no es posible entender el desarrollo económico y social sin el basamento de las nuevas tecnologías

"Habemus futuro" con trabajo

La digitalización se extiende, está modificando nuestra forma de vivir y de trabajar, y tiene consecuencias en la gestión de las organizaciones y en el empleo. Los cambios están siendo rápidos, intensos, exigen adaptabilidad y habilidades para aprovechar las oportunidades que van surgiendo.

Digitalización. Foto: Pixabay
En la transición hacia la automatización, se proyectan varias fuentes de demanda laboral

Semanas atrás en Estados Unidos, declaraciones de Guy Ryder, Director General de la OIT, fueron coincidentes con mi visión acerca de la Economía Digital: “Hay que intentar aprender de la historia y analizar lo que ocurrió con las tres primeras revoluciones industriales: después de un período de turbulencias y ajustes, salimos de ellas mejor de lo que comenzamos, con más trabajos y superior calidad de vida”.

La digitalización se extiende, está modificando nuestra forma de vivir y de trabajar, y tiene consecuencias en la gestión de las organizaciones y en el empleo. Los cambios están siendo rápidos, intensos, exigen adaptabilidad y habilidades para aprovechar las oportunidades que van surgiendo. Las empresas deben competir con compañías que basan su producción en diseño, algoritmos, inteligencia artificial, IoT (internet de las cosas), plataformas digitales, Big Data, maching learning, blockchain y cloud computing.

En el siglo XXI no es posible entender el desarrollo económico y social sin el basamento de las nuevas tecnologías, y es a partir de ello que empresas y trabajadores irán construyendo su transformación digital. Ambos segmentos están en un punto de inflexión que los obliga a adoptar un desempeño inteligente y colaborativo; lo contrario no derivará en otro resultado que no sea exclusión social y productiva.

Es cierto que la incorporación de tecnología puede causar un importante desplazamiento de trabajadores, pero la historia nos ha demostrado que en el corto plazo aumenta la productividad, y a la larga crea puestos de trabajo y dispara la demanda de gran parte de los existentes; ¡más que compensar la cantidad de los empleos que destruye!

Las alteraciones que esto aparejará en el mercado de trabajo dependerá tanto en sus tiempos como en sus formas: de las posibilidades económicas de cada país, de cómo estén organizados productivamente sectores y empresas, de la regulación laboral vigente y del salario prevaleciente.

Para no quedar empantanado entre la teoría o mi subjetiva perspectiva, quisiera traer a colación el último Report de McKinsey Global Insitute. Éste vaticina para el 2030 un escenario global en el cual habrá transformaciones que igualarán o incluso superarán en escala lo que hemos visto en el pasado en la agricultura, así como en la industria.

Sin embargo, en los países de los cinco continentes que se han venido analizando hasta el momento —México, Perú, Brasil, Argentina y Chile en el caso de Latinoamérica— menos del 5% de las ocupaciones serían completamente automatizadas; lo mismo sucedería con un tercio de las actividades que conforman el 60% de los actuales puestos de trabajo.

Asimismo, entre el 0% y el 30% de las horas que hoy se trabajan podrían sufrir ese mismo destino. Esta tendencia irá decreciendo en la medida que las instancias laborales involucren la gestión de personas, la aplicación de conocimientos, interacción social; es decir, donde las máquinas no pueden igualar el rendimiento humano.

Aún sin la automatización, durante esta transición McKinsey pronostica varias fuentes de demanda laboral:

• El aumento de los ingresos y el consumo proveniente de las clases consumidoras perteneciente a las economías emergentes.

• El envejecimiento de la población, lo cual modifica su patrón de gasto principalmente en salud y servicios personales.

• El desarrollo de tecnología que seguirá creciendo, en especial en la utilización de las TIC y continuará generando empleos con altos salarios.

• La inversión en infraestructura y construcción, en la medida que se quieran revertir las brechas existentes.

• La proyección de las energías renovables, en la búsqueda de la eficiencia energética y la adaptación al cambio climático

• La "Marketización" del trabajo anteriormente no remunerado y que ya es frecuente en las economías avanzadas.

Sin perjuicio de ello, la transformación digital es una senda sin retorno que exige utilizar la apropiada brújula para que las empresas desarrollen su dimensión on-line como consecuencia del conjunto de prácticas de gestión que incorporan las TIC y particularmente Internet. Esto conlleva a entender que las decisiones que en forma progresiva se irán adoptando, serán resultado de la gestión de “datos”, más que de procesos orientados a resultados.

Por supuesto, no puede quedar fuera de este plató el actor gubernamental; éste tendrá un papel fundamental para garantizar que los mercados laborales y las economías prosperen durante esta transición. También desde este ámbito se deberá integrar crecientemente la gestión de “datos” para asegurar a ciudadanos y consumidores: instituciones transparentes y participativas, mecanismos de rendición de cuentas, políticas pertinentes para asegurar la igualdad de oportunidades, evitar los monopolios pero por sobre todo: facilitar la movilidad de los trabajadores.

Con firme intención de mitigar el miedo y ver el “humo blanco”, que nos permita poner foco en el trabajo del futuro más que en el futuro del trabajo, concluyo con otra frase ajena; en este caso de Robert Shiller, Premio Nobel de Economía y Profesor de Yale: "No se puede esperar que se queme una casa para comprar un seguro contra incendio. No podemos esperar hasta que haya dislocaciones masivas en nuestra sociedad para prepararnos para la Cuarta Revolución Industrial”.

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