VIDAS

Una vida con el enemigo cerca

Un libro de Diego Bracco presenta información desconocida sobre el rapto de mujeres de origen europeo a manos de indígenas y gauchos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Detalle de cuadro de Juan Manuel Blanes "La cautiva".

Corría mayo de 1800. Francisca Elena Correa era viuda y tenía 40 años. Charrúas y guenoa-minuanos irrumpieron en la casa a orillas del arroyo Malo, en lo que hoy es el departamento de Tacuarembó. Durante el ataque, su hija de siete años fue herida por una flecha. Probablemente la niña estaba fuera de la casa cuando llegó el malón y no atinó a guarecerse junto a los adultos. Al ver que los indios se llevaban a su hija herida, Francisca Elena decidió acompañarla.

En el escenario de los verdes paisajes del Norte uruguayo en los que pacíficas ovejas alternan hoy con plantíos, bosques y molinos de viento, hace 200 años malones indígenas y gavillas de gauchos atemorizaban a la sociedad colonial, raptando mujeres a las que obligaban a convivir con ellos en condiciones de esclavitud.

La tragedia de las mujeres raptadas por malones ha llegado hasta hoy a través de manifestaciones artísticas como la pintura, la literatura y el cine, y también gracias a la historia. Ahora, Cautivas entre indígenas y gauchos, libro del historiador Diego Bracco editado por Banda Oriental, presenta información desconocida hasta el momento sobre el rapto de mujeres de origen europeo —como Francisca Elena Correa— a manos de indígenas y gauchos.

Bracco centra su investigación en dos casos, basándose en expedientes judiciales y otros documentos. Las protagonistas de esos hechos fueron cuatro mujeres adultas —la ya mencionada Francisca Elena Correa, María Isabel Franco y las hermanas Mónica y Juana Rosa González— y dos niñas, la hija de Francisca Elena y una indiecita, aunque de estas últimas se tiene escasa información.

Violencia.

Una de las películas referentes del western de Estados Unidos de la década de 1950, The Searchers de John Ford, trata este tema: mujeres y niñas son vejadas y arrancadas de sus hogares por indios comanches. Luego, otros filmes seguirían sus pasos para mostrar la barbarie del asesinato, la tortura y la violación de mujeres blancas. A ello se suman relatos que provienen de la vecina orilla, historias de malones que avanzan hacia las estancias para llevarse en las ancas de sus caballos a mujeres de origen europeo, sellando así para siempre la suerte de las cautivas, que aun en caso de regresar quedarían estigmatizadas por sus experiencias entre "salvajes".

Hechos similares ocurrieron en el entorno del 1800 en lo que hoy es territorio uruguayo, por entonces una zona de fronteras donde confluían los intereses de españoles, portugueses y poblaciones originarias, un espacio conflictivo a partir del cual se edificó la República Oriental del Uruguay. Eran tiempos difíciles para la vida en paz porque bandas de gauchos bien armados, grupos indígenas y destacamentos militares se disputaban un campo escasamente poblado y sin ley.

No obstante la violencia que imperaba entonces, los raptos de mujeres de origen europeo conmovían de manera singular a la sociedad y las noticias sobre esos se diseminaban por la campaña a una velocidad asombrosa, si se tiene en cuenta los medios de comunicación de entonces.

A su vez, esa sociedad colonial que buscaba conquistar territorios y avanzar con el poblamiento, "civilizar", que establecía estancias cada vez más al Norte y se horrorizaba de la suerte de sus mujeres cautivas, no dudaba en tomar prisioneras a las indias, llamadas "chinas", en general capturadas junto a sus hijos luego de las batallas y en esclavizar a las de origen africano. Para estas últimas, al sufrimiento de un primer rapto ocurrido en África y a la esclavitud de por vida, se sumó en ocasiones un segundo secuestro a manos de indígenas o gauchos.

Sacrificio.

Francisca Elena Correa, viuda, de cuarenta años, fue raptada en abril o mayo de 1800. Su historia es una de las más emotivas que se relatan en el libro y a ello se agrega el aderezo de un cierto final feliz, si es que cabe la palabra para definir el retorno a la sociedad de la que había sido arrancada. Al ver que los indios se llevaban a su hija herida, Francisca Elena decidió acompañarla y aceptar la vida que los "infieles" (así se los llamaba entonces) quisieran darle, a cambio de poder cuidar a la niña.

El parte que recoge las declaraciones de Francisca Elena —cabe señalar que era analfabeta— sobre estos sucesos dice lo siguiente: "Habiendo avanzado los infieles a la casa de la que declara, y quitándoles la hija, habiéndola herido de un flechazo, quiso la declarante entregarse a los bárbaros por no abandonar a su amada hija y verla de la suerte que la llevaban".

Los datos que se conservan de su cautiverio de siete meses son fragmentarios. Permaneció con su hija, quizás, en una toldería a orillas del arroyo Sopas en un sitio de belleza agreste donde hasta hoy los pobladores suelen encontrar innumerables restos arqueológicos del pasado indígena, ya sea boleadoras, piedras talladas y otras herramientas. En las tolderías se encontró con María Isabel Franco, otra joven blanca cautiva que había visto asesinar a su marido en el momento del rapto y que sería rescatada tiempo después.

Durante su cautiverio, Francisca Elena y su hija se trasladaron junto a los indígenas, unos 200 aproximadamente, por otros sitios del Norte, hasta que se presentó para ella la oportunidad de huir en ocasión de un combate en las cercanías de un monte.

Huida y rescate.

Fue en medio del caos de la batalla, que Francisca Elena vio como una indiecita de unos cuatro años se caía del caballo. A ella y al resto de las "chusma", es decir mujeres, niños y ancianos poco hábiles para la guerra, les habían ordenado guarecerse en el monte. Al recoger a la pequeña que había caído del caballo y quedarse atrás del resto, Francisca Elena encontró la oportunidad de escapar.

Más tarde, ya escondida, oiría las voces de los indios llamándola, pero no respondió. Cuatro días se mantuvo junto a las dos niñas a la espera de que los indios abandonaran la búsqueda. En este punto, la pregunta que surge naturalmente es cómo habrá hecho para mantener a las pequeñas en silencio y alimentarse.

No se sabe exactamente cuál fue el lugar del que huyó Francisca Elena. A partir de ese punto caminó con su hija y la indiecita a quien no abandonó pese a que debió significarle una pesada carga, en un trayecto que le insumió 21 días. No llevaba provisiones, armas ni utensilios. ¿Qué comieron ella y las niñas? ¿Cómo se protegieron? ¿Cómo se orientó? Son innumerables las preguntas que surgen al imaginar la travesía de estas tres mujeres solitarias. Los documentos no responden ninguna de ellas porque quien tomó las declaraciones luego de su rescate, el capitán Pacheco, se interesó solamente por los datos que le eran útiles para su campaña contra los indios.

Lo cierto es que de alguna forma se las ingenió para llegar en diciembre de 1800 al Rincón de Itacabó, en la confluencia del arroyo Itacabó con el arroyo Corrales, una zona donde aún hoy existe un cerro coronado por un monte nativo espeso, lugar inmejorable para observar sin ser visto. En ese sitio encontraron un destacamento de Blandengues enviado por el capitán Pacheco, hecho que puso fin a su largo periplo. Un mes después, Francisca Elena hizo las declaraciones, objeto de la investigación de Bracco.

La historia de sus captores tiene varios capítulos más. Al final, en mayo de 1801, el capitán Pacheco se enfrentó a quienes habían tenido cautiva a Francisca Elena y los derrotó a orillas del Primer Gajo del Tacuarembó en el punto donde hoy pasa la ruta 31. Un puente atraviesa el curso de agua y desde allí la mirada del viajero se pierde en horizontes limpios. Algunas ovejas pastan en estos campos bucólicos y mansos del presente. Cuesta imaginar el ímpetu de los guerreros de otros tiempos en el silencio del mediodía, cuando lo más peligroso que se observa es el planeo de algún ave de rapiña. Todavía existe una pequeña franja de monte nativo que acompaña la cinta de agua y un cerro pelado con claras muestras de erosión, desde donde los indígenas se defendieron de sus atacantes hasta el descalabro de la derrota.

Caminó 21 días hasta ser libre.

No se sabe exactamente cuántos kilómetros recorrió Francisca Elena Correa en los 21 días que anduvo. Si bien entre el punto de partida y el punto donde fue encontrada por las tropas no hay más de 70 kilómetros, es probable que haya ido en zigzag o hecho círculos en su trayecto.

La zona por la que caminó abarca parte del departamento de Tacuarembó, los alrededores de lo que hoy es la ruta 31 y la bellísima zona de Valle Edén por donde atraviesa el arroyo Jabonería sobre un lecho de piedras.

A pocos metros de la ruta 31 está el cerro Charrúa, declarado Monumento Patrimonial Departamental porque en su cima se encuentran construcciones funerarias de piedra realizadas por los indígenas.

Hoy, en las cercanías del lugar donde Francisca Elena escapó se encuentra el pueblo Zapará, cuya entrada se anuncia también por la ruta 31 con la llamativa presencia de un cementerio paralelo a la carretera en el que se observan hileras de panteones.

Zapará, Itacabó, Tacuarembó, entre otros tantos nombres del Norte del país, son palabras de origen indígena que nos recuerdan su presencia.

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