El significado de la reactivación

El país acaba de enterarse de los principales resultados económicos correspondientes al año pasado, lo que —ante todo— revela el considerable atraso con que se sigue generando esta información relevante. Pero no es esta comprobación la que hoy merece destacarse, sino la magnitud de las cifras publicadas, sus significados en el marco del funcionamiento general actual de la economía, y algunas evaluaciones que desde el gobierno se han formulado al respecto.

CIFRAS IMPACTANTES. Que el país vive una recuperación económica importante es un hecho innegable. También lo es que, no obstante el incremento del empleo, dicha recuperación aún se nota poco en los ingresos y las condiciones de vida de la gran mayoría de la población. Esta característica se presenta asociada al protagonismo agroexportador de esta reactivación caracterizado, tanto por su escasa capacidad para generar nuevos puestos de trabajo, como por su insignificante incidencia —directa o indirecta— sobre el nivel medio de los salarios.

Sin embargo, creo que todos hemos sido sorprendidos por las cifras dadas a conocer la semana pasada, superando expectativas que, a su vez, habían sido reiteradamente corregidas al alza durante el transcurso del segundo semestre del año pasado. En particular, impresionó el comportamiento de la economía en su conjunto —y del agro como sector individualmente considerado— en el cuarto trimestre.

Es verdad que, cuando la base de comparación es tan pobre como la de 2002, gran parte de cualquier eventual crecimiento al año siguiente tiene que ser explicado por lo que en la práctica se suele llamar "efecto rebote". Pero también es cierto que en la evolución de 2003 hay más que eso y ello se debe a la reversión que ha sido posible comprobar en la conducta de algunas variables muy importantes, como las que refieren a algunos precios y mercados relevantes para la producción uruguaya; un flujo de inversiones que, sin llegar a los niveles que el país necesita, inyectó un mejor ritmo al nivel de actividad, y —desde una perspectiva interna— los efectos del nuevo régimen cambiario, la disciplina monetaria y la estabilidad derivada del correcto tratamiento asignado a la deuda pública.

Pero hay un problema importante que se detecta al escuchar las evaluaciones que sobre esta recuperación se comunican desde el gobierno. No tanto por lo que han opinado los ministros de Economía y de Ganadería, Agricultura y Pesca, que pusieron un enfático acento en la rapidez con la que llegó esta recuperación y las magnitudes "nunca vistas" que registra. La dificultad mayor radica en el enfoque que le asigna el propio Presidente de la República, que no contento con anunciar que Uruguay crecerá más que China en los próximos años, ya da por superada lo que él mismo llama "crisis".

ERROR DE DIAGNOSTICO. Más allá de la audacia de los pronósticos, que es lo que importa menos, esta postura entraña una deficiencia grave en el diagnóstico sobre el proceso económico del Uruguay y en la percepción, tanto de la fase actual de dicho proceso, cuanto de sus perspectivas de futuro.

Así, en la visión presidencial, el concepto de crisis se utiliza para identificar el lapso durante el que se gestó su notorio y más reciente agravamiento, o sea el comprendido entre el segundo semestre de 1998 y fines de 2002. Pero si se comparte que la crisis económica uruguaya, entendida como una realidad esencialmente estructural, arraigada, durable, asociada a factores que operan desde hace décadas en el país, entonces se llegará a la conclusión de que la reactivación en curso, no sólo no significa una superación de tal realidad, sino que puede transformarse en una coartada para evitar las profundas transformaciones que el interés nacional reclama desde hace mucho tiempo.

Es que el actual crecimiento, aún manteniendo un buen ritmo en los próximos años, no hace desaparecer —por sí solo— los indiscutibles obstáculos estructurales que el Uruguay exhibe y que constituyen la principal explicación de la crisis, incluyendo, el agravamiento de los últimos años.

A PESAR DE TODO. Para empezar, esta recuperación no responde a una formulación consciente de prioridades a promover en el marco de un proyecto nacional de especialización productiva que, por encima de partidos y de gobiernos, el Uruguay tendrá que definir y poner en práctica sabiendo que es el sendero transitado por todos los países exitosos del mundo. Este es un marco imprescindible para potenciar las posibilidades productivas del país.

Esta recuperación no obedece al apoyo del sistema financiero a la inversión productiva, como consecuencia de nuevas orientaciones que incluyan operaciones a mediano y a largo plazo en moneda nacional acordes con el horizonte temporal de maduración de dicha inversión y sin el riesgo de impactos cambiarios traumáticos como los de 1982 y 2002. Más bien es al revés. Se materializa no sólo a pesar de una estructura bancaria que todavía no está preparada para apoyar a un país que asigne a la producción la prioridad esencial de la economía, sino destinada a reducir un gravoso endeudamiento que se contrajo como consecuencia de un comportamiento de la intermediación financiera que debe ser transformado.

Esta recuperación no es el resultado de un Estado que, liberado de sus pesadas cargas, funcione eficientemente y conduzca con el objetivo de promover y multiplicar las oportunidades del sector privado, ofreciendo al mismo tiempo precios de los bienes y servicios públicos que sean coherentes con un desarrollo adecuado de las actividades de dicho sector. Por el contrario, es una recuperación que, en muchos casos, ha tenido que vencer impactos negativos de una presión fiscal excesiva —directa consecuencia de un Estado caro— sobre las posibilidades de competencia de la producción.

Esta recuperación no ha sido estimulada por un sistema tributario que, además de justo y eficiente, se caracterice por su aptitud para premiar el esfuerzo productivo, otorgando —por ejemplo— tratamientos tributarios favorables a la inversión y a la creación de empleo. Ha sido al revés. Y, por si fuera poco, desnudando situaciones sumamente ilustrativas. En efecto, la vigencia de una estructura tributaria antagónica con las necesidades de la producción —componente fundamental de la presión fiscal excesiva a la que se aludió antes— ha sido un obstáculo a vencer por aquella. Por otra parte, la agroindustria alimenticia, motor de esta recuperación, es uno de los sectores que menos tributos nacionales paga en la actualidad.

Esta recuperación no se inscribe en una definición de criterios claros, conocidos y permanentes en materia de política exterior, que sobre la base de una atención prioritaria al proyecto Mercosur, encare esta experiencia, como una acumulación de fuerzas para incrementar nuestras posibilidades de proyección hacia otras regiones y bloques de integración en el mundo. La importancia que el ministro de Economía le da al hecho de que hoy Uruguay le venda más a Estados Unidos y a Alemania, que a Brasil y a Argentina, revela que subsisten problemas de enfoque en este ámbito de preocupaciones nacionales. Entendámonos: está muy bien que Uruguay incremente sus ventas a países como Estados Unidos y Alemania, y hay que seguir procurando que esas ventas crezcan. Lo que genera dudas es que la comparación con las ventas a Brasil y a Argentina se incluya entre los elementos de juicio positivos. Si es cierto que el proyecto Mercosur es prioritario para Uruguay, entonces algo importante funciona mal para nuestro país y hay que corregirlo. Cuando ello ocurra, seguramente Uruguay podrá seguir vendiendo bien en el mundo desarrollado, pero también en el Mercosur.

Esta recuperación no se siente aún en los ingresos y las condiciones de vida de la mayoría de la población, lo que no sólo no atenúa en lo más mínimo la necesidad de incrementar los esfuerzos en el área de las políticas sociales, sino que tampoco puede subsanar la deficiencia estructural más importante que el Uruguay padece en este campo, que es la que refiere a un marco institucional que supervise y coordine estas actividades.

Desde la perspectiva de la importancia crucial que es preciso asignar a la formación educacional, así como al desarrollo científico y tecnológico, se pueden extraer conclusiones similares a las que se comentaron a propósito de la política exterior. La recuperación actual no es hija de progresos en este campo, pero si los hubiera, su potencialidad se multiplicaría.

En todo caso, todas las apreciaciones precedentes pretenden ubicar esta etapa que vive hoy el Uruguay en una visión más extendida acerca del pasado y el futuro de la economía nacional. Pero no están destinadas a oscurecer o eliminar sus aspectos positivos. Mirando hacia delante, siempre es mejor emprender cambios en un escenario de crecimiento. La clave estará en saber encontrar el mejor balance entre continuidades y rupturas, de modo que —al tiempo que se cambia— la expansión se consolide.

Por DANILO ASTORI

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