÓN INESPERADA. Poco menos de una década atrás, Estados Unidos y Europa eran las locomotoras que arrastraban al mundo. Ese tránsito hizo que China y su periferia se acoplaran como vagones de cola acelerando su crecimiento, hasta que los episodios de Lehman Brothers en 2008 revirtieron los papeles. Los vagones asiáticos se transformaron en las nuevas locomotoras y con ello arrastraron a nuestras economías.

La cuestión es saber si esto es temporal o permanente. Aun apostando a la permanencia del proceso, no queda resuelto el tema de su potencia, expresado en el nivel de la tasa de crecimiento. Y sobre ello corresponde preguntarse si China podrá continuar duplicando su Producto Bruto en menos de una década como hasta ahora.

Sobre esta bifurcación histórica inesperada han quedado envueltos la región aledaña y nuestro país, convirtiéndolos en receptores de una bonanza sin precedentes en los tiempos recientes. Pero también la crisis actual del mundo desarrollado plantea interrogantes sobre la sostenibilidad de ese escenario y las consecuencias de su eventual reversión sobre nuestro país.

REALIDAD Y RESPUESTAS. Un comentario que circula frecuentemente en estos días es que nuestros países se han convertido en usinas exportadoras de materias primas, en particular alimentos. Esta afirmación lleva implícita la idea de que es un crecimiento con pies de barro pues implica niveles escasos de industrialización. En mi caso opino lo contrario. Crecer exportando productos primarios, si se hace a través de aumentos de productividad es tan o más genuino que la manufactura de materias primas, a veces éstas de origen importado. Hasta diríamos que su desafío es mayor, pues su resultado depende de la aleatoriedad de la naturaleza. Y por último, es una de las actividades que explicita el potencial productivo básico del país. Por lo tanto, por ese lado solo existen las vulnerabilidades propias de cualquier actividad productiva, y hasta quizás en menor grado pues en una eventual fase descendente del ciclo, los recursos dormitan pero no se destruyen como los parques industriales.

Tampoco existen vulnerabilidades mayores ante una reversión temporal de los flujos de capital, secuela propia de una fase descendente del ciclo mundial que carga de aversión al riesgo a los agentes económicos. El país ha aprendido a protegerse de ese evento, y ejecuta a rajatabla una política adecuada en ese sentido. Las reservas acumuladas, por el Banco Central y el Gobierno Central, otorgan una cobertura adecuada ante un evento de índole temporal.

Pero aún subyacen fuentes de vulnerabilidad importantes que no han sido resueltas. En primer lugar corresponde citar el nivel del gasto público. No es tan solo su monto, sino que en su estructura hay erogaciones permanentes financiadas con recursos que dependen del ciclo económico, hasta ahora en fase positiva. Reconozco que es un tema de difícil resolución, que muchas veces escapa al dominio de los responsables de su manejo, pues depende como en todos lados de la impronta política de turno. También de la expectativa ciudadana, donde comúnmente todos aspiran a más y nadie quiere aparecer de aguafiestas, salvo los denostados economistas. Pero ello no es excusa para negar que pueda haber un problema en ciernes. La historia de estos países, y el nuestro en particular, es que siempre vamos pasados en el gasto, bajo la presunción que los recursos fiscales son permanentes, hecho que supone que el ciclo económico no tendrá altibajos. La experiencia certificada por la academia muestra que corregir esos excesos, hecho inexorable si la ocasión obliga, tiene altos costos sociales que recaen mayoritariamente sobre los sectores más vulnerables.

La segunda fuente de vulnerabilidad proviene de las oportunidades perdidas en épocas de bonanza. Sin duda que el no hacer implica costos cuantificables que se profundizan en momentos de crisis. El razonamiento inverso también es válido: tomar decisiones adecuadas potencian los resultados en la fase ascendente de la economía. Ante nuestros ojos tenemos dos ejemplos obvios. A mediados de los noventa comenzaron simultáneamente las gestiones para modernizar los puertos y los ferrocarriles. En aquel entonces me tocó ser testigo de gestiones y episodios ante los organismos multilaterales de crédito que hoy muestran dos realidades distintas. Una actividad portuaria en expansión creciente, con aportes significativos al Producto Bruto aprovechando la bonanza externa, en tanto que la operativa de AFE balbucea sin contribuir significativamente a la riqueza nacional. ¿Alguien midió y se hizo responsable de las consecuencias de no dejar hacer? Ese razonamiento se puede extender a otros circuitos de la esfera pública, donde las empresas del Estado nos deben a sus accionistas, la ciudadanía, servicios más baratos. Y para ello son necesarias reformas profundas, que sin despojarlas de su propiedad pública, se desprendan de una impronta corporativista que actúa en beneficio propio e impide el tránsito hacia mayores umbrales de eficiencia.

Por último, una mención a la educación. Hace tiempo que dejamos de educar a las nuevas generaciones para las épocas que se avecinan, donde prosperarán las sociedades con mayor acumulación de talento. En consecuencia, acciones para su reforma y puesta a punto son un capítulo ineludible de las reformas pendientes.

Todos estos procesos se facilitan en las épocas de bonanza, pues el cuerpo social está distendido y hay disponibilidad de recursos para ejecutarlas.

Sin duda, a pesar de los dichos y las intenciones, se va a paso cansino. Seguir así es desaprovechar las oportunidades que aporta la actual bonanza y agregar vulnerabilidades para enfrentar condiciones externas inciertas.

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