La semana que transcurrió, mostró nuevamente un panorama internacional surcado de luces y sombras.
Comenzando por las nuevas noticias, la reunión del G20 los días 25 y 26 de mayo en Corea del Sur muestran que la comunidad internacional ha entendido de una vez por todas que la crisis actual tiene alcance global y, por tanto, se debe actuar en consecuencia. Eso implica que las economías emergentes dejaron de ser el problema acuciante en una situación de crisis, para convertirse ahora en pilares básicos de la salida. Sin duda, es un avance significativo hacia un multilateralismo con más contenido global que reconoce el papel que juega hoy lo que hasta hace poco más de una década se lo consideraba periferia económica. Hoy China, India, Rusia y Brasil representan una parte del mundo de la que no puede prescindirse por lo que implican desde el punto de vista económico y, por ende, político.
De todos modos, los fulgores de la crisis centrada en los países desarrollados ocultan la verdadera dimensión de ese avance significativo del cual no habrá retrocesos posibles. Los que están ahí sentados hicieron que el G20 adquiriera legitimidad como nuevo agrupamiento político que tendrá a cargo, al menos en los propósitos, asesorar en los manejos propios de una salida de una situación que cada vez se va haciendo más compleja.
Y de aquí en más se entra en la faz donde la comunidad internacional y el G20, en particular, comienzan a sumirse en las sombras. Las visiones antagónicas o la indiferencia de cómo instrumentar la salida son su denominador común. En definitiva, se está lejos aún de proyectar acciones coordinadas pues en ciertos temas cardinales los disensos son extremos.
Fue así que el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, Timothy Geithner, sostuvo que era prematuro retirar los estímulos fiscales y monetarios destinados a promover el crecimiento, pidiéndole explícitamente a Alemania y Japón que hicieran lo suyo en esa materia. A ello agregó que debía evitarse la utilización del tipo de cambio como herramienta para expandir las exportaciones, en clara referencia al debilitamiento reciente del euro. De paso, le mandó el mensaje a China que debe abandonar su política de manipular su moneda con el mismo propósito. A su vez, en el Congreso está en discusión y en vías de aprobarse un marco regulatorio del sistema financiero norteamericano que, por definición, tiene implicancias globales. Y en eso se viene actuando como si se tratara de un sistema cerrado cuya operativa queda centrada casi exclusivamente en el mercado doméstico.
Prácticamente de manera simultánea, el gobernador del Banco Central Europeo recalcó la necesidad de aplicar el freno fiscal para mejorar la confianza del inversor. De lo cual se hizo eco inmediato la canciller de Alemania, Angela Merkel, en ese mismo sentido, en tanto que casi al mismo tiempo el presidente Nicolas Sarkozi comentó públicamente que entendía que el euro estaba convergiendo a valores que permitían mejorar la competitividad europea.
Y en todo ello, Japón se encamina sin rumbo en una meseta de crecimiento económico prácticamente nulo.
En definitiva, todo hace prever otra ronda de discusiones donde el empate de posiciones antagónicas parece ser su resultado más probable, lo cual implica falta de coordinación y, por ende, segmentación en las políticas para enfrentar un problema global que no tiene parangón desde la crisis de 1930. Lo descorazonador de la situación es que la historia enseña que esos atributos también estuvieron presentes en aquel momento, ahondando sus costos económicos, enlentenciendo la velocidad de la salida y propagando crisis políticas por doquier.
¿QUÉ ESTÁ PASANDO? Es muy probable que la mayoría de los cuerpos políticos de los países afectados por las crisis se encuentren en algo que es común a la condición humana: cuando se enfrentan a una mala noticia como lo es una enfermedad seria, se comienza por negarla para inmediatamente ir en búsqueda de una solución mágica que le impida aceptar sus implicancias, sus verdaderas causas y actuar en consecuencia.
En la práctica esto se resume en respuestas balcanizadas, con tintes locales que pierden de vista que se trata de resolver problemas que tienen dimensión global. No se trata de barrer para afuera pues en este caso se trata de un juego de suma negativa: la eventual ganancia de unos, no es tan sólo la pérdida de otros sino que también arriesga desatar una ronda de efectos negativos en materia de estabilidad económica a lo largo y ancho del planeta.
En un mundo donde se disolvieron las grandes hegemonías y por ende los liderazgos entre pocos, la vivencia entre pares agrega una dimensión que es propia del multilateralismo: la lentitud en procesar respuestas adecuadas. Sin duda, es uno de los costos a pagar como consecuencia de que las cuotas de poder político están más fragmentadas.
¿QUÉ HACER? La eurozona presenta el caso típico de lo que no se debe hacer cuando se enfrenta una crisis sistémica que se ha esparcido por casi todo el viejo continente. Con algunos tirando para su lado y otros haciéndose los distraídos han buscado encapsular el problema como una situación que afecta a pocos y que es producto de su displicencia. Más allá de alguna razón al respecto, muchos de los países que hoy muestran sobre endeudamiento, tanto en su sector privado como público, fue gracias a los recursos aportados voluntariamente por la banca de naciones líderes de la Unión Europea. Ese estado de cosas ha puesto en riesgo su unidad monetaria y por ende la integridad de su proyecto político. Y a nivel sectorial, ha desnudado debilidades cuyo epicentro se encuentra en el sistema financiero y la insolvencia de la deuda pública de varios países.
Como vía de resolución, el catálogo de medidas apropiadas comienza por equilibrar las relaciones comerciales entre socios, permitiendo que los países con exportaciones netas negativas dentro de la euro zona puedan revertir esa situación. Eso implica medidas monetarias y cambiarias de corto plazo que pueden ir a contrapelo del proyecto comunitario, con el propósito de generar espacios para introducir reformas que permitan mejorar su productividad.
En paralelo, la insolvencia de la deuda pública debe atacarse frontalmente analizando caso por caso para buscar la solución más eficiente.
En tercer lugar, los días pasados han mostrado que mucho resta por hacer en materia de regulación bancaria con una concepción global, despejada de todo provincialismo. Formas de intermediación financiera con institucionalidad inadecuada, que incluyen a Francia y Alemania, con capacidades de valuación de riesgo crediticio escasas, adicionaron otro talón de Aquiles a la complejidad de la situación. A eso se agrega que la línea demarcatoria entre la banca de inversión y la banca tradicional sigue luciendo totalmente desdibujada, posibilitando la aceptación de riegos excesivos.
CONCLUSIÓN. No es casualidad que en estos días pasados, los mercados hayan expresado su fastidio con caída de precios y aumento de la volatilidad como resultado de un panorama que no muestra una estrategia clara de salida. Por el contrario, todavía existen visiones antagónicas de qué hacer en temas cardinales como la permanencia de los programas de estímulo fiscal y monetario. A eso se agrega que algunos todavía creen que el problema es de otros o que, al menos, pueden descargar parte del esfuerzo hacia afuera.
Por último, aunque la reunión del G20 muestra los avances en analizar globalmente el problema e intentar obrar en consecuencia de manera coordinada en la instrumentación de la salida, resta mucho camino por recorrer. Esto se desprende de los diagnósticos contradictorios que operan en su seno y, por ende, sus propuestas de salida.
En consecuencia, niveles de crecimiento por debajo del potencial, la atonía de los mercados financieros y la volatilidad serán en el ínterin sus compañeros de ruta.