Los bancos han soportado nueve meses brutales desde que se congelaron los mercados de crédito en agosto de 2007. Las pérdidas y la baja de valor de activos suman US$ 335.000 millones y muchos de sus mejores negocios han desaparecido. En las economías desarrolladas, casi todos los bancos están enfrentando vientos económicos y regulatorios de frente que reducirán sus ingresos y su nómina salarial.
Pero el mayor peligro que enfrentan las finanzas occidentales no es una caída en su poder de obtener ganancias, sino una pérdida de confianza en la manera que funcionan.
El sector enfrenta dos críticas, una basada en la equidad y otra en la eficiencia. La primera sostiene que las finanzas están armadas para enriquecer a los operadores bancarios, en vez de a sus clientes, los accionistas o la economía en general. Algunos se preocupan por la manera en que se calculan los premios que reciben los operadores; otros están preocupados por el "riesgo moral", esto es, los operadores bancarios hacen apuestas alocadas porque saben que serán rescatados por el contribuyente. Basta ver lo que pasó con Bear Stearns o con Northern Rock.
La segunda pregunta, más profunda, es si es eficiente un enfoque de las finanzas basado en el mercado. Algunos funcionarios chinos sostienen que la crisis ha demostrado que el sistema occidental no sirve. Recientemente, el presidente de Alemania demandó que se "ponga en su lugar" al "monstruo" de los mercados financieros: los operadores bancarios han causado una "destrucción masiva de activos", se quejó.
A los críticos no les falta munición. Las fallas en el otorgamiento de crédito en el mercado de hipotecas subprime no reflejan precisamente una asignación sabia de capital. La opacidad del sistema bancario en las sombras y la complejidad inimaginable de esos productos tóxicos con respaldo en activos han planteado dudas sobre la disciplina de mercado.
Hay que tener cuidado. No es solo que una corrida regulatoria rara vez es acertada: basta ver la ley Sarbanes-Oxley, una ordenanza aprobada presurosamente luego de los escándalos corporativos a comienzos de esta década. El actual ataque es peligroso porque mezcla una cantidad de pequeñas verdades con un mito grande y atractivo. Las verdades menores conciernen las maneras en las que se puede hacer un poco más eficientes a las finanzas. Pero se pueden hacer esos cambios sólo si uno rechaza el mito: que se pueden eliminar de algún modo las fallas y perfeccionar las finanzas. Las burbujas, los excesos y las calamidades son parte del paquete de las finanzas occidentales. Aún así valen la pena.
Algunos cambios son deseables e inevitables. La mayoría de ellos serán provocados con retraso por el mercado mismo, especialmente bajo la luz de la transparencia. El negocio hipotecario de Estados Unidos ya se ha transformado. Cientos de prestamistas no regulados han desaparecido, así como el supuesto de que los precios de las casas no caen. La demanda de productos complejos securitizados se ha reducido a la nada y los más complejos pueden llegar a no volver jamás. El pronóstico más seguro en la actividad bancaria es que la próxima crisis no tendrá su centro en el mercado hipotecario.
Los responsables de los entes reguladores también tienen que aprender algunas lecciones. La mayoría de ellas corresponden a dos categorías. La primera es que hay que tener una visión más amplia del riesgo. Eso significa que también hay que mirar los activos fuera de balance y la exposición bruta (Jérôme Kerviel, acusado de perder US$ 7.200 millones de Société Générale, no fue descubierto porque los gerentes sólo estaban atentos a sus posiciones netas).
El segundo cambio de filosofía que se necesita es obligar a los bancos a construir resguardos en los buenos tiempos de modo de tener defensas más fuertes cuando lleguen los malos tiempos. El sistema ha amplificado los extremos del ciclo. La contabilidad de valores justos, que valúa los activos de acuerdo a los precios corrientes de mercado en vez de su valor histórico, lleva a espirales descendentes (y ascendentes) de los precios de los activos, y por tanto al apalancamiento. Los modelos de riesgo de los bancos han tenido la mirada vuelta hacia atrás, por lo que ningún momento pareció más seguro que el previo al estallido de la burbuja.
Estos cambios por cierto que tendrán un costo, que es un motivo para sopesarlos de modo más cuidadoso que lo que lo hicieron quienes elaboraron la ordenanza Sarbanes-Oxley. Tendrían el efecto de aumentar la cantidad de capital y liquidez que los bancos reservan cuando se acumulan los riesgos y reducir la cantidad de apalancamiento que pueden usar. Eso reduciría el tamaño y la capacidad del sector, aunque no el tamaño de instituciones individuales: un resultado de la crisis es que los bancos universales probablemente se vuelvan más grandes al buscar los beneficios de la diversificación.
Haciendo el balance resulta que estos costos valen la pena para hacer un poco más seguras las finanzas. Otras reformas no pasan esa prueba. Por ejemplo, limitar su paga u obligar a los operadores bancarios a invertir su propio dinero en sus negocios no evitará los riesgos morales. Las principales causas estructurales de los problemas -la mala evaluación colectiva del riesgo; la búsqueda imperiosa de rindes y la falla de la supervisión- son profundas. En la historia financiera reaparecen una y otra vez.
DULCE CONDENA. Se premia con razón a los financistas por correr riesgos, que por su naturaleza no pueden ser administrados o anticipados por completo. La tendencia a que el éxito provoque complacencia e irresponsabilidad está tan enraizada en los mercados financieros como en cualquier otro orden. No importa cómo se pague a los banqueros, no pueden simplemente ignorar un boom del crédito; tienen que seguir bailando. Los reguladores no tienen el conocimiento, el peso (y a menudo el talento) para poder controlar el siguiente invento brillante de los bancos.
Eso suena como una condena hasta que se piensa en las alternativas. Las finanzas occidentales, parafraseando a Churchill, son la peor manera de asignar capital, excepto por todas las demás formas. Es obviamente mejor que el desperdicio y la disfunción que se ve en China, donde el capital centralmente planificado es entregado a los que tienen buenas conexiones. Pero también es mejor que el sistema financiero que occidente tenía antes. Gracias a la asombrosa innovación de las últimas décadas, los derivados pueden ayudar a las firmas e inversores a cubrirse contra riesgos.
La securitización amplía el acceso al capital para quienes necesitan crédito y a los activos para los inversores: puede financiar todo, desde servicios de agua corriente hasta estudios de cine. El apalancamiento pone a compañías perezosas al alcance de inversores decididos y más casas al alcance de consumidores más pobres.
Es cierto que los financistas han disfrutado de inmensas ganancias y los salarios inmensos que las acompañan (la paga en los bancos de inversión estadounidenses ha sido casi diez veces el promedio nacional). Pero el colapso de la burbuja del crédito acabará con todo eso. Y pese a todos los desastres, hay señales de que las finanzas tienen capacidad de recuperación.
En los últimos meses los bancos han gozado de suficiente confianza como para obtener US$ 200.000 millones en capital nuevo de los inversores. Bear Stearns y Northern Rock fueron calamidades, pero hechos aislados, porque las inmensas pérdidas generales se dispersaron extensamente. Esta vez no hubo recapitalización general del sistema por los gobiernos. Después de veinte años de crecimiento, las fallas de las finanzas modernas están a la vista. Pero no se deben olvidar sus puntos fuertes.