Paula Orellana tiene 22 años. Lleva guantes y un diamante en su mano derecha. Está frente a la ventana del departamento de su ex novio filósofo, que la engañaba con otra, que la acaba de dejar hace un mes y medio. La traición no la deja tirada en cama llorando, sino que la tiene fuera de sí. Paula tiene rabia. Mucha. Y ahora se va a vengar. Va a tener su día de ira. Con el diamante corta un cuadrado en el vidrio de la ventana. Entra al departamento de su ex que anda de vacaciones en el sur. Paula toma un cuchillo de la cocina. Va hacia el dormitorio. Presa de la adrenalina, parte el colchón como si fuera un sándwich. No le cuesta nada. Tiene tanta rabia que posee una fuerza descomunal. Rompe a tajadas el papel mural. En el baño, abre la llave de la tina y lanza todos los libros de filosofía que encuentra. Tira el televisor al piso y rompe la pantalla. Cuando sale del departamento, se siente livianita.
Carolina Esparza (39) está peleando con su marido en su dormitorio. Se van a divorciar. Él se está yendo. Ella grita: "¡Todo esto fue una mentira!" y, con fuerza, saca las fotos familiares que tienen colgadas y las empieza a romper. Rompe marcos, destroza papeles, álbumes completos. Sigue gritando. Le pega a su esposo en los hombros. Carolina es rabiosa desde niña, pero ésta es la primera vez que la ira se le arranca de las manos.
Con la música de Rocky de fondo, Raúl Cofré mira cómo una mujer de cuarenta y tantos, empleada de la empresa a la que fue a impartir una sesión de destructoterapia -terapia que consiste en romper televisores, autos, microondas, para descargar la ira- grita enajenada mientras golpea un televisor con un bate de béisbol. La mujer le ha dicho minutos antes de la sesión que ha tenido un año de porquería. Que su marido llega tarde, que tiene problemas con su hijo adolescente y que se siente superada.
Todas, llenas de rabia. En Estados Unidos, los talleres de control de la ira son el primer paso para personas que por primera vez cometen delitos violentos. Hay muchos famosos, desde Madonna hasta Naomi Campbell, que han tomado esta terapia para aprender a controlarse. En Chile, de a poco han ido apareciendo alternativas para manejar la furia. Y mujeres dispuestas a sanarse de su rabia, "una emoción básica que es fuente de potencia, pero que puede ser destructiva si no está reconocida o bien canalizada", explica la psicóloga Susana Muñoz.
rabia camuflada. Lorena (42), abogada, es una mujer compuesta. Siempre lo fue: cuando era niña era la mejor alumna de su colegio, la que nunca se salía de sus casillas. En la universidad seguía así, pero por dentro sentía algo extraño que ella definió como pena. Cuando la pena creció, Lorena creyó que era una depresión y partió a terapia, en 2006. Después de años, tuvo una gran sorpresa: su depresión era ira. Cólera que venía acumulando desde niña porque había sido la segunda hija, porque sentía que sus padres no le habían dado toda la atención que ella necesitaba.
"Hay dos tipos de ira: la explosiva, que se puede graficar con la típica conductora que va gritando y tocando la bocina en la calle y la rabia implosiva, que se esconde y se confunde con depresión", dice Maud Ferrés, terapeuta floral. "A muchas mujeres les cuesta reconocer y expresar la ira porque tenerla está sancionado socialmente, especialmente si eres mujer. El hombre tiene todo el permiso del mundo para ser rabioso. Pero las mujeres se convierten en la bruja, la histérica, la controladora. Por eso muchas la esconden y se colocan en el rol de víctima. Es más aceptado tener pena que tener rabia. La rabia te hace sentir maltratadora y por lo tanto culpable", añade Muñoz.
Sin embargo, ocultar o disfrazar la rabia tiene efectos adversos. Mientras que las rabiosas explosivas logran descargarse, las camufladas son las más propensas a sufrir enfermedades psicosomáticas, como dolores de columna, jaquecas, problemas de tiroides, cáncer y depresiones.
A Patricia (62) le estalló por la piel. Llegó en 2004 a una terapeuta floral porque se sentía "cansada de la vida y de los problemas. Juraba que tenía depresión". Pero a medida que fue tomando las flores de Bach que le recetaron, le empezó a picar todo el cuerpo. También le comenzaron a dar unos ataques de ira contenida que jamás había tenido. De pronto, sentía una oleada de furia mientras iba manejando, subía los vidrios de las ventanas del auto y gritaba al volante lo que se le viniera a la cabeza. Una vez rompió un cajón del baño. "Nunca antes había tenido una pataleta. Pero ahí me fui dando cuenta que lo que tenía era una rabia de la infancia -de haber tenido a un padre ausente- que estalló de a poco y que fue como sacarme 80 kilos de encima".
La ira tiene distintos orígenes: puede ser heredada o ser la consecuencia de ciertas frustraciones. Rosemarie Domke, experta en reiki, realizó durante tres años talleres antiestrés y para el aprendizaje del manejo de sus emociones. Y así fue testigo de que entre sus alumnas, la mayoría de ellas mujeres mayores, profesionales, de un nivel socioeconómico alto, se repetía el mismo tipo de frustración. "Estaban enojadas por tener que competir con el hombre que en Chile es machista y castrador. Las chilenas se han masculinizado en esta competencia y tienen rabia de haber perdido su femineidad, de estar sobreexigidas, porque tienen que trabajar tres veces más que el hombre para poder competir". Mientras que en el caso de las amas de casa, explica la psicóloga Muñoz, la frustración se produce porque "tienen falta de autoestima y porque su vida social es muy acotada. Cuando explotan, lo hacen con los niños en la casa". Maud Ferrés, terapeuta floral, agrega: "Muchas mujeres sienten que al casarse, dedicarse a la casa o embarazarse, perdieron su futuro. Sin embargo, hay una diferencia: en los niveles socioeconómicos más bajos la rabia es más aceptada. Ahí la mujer puede gritar, pelear. Pero en la clase media y alta no. Por eso se da más en esos sectores que la rabia femenina sea camuflada".
Carolina Esparza creció con ira. Tenía rabia contra su madre, que la golpeó brutalmente a ella y sus tres hermanos durante toda su infancia. Sin embargo, a Carolina su rabia al principio le era imperceptible. Por fuera, era la niña ejemplar, la presidenta de curso y de la pastoral del colegio, la que sacaba las mejores notas. Sin embargo, cuando ya era adulta y trabajaba como gerente en una pequeña clínica, esa rabia contenida empezó a aflorar. "Me volví una persona hostil. Era descalificadora con mis colegas. Pensaba que todas eran una mugre, que yo siempre tenía la razón. Decía las cosas muy agresivamente, destruía al otro con sus defectos. Pero no era agresiva físicamente, de golpear puertas o romper cosas. Me daba vergüenza mostrar mi rabia en público", reconoce. Sin embargo, después del episodio de ira de su divorcio, tuvo otro. Estaba intentando que su hija de ocho meses aprendiera a comer, pero la niña se negaba. No quería dejar el pecho y Carolina no conseguía que probara nada. Se enfureció tanto, que le pegó una palmada en la boca a su bebé. "Cuando vi su carita y sus ojitos de espanto, fue tal mi impacto que me dije: `Tengo que buscar ayuda. No puedo convertirme en mi mamá rabiosa`".
Ira controlada. En su consulta, la especialista Susana Muñoz ha visto distintos tipos de furias femeninas. La mujer serena que parte diciendo que no está irritada, pero de a poco verbaliza que se siente abusada por su marido, su jefe, la familia, los colegas. La mujer que cuenta que como su marido odia la gordura, ella se dedicó a comer y subir de peso para vengarse de él. La mujer que anda con el ceño fruncido. La mujer que reconoce golpear paredes o tirar al suelo televisores, teléfonos, equipos de música cuando se descontrola. "El primer paso con ellas es que asuman su rabia. Que se den cuenta de que la tienen y sacarse la culpa de tenerla. Después debe haber una descarga a través de una catarsis en la que estén bien contenidas. Y más adelante, van aprendiendo a canalizar la ira que es súper provechosa cuando está bien utilizada. La ira es una tremenda potencia que puede estar al servicio de otra cosa", explica la psicóloga.
Carolina pasó por un proceso terapéutico largo donde aprendió a conocer su rabia. Ya no descalifica a sus colegas. Está más paciente. Cuando se da cuenta de que puede decir algo con agresividad, lo procesa un rato para expresarlo pero de una manera más amable. Nunca más se descargó con sus hijos. Nunca más brotó la ira con agresividad. Ahora dice: "Mi rabia la convertí en capacidad para trabajar, en energía e intensidad. Pero aprendí a ser más humilde. A decir las cosas, pero sin agredir. A que esa rabia se convirtiera en fuerza".