El Personaje

Pablo Uribe: “Me interesa eliminar la huella del autor”

Artista con proyección internacional, es el primer uruguayo en ocupar todas las salas del Museo Nacional de Artes Visuales, en una muestra que ya se perfila como la más significativa del año.

Pablo Uribe. Foto: Darwin Borrelli
Foto: Darwin Borrelli

"De todos he robado algo”, dice, un poco en broma y un poco en serio, Pablo Uribe (56) cuando piensa en sus referencias. Las considera infinitas y por tanto no se anima a enumerarlas, pero está convencido de que en el arte existe una concatenación de autores que hace que en uno estén implícitos unos cuantos más. Ha de ser por eso, por la cuestión intertextual, que como artista le apasiona aquello que tiene que ver con la firma, el original y la copia. “¿Qué tan importante es, para el público, saber quién hizo tal pintura?”, se pregunta, y bajo esa consigna ha colgado obras falsas o de dudosa procedencia en galerías y museos.

A “apropiarse” de las obras de otros empezó alrededor del 2000 (recordar años no parece ser su fuerte): “Al principio, me apropiaba de imágenes de otros artistas y hacía unos trabajos en cola vinílica donde tomaba un fragmento de una pintura, lo ampliaba y después imprimía con polvos. Era una especia de sudario de una obra de arte”, explica. Uribe aparenta ser de pocas palabras, pero cuando se trata de hablar de arte y de sus ideas, es minucioso, va al detalle y lo hace seguro. Antes de eso, buscaba técnicas que fueran lo más cercanas posibles a lo industrial: “Desde ahí me interesa eliminar la huella del autor”.

Con esa intención de dialogar sobre la autoría es que el artista “terceriza” sus obras. Croma, por ejemplo, un proyecto en el que trabajó entre 2015 y 2016 y con el que estudió el color en las obras de la historia del arte uruguayo, fue ideado por él, pero los paneles cromáticos fueron realizados por una restauradora, que representó los colores de obras de artistas como María Freire y Guillermo Laborde, entre otros. Entonces, si la obra es la idea, el autor es Uribe, ¿pero y si no?

Lo curioso o paradójico es que ese autor -ese que busca dejar el menor rastro posible- por estos días no logra pasar desapercibido. Uribe es el ideólogo de una muestra (a la que él gusta llamar “una gran obra”) que actualmente ocupa todas las salas del Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV), donde estará hasta el 3 de marzo, unos días antes de que lleguen las obras de Pablo Picasso.

Es la primera vez que la exposición de un único artista está en todo el museo. Para aquellos que son asiduos, el MNAV está irreconocible. Se desnudó al completo, incluso de su muestra permanente, y dejó que Uribe lo vistiera. Para tal desafío, el artista se apropió del acervo del MNAV (Juan Manuel Blanes, José Cúneo, Petrona Viera y tantos, tantos otros) y jugando con sus obras propias (sobre todo videos) usó las paredes como lienzos y creó la exposición Aquí soñó Blanes Viale. El nombre viene del óleo de Alberto Dura. Hasta la fachada del MNAV pasó de colores primarios a una escala de grises representativa de los mismos.

“No fue que me dijeron ‘agarrá el museo y hacé lo que quieras’. Fue un proceso”, aclara. Y con el miedo de pecar de acaparador, explica que todo se fue dando para poder cerrar una idea que fue creciendo de forma paulatina. Pero empezó como con cualquier otro artista que expone en la institución y partió de una propuesta del curador Carlos Capelán de hacer una antología de sus trabajos, en la Sala Cinco.

Como ya había trabajado con los acervos del Museo Blanes y el Museo de Arte Moderno de San Pablo, esta era una oportunidad de repetir. Pero Uribe no pudo parar: primero fue el acervo, después la arquitectura -por estos meses se verá la estructura tal cual es, sin paneles- y cada vez empezó a necesitar más espacio. Finalmente, el museo en sí se convirtió en el tema central de la exposición. Asociado a lo de la tercerización está su gusto por el trabajo en grupo, por lo que también el museo se convirtió, para él, en un teatro, donde cada persona que trabajó -los pintores históricos de las obras seleccionadas y el público- fueron los personajes, el elenco. También su hijo Joaquín, que es diseñador industrial, lo acompañó en la práctica armando vitrinas y, como Capelán, lo escuchó durante los cuatro años de travesía que duró el idear la muestra.

Recalca que su modo de trabajo no es “ni un hallazgo ni un descubrimiento”, pero en él se dio naturalmente eso de ser un artista más cercano a un editor, a un director de cine o teatro. “A las lunas de Cúneo las pintó Cúneo, de eso no hay duda”, dice. Lo que yo hago es ordenarlas. Eso sí es obra mía. Pero ni siquiera las colgué”.

Aunque la “subjetividad expresiva” es algo de lo que el artista busca escapar, y su huella física está lo más distante posible de cada obra, recorrer el MNAV por estos días ayuda a conocer más a Uribe. Uno puede entender que su gusto por estudiar el arte, más allá de practicarlo. Las ideas parecen ser su herramienta más preciada, como para el pintor lo son el pincel y el óleo. La creatividad para Uribe no se da frente a un lienzo. Se da todo el tiempo, porque mientras hace las tareas de la vida cotidiana, va pensando: “Todo el tiempo. Y cuando encuentro un posible filón, una posible idea, la empiezo a trabajar en la cabeza. A veces hago una rayita, trato de irlo ajustando bastante. Le pongo un nombre, que me ayuda mucho y escribo un párrafo, porque llevarlo al papel sirve para depurar la idea”.

Otra lectura que para el propio Uribe se hace obvia es su deleite por el paisaje campestre, y no es para menos. Aunque nació en Montevideo y el arte lo ha hecho viajar por el mundo -un repaso a su curriculum nos lleva a Bienales en Venecia, Chile, México, San Pablo, por ejemplo- su lugar en el mundo y sus talleres están a 170 kilómetros de la capital, en Paraje Zunin (Colonia).

“Tenía en la mira desde la infancia a esos galpones, que eran una antigua fábrica de quesos que cerró en los años 50. Estuvieron abandonados por mucho tiempo. Después los compró otro señor, pero estaban bastante caídos y los estuve acomodando por mucho tiempo”, comenta. Allí no tiene televisión y guarda algunos libros. Es un lugar ideal para alternar con Montevideo y darle espacio al pensamiento. También ha aprovechado esos galpones para acercar el arte a su comunidad.

Le preocupaba que la gente de Zunin no supiera qué estaba haciendo, por eso creó una exposición audiovisual especialmente pensada para ellos. Los niños de la escuela de Zunin fueron los guías de la muestra, a la que fueron asiduos al arte montevideanos. Y entre los audiovisuales que se mezclaban con el sonido del campo, comieron cordero. Admite que le inquietaba la lejanía que hay entre el arte y el interior: “Muchos de ellos nunca habían ido al teatro o al cine y se enfrentaban a grandes proyecciones por primera vez”.

Uribe vivió su infancia a algunos minutos de esa localidad de dos almacenes (ahora cerrados), una escuela rural, un local de feria y una casa. Vivió en el campo, junto a sus padres y hermanos, fue a la escuela 93 de la ciudad Florencio Sánchez y lo que recuerda de aquellos días -de los que no habla mucho- era que dibujaba. Pero además, y sobre todo, cree que por su vida allí, tiene “una relación bastante diferente con el paisaje y la naturaleza”, que también están explícitos en la muestra.

Su primer cara a cara con el arte fue a los 17 años. Se había mudado a Montevideo para terminar el liceo y -no sabe por qué, si interés o curiosidad- se fue solo a una exposición de Espínola Gómez en la Galería Latina. Después recorrió bastante, buscaba ver. Ver, justamente, es una costumbre que no ha dejado nunca. Va a toda exposición que lo invitan y viaja a las Bienales más cercanas aunque no esté exponiendo. Es su forma de saber. Además, de Guillermo Fernández aprendió que “cada artista tiene su propia gramática y es impresionante cuando la descubrís”, y del español Antoni Muntadas aprendió sobre las intervenciones efímeras y mínimas que descolocan al espectador y lo llevan a pensar.

Pablo Uribe es el artista que crea ideas de paisajes ordenando libros gauchescos; es el asiduo a Tristán Narvaja que compra dibujos que podrían ser originales de grandes maestros uruguayos, aunque sabe que no lo son; el que juega con el arte de otros y crea ideas que son obras. “El arte tiene un lugar bastante importante. Mis días giran sobre todo alrededor del arte, el campo y mi familia”.

Sus cosas

Músico callejero. Foto: Lucía Garibaldi via Facebook Pablo Uribe
Un asiduo a Tristán

Desde 2011, el artista tiene como proyecto ir a la feria de Tristán Narvaja, donde además de comprar libros de autores gauchescos, se hace de dibujos que pretenden ser de artistas importantes de la historia del arte uruguayo. Ahí, dice, su mayor hallazgo fue el artista callejero y percusionista Waldo Carraño, que tiene lugar en la muestra del MNAV.

Espínola Gómez
La primera exposición

Tenía 17 años, recién se había mudado del campo a Montevideo para terminar la secundaria en el liceo I.A.V.A., cuando por curiosidad o interés -no lo recuerda- entró a su primera exposición de arte. Sí recuerda que era en el sótano de la Galería Latina y que lo que se exponía eran obras de Espínola Gómez. “Cuando me vine, recorrí bastante”.

Campo
Una carrera pendiente

Cuando terminó el liceo, Uribe hizo tres años de Facultad de Arquitectura. No la terminó por cuestiones de tiempo entre familia y trabajo, pero sin embargo, su carrera pendiente, o una de las tantas, es ingeniería agrónoma. Su hija, Ernestina, fue por ahí, y antes de él, cuando todavía no había artistas en la familia, casi todos venían de esa rama o de la arquitectura.

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