Opinión | Ya no pierde el tiempo

“Me gustan mucho los que ganan y pierden porque esos entienden la esencia del juego de la vida. Me aburren los lugares comunes, los ignorantes, los que repiten y no investigan lo obvio. Me repugnan los que siempre están con el ganador, sea quien sea”.

Washington Abdala

Estaba atrapado adentro de sí mismo. Era una bomba sin explotar. Lo peor es que no le preocupaba serlo, se ufanaba de ello. Se radicalizaba cada día más. La ansiedad lo devoraba. No creo que algún día deje de existir haciendo yoga; se me ocurre que morirá gruñendo en una esquina. Tenía claro sus pecados. No había sido lo suficientemente feliz. Sí, Borges de manual, incluso peor, ¿quién ha sido feliz y lo puede proclamar al viento? La vida es un estado contable: tiene que resultar algo mejor que al arranque, no es posible ganar todo, nadie lo logra, no existe esa sonrisa de Instagram que todos falsean: no es verdad. Lo sabía bien. En realidad, conocía casi todo.

Es cierto también que había vivido creyendo en lo que casi nadie cree. Le importaban los otros. Había batallado no siempre con éxito. Pero lo había dado todo; aún lo daba. Por eso asumió el riesgo de ser como era, sin miedo al ridículo, sin vergüenza, sin narcisismo. Odiaba la cobardía y el cinismo. Para él eran lo mismo. ¡Había creído en el Estado! ¡Que imbécil había sido! Su admirado Estado fue droga pura cuando era joven. Creyó que con él se podría hacer lo justo: fue peor la enmienda que el soneto, demasiado Estado se había comido los glóbulos rojos, los blancos y los violetas. El Estado reproducía los pobres y había nacido para eliminarlos. Era como haber sido amigo de un asesino serial, sin saberlo.

Nunca creyó en las vacaciones, la vida no las necesitaba. Otro error de su mente paranoica. Quizás vacacionar, estar en paz y con los vínculos humanos a flor de piel fuera lo más trascendente. Él se creía un templario librando la batalla contra el mal. Se reía mucho de sí mismo y de los que se creían sus propios personajes. Tenía claro que el “mal” es lo que es, que no se puede con él como lo había encarado porque “suavemente” no se lo extirpa jamás. Solo pegando duro se pueden derribar los muros del robo a la gente. Lo que pasa es que la gente no sabe que la roban y esa tarea de denuncia era peligrosa.

Había corrido peligros en su vida, feos, innecesarios, incontables, no lo volvería a hacer. O quizás sí. No creía que ese fuera el camino, pero seguiría apostando a lo correcto, a lo sensato. Es que el dilema moral siempre es ser lo que ordena el deber ser: y si lo que se hace sirve a la causa de lo justo, que se vayan a cantarle al infierno los que lo señalaban con el dedo acusador.

Sí, era dogmático, un militante absoluto de los valores liberales. Esto se advierte con lupa, no en lo grueso; la paleta del pintor siempre está en el detalle que se descubre, nunca en el trazo grueso.

Se había quedado como la última frontera de los suyos (él representaba el batallón final) y esa sensación lo deja en un lugar mental de enorme soledad. Había aprendido a vivir en tinieblas con gente de todo tipo. “No pierdo tiempo con gente que me roba el tiempo”, decía. Y seguía en sus lecturas y sus escritos. “Me gustan mucho los que ganan y pierden porque esos entienden la esencia del juego de la vida. Me aburren los lugares comunes, los ignorantes, los que repiten y no investigan lo obvio”. Y agregaba: “Me repugnan los que siempre están con el ganador, sea quien sea”.

Sabía que era el todo o nada con lo que se avecinaba. Siempre la vida desafía a lo mejor de sí misma. Sabía de memoria que no había venido a jugar a las escondidas. Sabía que estaba a punto de hacer lo inevitable. Quizás lo necesario. Dios lo sabrá. Pero él dormía tranquilo, con pantalones puestos y los implementos de defensa prestos. Todo habría de suceder de forma fulminante. Todo.

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